Lava unos cacharros mientras habla; un soliloquio ininteligible, ahogado por el rumoroso chorro de agua humeante que suelta la canilla.
— Cuesta sacar esta grasa de mierda, con razón comer huevos con panceta me revienta el hígado ¡Tendría que haber tomado una pastilla antes! Pero hoy no me importa nada.
La tarde, otoñal, repleta de amarillos y viento, aumenta la penumbra de la casa que exhibe todas sus ventanas cerradas. Termina de lavar, se seca las manos con un dudoso repasador, se hace un te; y lo toma sentado en el sillón del living.
— Ya es casi la hora, ¡Hasta horario tiene! Debe estar llegando a la esquina de la farmacia. Si salgo a la vereda la veo, pero las vecinas chismorrean y quedo como un boludo ¿Quién la traerá hoy? La última vez fue el de la maderera, ¡Y el guacho todavía me saluda! Pero le duran poco, nadie la aguanta, yo soy lo único que le queda ¿Y yo? solo espero el momento ¡Qué boluda! Se va a despertar de golpe, a la vista de todos; amigos, vecinos, parientes, sus amantes, la policía, los periodistas. ¡Agustín! Que cagada ¿Cómo lo tomará el nene? Por suerte va a estar con gente que lo quiere, para que lo contengan, como se dice ahora
Los dos nacieron en ese pueblo de calles muy anchas que derrochan polvo y siesta. Si hasta se podría decir, que los sacó la misma partera. Fueron a la iglesia, que era la única y que conocieron juntos, el día del bautismo. Cada mamá alabó a la otra. Cada papá saludó al otro, serios e importantes, como si nunca hubieran existido las tardes de fútbol y las noches de truco. Ellos dormían, o se dedicaban a mirar, reírse o llorar de hambre. Fueron inseparables en la salita rosa, ella disponía y el acataba, y así siguieron, durante todo el colegio. Con el tiempo, el se convirtió en el tesorero del banco, y ella en la maestra de quinto. Los demás decidieron que eran una linda pareja. Ellos representaron la comedia que se esperaba: el casamiento, flores, coro, muchos invitados y mirones que estiraban el cogote tratando de ver algo que fogoneara su curiosidad pueblerina. Siguió una luna de miel, corta y económica, en Cordoba. La primera notificación de lo que habían hecho llegó cuando el conserje ignoró el documento de ella. Ahora era “La Sra. de” no lo había pensado antes, sonaba a tener dueño.
Cuando volvió la quietud fueron, otra vez, la maestra y el bancario, y cada uno volvió a lo suyo. El no buscó más. Ella quería encontrar algo.
Al año hubo comentarios; y él se enteró, pero en un pueblo, todos hablan y ahí estaba el flamante embarazo que aquietó todo. Agustín llegó sin vocación, sin ganas y sin culpa de los años que venían, su bautismo fue en la misma iglesia.
Un amigo, del vecino, de una tía de él, la vio en el auto de un viajante, y se sabe que hacen las mujeres en los autos de los viajantes.
Empezaron a mentirse y en seguida se acostumbraron, y para poder seguir solos, destruyeron cuidadosamente los puentes que el tiempo construía.
— Seguimos juntos porque en este pueblo de mierda todos nos conocen. Pero no es mi mujer, siempre me lo dejó clarito. Ella elije a sus hombres. Es de los otros. Pero ahora se va a tener que hacer cargo ¡Que se joda! La culpa es de ella
El teléfono suena y casi a la vez, el timbre de la puerta lo sobresalta. Se queda sentado hasta que vuelve el silencio.
— “Che, hoy voy a salir con la Rosa; hacemos compras y nos vamos a tomar el té” ¡Las bolas! Ya sabía que era un tipo, siempre es un tipo. La conozco como si la hubiera parido. Rosa tartamudeaba cuando la llamé. Después le quiso avisar; y claro, como atendía yo; cortaba. Pero algo le dijo, porque desde esa vez, siempre tiene jornadas de actualización. Yo me las aguanto por Agustín. Me tengo que comer las sonrisas de las amigas y los chistes en el club. ¡Pero hoy me las va a pagar todas juntas! ¡Ya van a ver!
