martes, 23 de agosto de 2016

Una mujer, dos hombres

Vos no sabés como te espero – Eso le dice ella, a veces, cuando él llega, después hablan de otras cosas, cuando hablan. Y así se les pasan los días, muchos desde la primera vez. Él ya habla de convivencia. Se la imaginaron muchas veces. Hoy él le pide que se vayan. Le propone un viaje, juntos. Ya el “si” le apretaba la lengua contra el paladar cuando se puso a pensar y le salió el “no” Se enojó, le dijo que no lo quería, que no se jugaba, que patatín y que patatán. Estuvo ahí de cambiar el “no”. Para ese momento el pegó un portazo final. Miró la ventana – Voy a tener que lavar los vidrios pensó – Se asomó para verlo subir al auto y volvió a la cama, por un momento pensó en vestirse, pero se quedó un rato más. Cuando llega el marido está planchando, mientras mira la novela – ¿Nada nuevo? – Pregunta él – Habló tu hermana – le cuenta. Él se ve al baño – Mirá vos – piensa ella, al final lo sigo queriendo a este gordo

viernes, 19 de agosto de 2016

Julián

Julián tuvo una niñez olvidable. Tímido, inseguro, sobraba entre los chicos. Terminó el bachillerato sin sustos ni satisfacciones e ingresó al banco “Un laburo seguro y para toda la vida” decía el padre “A los bancarios los respeta todo el mundo nene” apuntaba mamá. A gatas por los callejones de la burocracia, fue gastando días. Alguna vez se casó con Alicia, y un día se terminó. Ahora, a sus cuarenta y tantos, con veinte años de antigüedad, envidiando el puesto de tesorero, se conforma con la caja y el maltrato a los jubilados.
Assunção Calixta Felicidade Brigueira, ahorra palabras con Brisa a secas. Nació por allá arriba, en una favela de los morros de Río. A los doce años un primo la sedujo en dos tardes inolvidables; antes de perderse en una de las tantas limpiezas de chicos silvestres, enseguida hubo otro y otro y muchos otros, que le regalaban cosas. Después pensó que, teniendo reales, ella decidiría que regalarse y así fue que empezó, casi de casualidad, a trabajar en lo que más le gustaba. El resto, samba, carnaval y playa
Para Julián el sexo es un menester inevitable, como las ganas de comer pizza, y que resuelve también con un delivery. Un proveedor que, a su llamado, le envía una chica; rubiamorocha, ni joven ni vieja, ni gorda ni flaca, ni linda ni fea, que lo llama “Bebé” y estira la mano antes de desaparecer. Julián, analfabeto en el pecado de lujuria, llama “Placeres prohibidos” a la rutina que se altera cuando el abastecedor, va preso por vender unos sobrecitos sospechosos.
Brisa decidió conocer Buenos Aires, después de vivir un amor de días con un argentino ceremonioso y educado que para bailar el tango, la abrazaba con la boca en la oreja y la mano fuerte y cálida en la espalda. Pero tuvo una desilusión, encontró más cumbia que tango, hombres bruscos y apurados y un rio parecido al mar, con agua marrón y sin olas. Alguien le habló de Mar del Plata y allí se fue, no sin antes perder todo su dinero en un asalto.