Para el segundo aniversario, compró un flamenco de cemento, lo estaba instalando junto al caminito de entrada, cuando la vió bajar de un auto. Entró rápido, pero lo vio
— De mi nadie puede decir nada, pero sé que por ella no me dieron la gerencia. Y la guacha encima me ningunea. Horas delante del espejo, pensando en cómo la van a ver. Yo; espiando detrás de las puertas, mirando lo que no es mío a pesar de ser el dueño. No le importa ni el nene; se los muestra, le acarician la cabeza
La conciencia fue llegando en oleadas, el odio que palpitaba detrás de su cordura, apareció en todo su esplendor. Con la escena final, ocupándolo todo, secó cuidadosamente cada uno de los utensilios que usó en la comida, colocó cada cosa en su lugar. Alineó en el centro de la mesa, la palangana con la jarra de loza, regalo de casamiento de una tía de ella. Dio un vistazo para asegurarse de que todo estaba prolijo y reluciente.
— Mañana ¡Cincuenta años de casados! esto va a estar lleno de gente, no es cuestión de que vean todo despelotado
Mirando a través de los intersticios de la persiana; la vio bajar del taxi, La mujer, saludó a la vecina y enfiló, caminando trabajosamente, el senderito flanqueado por el flamenco, viejo y descascarado, que mostraba los alambres del esqueleto a través del cemento.
Cuando entró; el ya la estaba esperando en el comedor. Sabiendo para que y como. Ya tenía la soga ciñendo el cuello. Volteó la silla y quedó colgado, dando patadas al aire. En una de las sacudidas, enganchó la carpeta de croché que cubría la mesa, arrastrando la palangana y la jarra, que se hicieron añicos.
Ella, se tapó la boca con la mano que sostenía la cartera
— ¡Será posible! Se rompió el regalo de la tía, lo único que nos quedaba del casamiento.
En "Voces que no están" aparecerá toda la gente de la cultura que, junto a obreros, militantes, profesionales, estudiantes e inocentes, fue exterminada durante la dictadura con la estúpida idea de acallarlos
Acá se pueden ver
sábado 7 de noviembre de 2009
lunes 2 de noviembre de 2009
Literatura y veneno Por Claudio Magris (Trieste/Italia)
Celos, envidias, chismes y pataletas: los escritores se han agarrado por siglos unos con otros, dando a las palabras un uso muy alejado de la literatura. A continuación, un breve ensayo sobre el tema y una maléfica selección de lengüetazos ponzoñosos.
Según Brecht, Baudelaire era un poeta pequeño-burgués cuyas palabras son como chaquetas viejas remodeladas, mientras que para Tolstoi las sensaciones evocadas por su lírica no le pueden interesar a ningún hombre en sus cabales. Brecht, por otro lado, fue definido por Ionesco como un poeta didascálico, un estúpido creador de personajes de cartón piedra, y por Döblin como un novelista anticuado. Proust fue liquidado por Beckett en una sola palabra, “güevonadas”, y Beckett a su vez fue tildado por Arno Schmidt de ser un epígono inútil de Maeterlinck. Para Voltaire, Homero es aburrido, y según Benn, Lawrence, Virginia Woolf, Pound y muchos otros, Joyce era un mediocre. Nabokov considera ineptos a Mann, Conrad, Cervantes, Camus, Eliot y Pound; La divina comedia, para el expresionista alemán Albert Ehrenstein, es la obra académica, cerebral, pesada y sádica de un poeta musical pero monótono.
La lista podría prolongarse a voluntad. Los poetas insultan a los poetas, como dice el título de una antología de estas injurias compilada en alemán por Joerg Drews. Estas manifiestan un ensañamiento y una crueldad que muy difícilmente se encuentra en las furiosas rivalidades que también existen, como es obvio, en otras categorías sociales, desde los políticos hasta los empresarios y los comerciantes. Los juicios de muchos grandes artistas sobre sus colegas demuestran una torpeza única, o bien una envidia lívida y pueril, incapaz de ser controlada o al menos disfrazada. El libro de Drews –y hay más ejemplos– muestra la escena literaria (y en general la artística) como una arena de mezquindades y de rencores que parece elevar a la enésima potencia las ruindades y los rencores, la falta de amor, de generosidad y de grandeza existentes en cualquier conglomerado humano, desde la familia hasta la oficina, el mercado o el partido.