Sin delivery, Julián recurre al diario: “Colegialas mimosas” no, para degenerados “Multiorgásmica real” un despilfarro “Dos bebotas y vos” ¡Si apenas puede con una! “Brasilera ardiente y musical” - Especialista en flauta- piensa, un tanto ruborizado por su chiste, teclea el número del celular que aparece en el aviso.
A la hora convenida Julián espera en la puerta. Miércoles, cero grados, y justo aparecen las hermanas Galmozzi, solteras y de comunión diaria, que ven a la formidable mulata y, como en un desfile, hacen vista a Julián que, sofocado ante el panorama de ese cuerpo que no quiere entender la cárcel del abrigo, ni siquiera se entera. En el saludo la mujer mezcla palabras en portugués y canturrea mientras habla. No dice ni una sola vez “Bebé”
Pasado el sofoco y los espasmos, y vuelta la mujer del baño, Julián, muy entrenado, ataca el bolsillo de los pantalones para el estipendio, pero, sin amago de vestirse, ella se echa a su lado e inicia, mientras cruza una suculenta pierna sobre la que tiene recogida, una laboriosa mixtura de risas, portugués y castellano. Julián entiende muy poco, desconfiando de ese extra, calculando el costo. Tres horas después, corre tras Brisa que, entre charla y risas olvidó cobrar.
La semana que sigue es un caos de cuentas equivocadas, olvidos y distracciones. Brisa crece en su imaginación hasta llegar a ocuparlo todo. Al sexto día, un Julián ansioso pulsa el número de Brisa.
La está esperando en la esquina, cuando llega, racimando bramidos encelados y exabruptos escatológicos. El sereno, que intenta sintonizar la radio, ya no puede sacar esas caderas de su cabeza.
En el banco hay un cambio. Graciela, la secretaria del tesorero, se queda con la boca abierta cuando Julián le alaba el escote. Los jubilados no entienden por qué la flamante amabilidad.
Brisa le cuenta de ese hombre de los tangos y es natural invitarla a bailar, aunque no sabe; pero ni lo piensa.
Brisa se contonea en la pequeña pista. Es un imán para las miradas de los hombres y el odio de las mujeres. Delante de ella Julián sigue el ritmo como puede. Cuando se escucha un tango, solo quedan Brisa y un Julián, aterrado ante la visión de la pista vacía. Ella le acaricia la nuca, el la abraza, cierra los ojos y se hunde en la música. El cuerpo de la mujer se aprieta contra el suyo, reviviendo la armonía de hombres y mujeres, de amores y odios, de coraje y traiciones; que Julián recita en el oído de Brisa.
Brisa se vuelve a Rio, extraña el calor, el samba, la restallante promiscuidad del morro. El último encuentro, hablan de sus cosas y Brisa descansa apoyada en su pecho. En la calle, las nubes se cierran y los fragores de tormenta dejan oír retumbos sordos. A ninguno de los dos le importa.