Este vulgar y faccioso desconocimiento del otro –que tan a menudo desfigura perversamente la boca de escritores que en otras ocasiones han sido capaces de proferir grandes palabras llenas de humanidad– se justifica a veces por la necesidad que tendrían los artistas de afirmar su propia visión y representación del mundo. Para lograrlo recurren a la negación de otras visiones y representaciones, distintas o contrarias a las suyas, que podrían oponerse a ellas y ponerlas en dificultad o por lo menos en discusión. Una gran obra clásica y armoniosa puede poner en crisis al autor de una gran obra fragmentaria y desacralizante, poner en duda su legitimidad e impulsarlo por lo tanto a rechazar de un modo sectario ese clasicismo, del mismo modo que puede suceder lo inverso. En un caso así, el juicio sale desequilibrado, pero al ser unilateral se entiende que proviene de un sufrimiento, de la necesidad de proteger una exigencia creativa, lo que no justifica ese juicio, pero lo explica y le confiere cierta dignidad humana. Conrad o Hamsun se equivocan, por supuesto, al condenar a Dostoievski y a Ibsen, pero uno entiende por qué sentían la necesidad de hacerlo.
Más a menudo, sin embargo, estas diatribas endogámicas, que no se salen del mismo gremio, desnudan un origen menos noble: un narcisismo exasperado, una pretensión de ser el único dios creador al que hay que adorar, y una penosa inseguridad, que percibe todo homenaje ofrecido a otro como un hurto y un atentado contra la propia necesidad de ser amado y aceptado. En este sentido los consumidores de arte –lectores, escuchas, espectadores– son mucho más libres y mucho más generosos (más poéticos) que los productores de las obras que ellos aman y admiran, porque, en su politeísmo artístico, saben muy bien que amar a Mozart no significa quitarle nada a Beethoven, y que se puede y se debe amar al mismo tiempo a Brecht y a Baudelaire, a Proust y a Beckett. Como en la casa del Padre, según dice la Escritura, también en la casa del arte –de cualquier arte– hay múltiples habitaciones y está permitido frecuentarlas y habitarlas todas, sin que por esto se le esté haciendo un desaire a las demás.
Sin embargo el poeta, que por un lado es un alto mensajero y portador de humanidad, parece muchas veces sucumbir al más innoble de los vicios, la envidia: envidia que, a diferencia de los otros pecados capitales, no consiste en la exacerbación de un desorden en sí mismo bueno (como la lujuria lo es del amor y del sexo o la soberbia del respeto de sí mismo), sino que es toda entera y por completo un mal y una negación, disgusto ante la vista del bien ajeno, que sin embargo nada nos quita y debería alegrar a todo el mundo, porque la existencia de Ana Karenina es algo que enriquece a quienes escribieron Los Buddenbrook o El proceso.
¿Aparece entonces el poeta no como persona que a lo mejor se equivoca, pero siempre de un modo magnánimo, sensual y transgresivo, o prometeico y rebelde –como nos lo presenta la retórica corriente–, sino más bien como ínfimo pecador, burdo y envidioso? Los premios literarios, con las escaramuzas dentro de la rosa de los finalistas, crean odios y bajezas a cuyo lado los enfrentamientos políticos y económicos, a veces incluso criminales, dejan ver una densidad más peligrosa, pero también más digna de respeto. El narcisismo de los artistas se muestra muchas veces como inhumano y miserable, como ya lo sabía Thomas Mann; no es casual que, entre la descendencia de los grandes hombres, los más infelices, los más lesionados en su propia persona sean precisamente los hijos de muchos artistas, evidentemente descuidados por sus padres, no por puras exigencias de trabajo (como en el caso de los políticos, de los empresarios o de los marineros, siempre de viaje y muy poco en casa, pero no por esto lejanos a su familia) sino más bien por un frecuente y sustancial desinterés afectivo de unos progenitores dedicados a las musas.