Desde la sempiterna cola de jubilados surgen saludos alegres, y besos de las señoras. La noche anterior estuvo bailando hasta la madrugada pero, a pesar del sueño, llega quince minutos antes. Es que Brisa lo espera en internet, y quiere que sea la primera en enterarse que renuncia al banco y abre su propio negocio. Está aterrado, los tiempos no son los mejores y prefiere no pensar en la seguridad que desaparecerá en este día, cuando empiece a vivir.

martes, 9 de agosto de 2016

Recuerdos - Dibujo de Mabel Pampín

El muchacho la empujó y trabó la puerta del lavadero, había una oportunidad por la ventana. Enseguida supo que no podría. Horrorizado, la vio morder la bolita blanca; lo miró, le pidió que huya, se quedó, abrazándola, no cerró los ojos en el temblor final.
Cinco autos descargaron más de veinte hombres, vestidos de civil. Los vecinos se asomaron; y se escondieron de inmediato llenos de miedo. Rompieron la puerta a  patadas y entraron gritando. Cuando los encontraron, la boca, apretada hasta desfigurar la cara, denunciaba que la pastilla la había salvado de la debilidad de la carne torturada. Era una muñeca desarticulada, monstruosa con su panza inmensa, que los miraba con desprecio y burla. Dos de ellos levantaron el cuerpo y lo encerraron en el baúl de uno de los autos. En otro, a golpes y patadas, encapuchado, el hombre empezaba su calvario.
– Vamos a tener un nene – Se lo dijo con la cara llena de risa. No entendió. Hacía mucho que no se reían, que nadie reía.
No le gusta contar, inmóvil contra la pared, tratando de espiar, mientras todos desaparecen y el sigue con la letanía y el que no se escondió, se embroma. Ya no quiere seguir con el juego, pero tiene que seguir y ya no sabe a qué está jugando.
Solo importa que ella esté lejos de esto. Ella con sus ojos grandes, la risa fácil, la pasión desbordada - Vamos a tener un nene, tenemos que irnos, hablé con el mono, nos hace pasar a Brasil y de ahí… – No entendés nada – Lo nuestro es esto y esto no tiene vuelta – Ella y su mirada muerta
No quiere sus recuerdos, ellos los quieren, ellos quieren todos sus recuerdos y él no quiere recordar, así que les fabrica los recuerdos que ellos reclaman. Le preguntan, contesta, pero ellos quieren que conteste otra cosa y viene el dolor. Entonces obedece, cumple las órdenes cuidadosamente, habla de otros que hace vivir para ellos. Pero ellos no le creen y tiene que hacer algo por lo que hizo, sin saber que fue. Avanza a los tumbos, conecta una cosa con otra, y grita, grita hasta partirse la garganta. Horas de dolor animal. Entonces alguien lo revisa y dice basta y, por un rato no hay dolor. Ya no cuenta horas, solo intervalos entre sesiones de tortura. Oye los pasos, sabe que vienen por él y se prepara. Pero esta vez hay un cambio. Otros los pasos, otras las voces. Se tensa, quiere escuchar y no puede. Otra vez lo llevan, lo levantan entre gritos y lo arrastran. Alguien le habla, pero no quiere escuchar.
No quiere acordarse. Ella ya no está, ella pudo irse de este lugar inmundo, saturado con los olores del dolor. El cemento devuelve sus gritos y el llanto con un eco sordo. Derrumbado, más que sentado, contra una de las paredes, espera en el patio recorrido por ráfagas heladas. De a poco van llegando otros fantasmas tan deshechos como él. Gritos, llantos, quejidos, bocinas y golpes de puertas cerradas con fuerza. Los suben a la caja de dos camiones. El olor de los escapes llena los pulmones. Todo su cuerpo siente los saltos. Sufre bache por bache. Los frenos chirrían y un giro lo estrella contra un costado, la venda se afloja y, cuando lo sacan, puede ver algunas estrellas y la luna, helada e indiferente. También ve al gran avión que espera.


lunes, 1 de agosto de 2016

Privado - Grabado de Mabel Pampín

Un tipo va a estar en un cuarto de hora le dijo el encargado ¿vas? Parece una pregunta, pero es una orden categórica, siempre recibe órdenes.
El departamento de la agencia está a dos cuadras del hotel. Cuando sube, comparte el ascensor con un chico que vuelve del colegio. Los dos callados y el pibe que la mira hasta hacerla sentir incómoda. La obliga a recordar y no quiere.
El “privado” cama, dos mesas de luz, marcadas por incontables puchos, un cuadro que ni siquiera mitiga la soledad de una pared, una silla de hierro negro y tapizado chillón, una especie de banqueta, muy baja, forrada de plástico y un indefinible olor a lavandina y desodorante barato. Abre las sábanas, enciende la estufa y un cigarrillo. Se mira con disimulo en el espejo, al lado de la cama. La cicatriz en la mandíbula es visible a pesar del maquillaje. Cuando suena el timbre baja a abrir. El tipo mira constantemente a su alrededor y no hace falta gran perspicacia para notar su incomodidad. En silencio, él se desabrocha la camisa y la deja sobre la silla. Cuando ella entra en el baño, se apresura a sacar la billetera, el precio está arreglado por la agencia. Ella cumple el trámite de desnudarse, él está en la cama. Se acuesta rápido, trata de hablar poco o nada “Hablé con un tipo que me va a ayudar a rajar” le dijo la Lucy, horas antes de que la encontraran al costado de la ruta, con tres balazos y signos de violencia.
Todo termina rápido. El tipo se va apurado y sin mirar atrás. Enciende otro cigarrillo, se viste, arregla la cama, junta sus cosas y se va al residencial donde la espera el hombre, eternamente sentado tras la mesa gastada. Liquida el dinero y se va, apurada, al baño. Apenas si puede pinchar la vena del tobillo, hace rato que las manos le tiemblan cuando pasa algún tiempo sin la dosis. Los gritos del encargado la apuran. Hay otro cliente esperando y se impacienta.