La rabiosa irritación del artista –incluso del artista cargado de elogios– con respecto a las loas que se dirigen a un colega suyo, demuestra de qué manera el artista, como otros y quizá más que otros, está obsesionado por el mecanismo de la competencia y por el temor de que el mínimo éxito de un producto ajeno amenace la preferencia por su propio producto. No por nada los insultos literarios más mordaces están dirigidos contra los colegas contemporáneos activos en el mercado del espíritu y del dinero. Hace años, un escritor al que apreciaba y sobre el que yo había escrito con entusiasmo, se ofendió profundamente conmigo porque escribí, también con pasión, sobre otro escritor de su misma ciudad. Me dijo explícitamente que, en la ciudad donde vivía, había sitio solamente para un escritor y no para dos, y que por lo tanto ese artículo mío a favor de otro le había hecho un gran daño.
Esta anécdota es solo un ejemplo entre muchos otros, demasiados, que se podrían citar. Quizá uno de los muchos aspectos del mysterium iniquitatis de que habla la Escritura consiste también en la frecuente y desconcertante contradicción ante la que nos ponen muchas veces el arte y los artistas. Por un lado debemos a sus creaciones revelaciones muy importantes de humanidad, que nos permiten no solo comprender intelectualmente, sino también vivir concretamente, casi físicamente, los sentimientos, las decisiones, los valores de la existencia; gracias a ellas sabemos verdaderamente qué es el amor, la valentía, la fidelidad, la bondad, la pasión erótica, la compasión, el delirio, el miedo, la traición, la infamia, la exigencia de justicia y de verdad, la búsqueda o el rechazo de Dios. Por otro lado muchas veces el artista, casi como si en realidad estuviera poseído por un dios que habla a través de él, como lo quiere el mito, es uno de los primeros en olvidar y en violar esa humanidad que les ha hecho descubrir a los demás.
Goethe escribe la tragedia de Margarita y luego vota por la condena a muerte de una joven que sufrió un destino análogo; Céline representa genialmente en Muerte a crédito el antisemitismo como una vulgar imbecilidad y más tarde se vuelve antisemita; la lista, también en este caso, es muy larga. Nos gusta creer que los escritores son los protectores de lo universal-humano, con frecuencia violado por la política, pero por ejemplo en la guerra que laceró a Yugoeslavia a menudo fueron los escritores quienes incitaron al odio nacionalista más salvaje. Pirandello, que adhiere al fascismo poco después del asesinato de Matteotti, o los escritores franceses que van a Moscú y asisten con devoción a la “Misa roja”, es decir, a las decapitaciones en la horca estaliniana de muchos de sus compañeros comunistas acusados de desviacionismo, no son ejemplos muy recomendables de humanidad.
Platón sabía que solo la divina manía del arte expresa la esencia de la vida y de la verdad vivida, pero expulsaba a los poetas de su República ideal. Aquella condena es injusta, potencialmente totalitaria y debe rechazarse, pero no sobra tenerla siempre en cuenta, con la verdad que contiene, aunque esté distorsionada. La poesía no está obligada a subordinar la existencia a su significado más alto, que la trasciende, como lo hace la filosofía. La manía –recuerda Livio Garzanti en su estupendo Amar a Platón– “produce sueños que la razón, cuando se despierta, debe interpretar”. La poesía está llamada a decir la verdad de la existencia, por cerril, imperfecta o cruel que sea; a expresar el contradictorio corazón del hombre, en el que coexisten la magnanimidad con la bajeza, la vanidad y la maldad. El arte ilumina a fondo estas contradicciones y para hacerlo está obligado –o naturalmente inclinado– a ensimismarse con ellas, incluso con las peores; a mimar esa realidad mundana que para Platón es ya mímesis engañosa de la verdad, de la cual por lo tanto la poesía es mímesis al cuadrado. Doblemente falaz, entonces, pero también necesaria para la verdad, porque es reveladora de ese mundo de sombras que el hombre ve en la caverna platónica y que aunque sean solamente sombras ilusorias, son también, en cuanto tales, compañeras de toda la existencia humana. El mismo yo poético se siente incierto como una sombra.
El alma del hombre, se dice en el Fedro, es tirada hacia lo alto y lo verdadero por un caballo, y arrastrada hacia la bajeza de las propias miserias, por otro. Quizá la función de todo arte, a diferencia de la filosofía o de la religión, consiste en contar y representar lo que le sucede al caballo que nos jala hacia abajo, o mejor, a nosotros cuando le soltamos las riendas y lo seguimos, no solo entre desordenadas y fuertes pasiones, sino también en vanos disgustos –incluidas las envidias de las que dan testimonio estos insultos entre poetas–, quizá inevitables dada la debilidad humana. Lo que no quita que definir “burdo” al Quijote, como hizo Nabokov, seguirá siendo siempre una gran metedura de pata.
Miniantología de la mala leche
—Cada vez que leo Orgullo y prejuicio me entran ganas de desenterrarla y golpearle en el cráneo con su propia tibia (Mark Twain sobre Jane Austen).
—Baroja escribía los adjetivos como suelta un burro sus pedos (Josep Pla).
—Octavio Paz es la chochona del PRI (Raúl del Pozo)
—Bernard Shaw no tiene enemigos, pero causa intenso desagrado entre sus amigos (Oscar Wilde).
—George Sand sobre todo, y más que ninguna otra cosa, es estúpida como una vaca (Baudelaire).
—Solzhenitsyn es un mal novelista y un bobo. Esa combinación suele implicar gran popularidad en Estados Unidos (Gore Vidal).
—Ya basta de Keats. Yo les suplico: capémoslo vivo (Lord Byron).
—Me enviaron esa mierda de De aquí a la eternidad. Y con lo mierda que es, me extraña que el hombre que la escribió tenga esa extraordinaria pinta de estreñido (Truman Capote sobre James Jones).
—Hace treinta años que no lo leo. Es un pelmazo. Y me tiene sin cuidado que le hayan dado el Nobel o no (Sánchez Ferlosio sobre Camilo José Cela).
—Su estilo es despreciable, pero eso no es lo peor de él (Coleridge contra Gibbon).
—Su estilo tiene el desenfado desesperado de una orquesta que estuviera aferrándose por un pelo a la vida en un barco que se va a pique (Edmund Wilson contra Evelyn Waugh).
—Cada vez pienso más en él como un jovencito que escribió un libro maravilloso (Decadencia y caída), pero a quien luego le dio un ataque de histeria y se unió a la Iglesia católica (Kingsley Amis contra Evelyn Waugh).
—El jadeante hipopótamo Flaubert (Elias Canetti).
—Hay quien aspira a Donoso y se queda en Skármeta, o quien sueña con Huidobro y tiene que conformarse con Isabel Allende (Andrés Neuman)
—Pobre Faulkner. ¿De veras cree que las grandes emociones surgen de las grandes palabras? (Hemingway).
—Jamás ha utilizado una sola palabra que pudiese mandar al lector en busca de un diccionario (Faulkner sobre Hemingway).
—Todo es tan gris e incómodo en los libros de Beckett que al final parece que sufre constantes malestares de vejiga, como le pasa a la gente mayor cuando duerme. (Nabokov).
—No me gustó la obra, pero fue que la vi en condiciones adversas: el telón estaba arriba (George S. Kaufman).
—Bueno, digamos que fue un premio de tercera categoría (Darío Jaramillo al ser consultado sobre el premio Nobel a Camilo José Cela).
—Su manuscrito es a un tiempo bueno y original; pero la parte que es buena no es original y la parte que es original no es buena (Samuel Johnson).
¿Benedetti? Ughs (Rodrigo Fresán).
Según Brecht, Baudelaire era un poeta pequeño-burgués cuyas palabras son como chaquetas viejas remodeladas, mientras que para Tolstoi las sensaciones evocadas por su lírica no le pueden interesar a ningún hombre en sus cabales. Brecht, por otro lado, fue definido por Ionesco como un poeta didascálico, un estúpido creador de personajes de cartón piedra, y por Döblin como un novelista anticuado. Proust fue liquidado por Beckett en una sola palabra, “güevonadas”, y Beckett a su vez fue tildado por Arno Schmidt de ser un epígono inútil de Maeterlinck. Para Voltaire, Homero es aburrido, y según Benn, Lawrence, Virginia Woolf, Pound y muchos otros, Joyce era un mediocre. Nabokov considera ineptos a Mann, Conrad, Cervantes, Camus, Eliot y Pound; La divina comedia, para el expresionista alemán Albert Ehrenstein, es la obra académica, cerebral, pesada y sádica de un poeta musical pero monótono.