viernes, 29 de julio de 2016

Medio oriente


Añadir leyenda
Ibn Saud se despertó de golpe. A su lado, el hermanito se revolvió inquieto, no dormía tranquilo, las explosiones lo asustaban. Se fue a la cocina y encendió el calentador que usaban desde que la bomba acabó con el gas y la electricidad. Sobre la superficie del café aparecía una capa de polvo que retiró cuidadosamente, antes de ponerlo sobre el fuego. Su madre ya estaba levantada. Anunciaron que hoy repartirían comida en los puestos sanitarios y tenían que llegar temprano. Al salir, por costumbre, miró hacia la casa de su amigo, aunque ahora solo era un montón de escombros. Una bomba cayó y convirtió a su amigo en huérfano y refugiado. Estaba haciendo cola cuando escuchó el rugido de motores. Muy arriba volaban tres flechas veloces. No vio los objetos que se desprendieron de las alas. Las explosiones hicieron temblar el suelo, aunque las bombas cayeron lejos. La gente hablaba en voz baja, como si las voces pudieran atraer a los aviones. Cuando volvían a su casa cargando la bolsa, que no era tan grande como se habían imaginado, ya se escuchaba el ulular de las sirenas y la gente marchaba hacia el lugar del ataque. Dejó a su familia y se unió a los que corrían para ayudar. Su padre estaba trabajando en algún lado, sabían de el por las escasas cartas que llegaban y el poco dinero que su madre recogía en el banco y guardaba escrupulosamente, para el viaje a un lugar sin guerra.


Dos chicos hacen castillos en la arena sin playa. Hay aviones que llegan y los pibes miran. Alrededor la gente sigue su vida. Ya no alzan la vista cuando oyen el trueno, solo hunden la cabeza entre los hombros y esperan.
Los otros no escuchan, adivinan muertes, de segunda, de las que se muestran, gente extraña que se viste feo y se mueve entre humo y polvo. El cielo gana grises y los diablos hablan, dan razones inauditas; y todos aceptan rápido. Nadie grita ¡NO! Es que tienen que seguir; pagando, comprando, masticando, negando lo que afirman, creyendo lo que niegan. El televisor, grande, brillante, nítido, enseña cuando: emocionarse, indignarse, deprimirse, reírse, excitarse, socializar,  manosear a la vecina, que piensa en el de la novela de la tarde mientras la penetra alguien que es un extraño porque no está en la pantalla e, inexplicablemente, vive. Todo está bien, es justo y necesario, la gente es peligrosa si puede contagiar pobreza, dignidad, rebeldía, conciencia.
Los chicos en la arena polvorienta, siguen con sus juegos, como los demás, los que ya están muertos y no lo saben
Alguien levantará la vista, escuchará los truenos, cerrará los ojos; y todos moriremos un poco más           




viernes, 22 de julio de 2016

Tarde fria

Tarde que se va yendo, neblinosa, fría, el viento arrachado parece empujarme, tiemblo arrebujado en mi ropa que está perdiendo la batalla. Cuando entro a la casa, me demoro en el ritual del desabrigo, no hay apuro, sé que me está esperando. Mi cabeza anticipa el aliento cálido y los gustos íntimos, salvajes. Mis manos se curvan ante la inminencia de la redondez que tanto conozco, que colma la palma de mis manos. No sobra el silencio cuando la relación de años se renueva con la misma pasión. Los preparativos son largos, alterno y realizo cada uno de los movimientos, cuidadosa y sabiamente. La boca espera ser colmada y yo lo voy haciendo de a poco, apretando, hurgando, comprobando. Los primeros escarceos son rápidos, cortos, mi boca recibe el calor y el cuerpo se entibia de a poco, los labios urgen, chupan, investigan, los dientes muerden sin hambre. Todo se acelera cuando el final se anuncia en el gorjeo suave que acaba en el resoplo sordo y bajo, que anticipa lo que vendrá después. Nada como el mate para el frio del invierno.