La lista podría prolongarse a voluntad. Los poetas insultan a los poetas, como dice el título de una antología de estas injurias compilada en alemán por Joerg Drews. Estas manifiestan un ensañamiento y una crueldad que muy difícilmente se encuentra en las furiosas rivalidades que también existen, como es obvio, en otras categorías sociales, desde los políticos hasta los empresarios y los comerciantes. Los juicios de muchos grandes artistas sobre sus colegas demuestran una torpeza única, o bien una envidia lívida y pueril, incapaz de ser controlada o al menos disfrazada. El libro de Drews –y hay más ejemplos– muestra la escena literaria (y en general la artística) como una arena de mezquindades y de rencores que parece elevar a la enésima potencia las ruindades y los rencores, la falta de amor, de generosidad y de grandeza existentes en cualquier conglomerado humano, desde la familia hasta la oficina, el mercado o el partido.
Este vulgar y faccioso desconocimiento del otro –que tan a menudo desfigura perversamente la boca de escritores que en otras ocasiones han sido capaces de proferir grandes palabras llenas de humanidad– se justifica a veces por la necesidad que tendrían los artistas de afirmar su propia visión y representación del mundo. Para lograrlo recurren a la negación de otras visiones y representaciones, distintas o contrarias a las suyas, que podrían oponerse a ellas y ponerlas en dificultad o por lo menos en discusión. Una gran obra clásica y armoniosa puede poner en crisis al autor de una gran obra fragmentaria y desacralizante, poner en duda su legitimidad e impulsarlo por lo tanto a rechazar de un modo sectario ese clasicismo, del mismo modo que puede suceder lo inverso. En un caso así, el juicio sale desequilibrado, pero al ser unilateral se entiende que proviene de un sufrimiento, de la necesidad de proteger una exigencia creativa, lo que no justifica ese juicio, pero lo explica y le confiere cierta dignidad humana. Conrad o Hamsun se equivocan, por supuesto, al condenar a Dostoievski y a Ibsen, pero uno entiende por qué sentían la necesidad de hacerlo.
Más a menudo, sin embargo, estas diatribas endogámicas, que no se salen del mismo gremio, desnudan un origen menos noble: un narcisismo exasperado, una pretensión de ser el único dios creador al que hay que adorar, y una penosa inseguridad, que percibe todo homenaje ofrecido a otro como un hurto y un atentado contra la propia necesidad de ser amado y aceptado. En este sentido los consumidores de arte –lectores, escuchas, espectadores– son mucho más libres y mucho más generosos (más poéticos) que los productores de las obras que ellos aman y admiran, porque, en su politeísmo artístico, saben muy bien que amar a Mozart no significa quitarle nada a Beethoven, y que se puede y se debe amar al mismo tiempo a Brecht y a Baudelaire, a Proust y a Beckett. Como en la casa del Padre, según dice la Escritura, también en la casa del arte –de cualquier arte– hay múltiples habitaciones y está permitido frecuentarlas y habitarlas todas, sin que por esto se le esté haciendo un desaire a las demás.
Sin embargo el poeta, que por un lado es un alto mensajero y portador de humanidad, parece muchas veces sucumbir al más innoble de los vicios, la envidia: envidia que, a diferencia de los otros pecados capitales, no consiste en la exacerbación de un desorden en sí mismo bueno (como la lujuria lo es del amor y del sexo o la soberbia del respeto de sí mismo), sino que es toda entera y por completo un mal y una negación, disgusto ante la vista del bien ajeno, que sin embargo nada nos quita y debería alegrar a todo el mundo, porque la existencia de Ana Karenina es algo que enriquece a quienes escribieron Los Buddenbrook o El proceso.
¿Aparece entonces el poeta no como persona que a lo mejor se equivoca, pero siempre de un modo magnánimo, sensual y transgresivo, o prometeico y rebelde –como nos lo presenta la retórica corriente–, sino más bien como ínfimo pecador, burdo y envidioso? Los premios literarios, con las escaramuzas dentro de la rosa de los finalistas, crean odios y bajezas a cuyo lado los enfrentamientos políticos y económicos, a veces incluso criminales, dejan ver una densidad más peligrosa, pero también más digna de respeto. El narcisismo de los artistas se muestra muchas veces como inhumano y miserable, como ya lo sabía Thomas Mann; no es casual que, entre la descendencia de los grandes hombres, los más infelices, los más lesionados en su propia persona sean precisamente los hijos de muchos artistas, evidentemente descuidados por sus padres, no por puras exigencias de trabajo (como en el caso de los políticos, de los empresarios o de los marineros, siempre de viaje y muy poco en casa, pero no por esto lejanos a su familia) sino más bien por un frecuente y sustancial desinterés afectivo de unos progenitores dedicados a las musas.