miércoles, 20 de julio de 2016

Recuerdos

Cuando era chico, no muy chico, solo chico, vivía en un pueblito de plaza cursi e iglesia pretenciosa, cine de tres películas, café bar y billares. Y el colegio “de mañana” y despertarme a oscuras. La luz aparecía de a poquito, yo cerraba fuerte los ojos y me ponía de espaldas a la persiana hasta que la mano de mi abuela me sacudía el hombro y yo fingía que no me despertaba y ella tenía que sacudirme varias veces, pero de gusto nomás, porque yo la estaba esperando. Antes que mi abuela, llegaba su olor, yo todavía no sabía que era su olor, ahora sé que olía a orines de vieja y lavanda, mi mamá usaba un perfume dulce, fuerte, denso que no me gustaba para nada, como el de tabaco de mi papá. Después llegaba el jabón y las tostadas y el café con leche, olores que se mezclan con el almidón y la tiza del guardapolvo. Los viejos olores de mi niñez. La caminata al colegio, diez cuadras que empezábamos dos y terminábamos como diez, los mismos que, en las tardes de verano jugábamos a la escondida entre los arboles añosos y los matorrales de la plaza - ¡…y punto y coma, el que no se escondió se embroma! Y la búsqueda y las corridas y ¡Nene cuidado que me vas a tirar! Ay este chico, corre sin mirar ¡…piedra libre para todos mis compañeros! El grito llameante y la aureola de héroe para el libertador solitario que elegía salvarse en barra, porque solo no valía y todos felices de volver a nuestros escondites, a fundirnos en los pequeños paisajes de las casas del suburbio. Las casas de mis amigos, mi casa


domingo, 10 de julio de 2016

Legados

Al padre ya lo habían echado de la fábrica, que después cerró, ahogada por la importación, cuando terminó el primario. Ya fumaba cuando le enseñaron a jalar. Era uno más de la banda de pibes que se juntaban en el estacionamiento y que, a veces, dejaban sin ruedas algún auto. Los domingos cuidaba autos en la cancha, sacaba más que el viejo en una semana. Un día aparecieron muchos de otra barra, se escapó como pudo, el amigo no, la foto del cadáver fue tapa en los diarios del lunes. Esa misma noche desapareció. Consiguió trabajo como albañil en José C. Paz. Dormía en una casilla, en la misma obra. Ahí fue que conoció a Juana. Al poco tiempo se mudó a la casa que ella compartía con la madre y el hermano. El cuñado le habló del almacenero del otro lado de la vía; fue rápido, fácil y le llenó el flaco bolsillo. Juana no se alegró por la inesperada bonanza. Él le dijo que era la primera y la última vez; ella le creyó. El siguiente trabajo, fue una verdulería. Después una inmobiliaria y en la misma noche, una estación de servicio. Ahí se le acabó la suerte. El cuñado se escapó y el terminó boca abajo esperando un patrullero. Le entintaron los dedos, le sacaron fotos y lo encerraron. Al rato apareció un vigilante con cara de pájaro. Mientras hablaba se chupaba los dientes llenos de caries. Atado a una silla, aguantó golpes, electricidad, el repertorio habitual. No habló. Seis horas después lo devolvieron a la celda - No tome agua y muévase despacio. Si le rompieron una costilla puede agujerearle algo adentro - El que hablaba era un hombre de unos cincuenta y tantos. Lo cuidó toda la noche y le alabó el aguante - Cuando salga lo voy a agarrar a ese junagran puta - No pibe, no amenace al pedo. Él está en lo suyo. Usted tiene que ser vivo y no caer, o arreglar para no tener problemas, esto tiene sus reglas, como todo - Estuvo adentro tres meses. Un día lo dejaron en la puerta. Juana lo estaba esperando. Se fueron para la casa, caminando abrazados. Consiguió trabajo en otra obra y se ayudó con algún trabajito solitario. Juana quedó embarazada y el edificó una piecita en el fondo para los tres. No llegaron a usarla, el día del parto todo vino mal y, a pesar de los esfuerzos de los médicos, ella murió. Cuando volvió del cementerio, envolvió al bebé y se fue para lo de los viejos. Pasaron años, seguía en lo de siempre, ahora con dos amigos. Un día la cosa vino mal, los otros levantaron los brazos, el no quiso caer y tiró y le tiraron. Murió en la vereda.
Con su muerte, el pibe cobró cierta notoriedad entre los que se juntaban en la canchita para probar paco. Tanto como para que lo invitaran para hacer un chino que no tenía vigilancia.


   

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