La rabiosa irritación del artista –incluso del artista cargado de elogios– con respecto a las loas que se dirigen a un colega suyo, demuestra de qué manera el artista, como otros y quizá más que otros, está obsesionado por el mecanismo de la competencia y por el temor de que el mínimo éxito de un producto ajeno amenace la preferencia por su propio producto. No por nada los insultos literarios más mordaces están dirigidos contra los colegas contemporáneos activos en el mercado del espíritu y del dinero. Hace años, un escritor al que apreciaba y sobre el que yo había escrito con entusiasmo, se ofendió profundamente conmigo porque escribí, también con pasión, sobre otro escritor de su misma ciudad. Me dijo explícitamente que, en la ciudad donde vivía, había sitio solamente para un escritor y no para dos, y que por lo tanto ese artículo mío a favor de otro le había hecho un gran daño.
Esta anécdota es solo un ejemplo entre muchos otros, demasiados, que se podrían citar. Quizá uno de los muchos aspectos del mysterium iniquitatis de que habla la Escritura consiste también en la frecuente y desconcertante contradicción ante la que nos ponen muchas veces el arte y los artistas. Por un lado debemos a sus creaciones revelaciones muy importantes de humanidad, que nos permiten no solo comprender intelectualmente, sino también vivir concretamente, casi físicamente, los sentimientos, las decisiones, los valores de la existencia; gracias a ellas sabemos verdaderamente qué es el amor, la valentía, la fidelidad, la bondad, la pasión erótica, la compasión, el delirio, el miedo, la traición, la infamia, la exigencia de justicia y de verdad, la búsqueda o el rechazo de Dios. Por otro lado muchas veces el artista, casi como si en realidad estuviera poseído por un dios que habla a través de él, como lo quiere el mito, es uno de los primeros en olvidar y en violar esa humanidad que les ha hecho descubrir a los demás.
Goethe escribe la tragedia de Margarita y luego vota por la condena a muerte de una joven que sufrió un destino análogo; Céline representa genialmente en Muerte a crédito el antisemitismo como una vulgar imbecilidad y más tarde se vuelve antisemita; la lista, también en este caso, es muy larga. Nos gusta creer que los escritores son los protectores de lo universal-humano, con frecuencia violado por la política, pero por ejemplo en la guerra que laceró a Yugoeslavia a menudo fueron los escritores quienes incitaron al odio nacionalista más salvaje. Pirandello, que adhiere al fascismo poco después del asesinato de Matteotti, o los escritores franceses que van a Moscú y asisten con devoción a la “Misa roja”, es decir, a las decapitaciones en la horca estaliniana de muchos de sus compañeros comunistas acusados de desviacionismo, no son ejemplos muy recomendables de humanidad.
Platón sabía que solo la divina manía del arte expresa la esencia de la vida y de la verdad vivida, pero expulsaba a los poetas de su República ideal. Aquella condena es injusta, potencialmente totalitaria y debe rechazarse, pero no sobra tenerla siempre en cuenta, con la verdad que contiene, aunque esté distorsionada. La poesía no está obligada a subordinar la existencia a su significado más alto, que la trasciende, como lo hace la filosofía. La manía –recuerda Livio Garzanti en su estupendo Amar a Platón– “produce sueños que la razón, cuando se despierta, debe interpretar”. La poesía está llamada a decir la verdad de la existencia, por cerril, imperfecta o cruel que sea; a expresar el contradictorio corazón del hombre, en el que coexisten la magnanimidad con la bajeza, la vanidad y la maldad. El arte ilumina a fondo estas contradicciones y para hacerlo está obligado –o naturalmente inclinado– a ensimismarse con ellas, incluso con las peores; a mimar esa realidad mundana que para Platón es ya mímesis engañosa de la verdad, de la cual por lo tanto la poesía es mímesis al cuadrado. Doblemente falaz, entonces, pero también necesaria para la verdad, porque es reveladora de ese mundo de sombras que el hombre ve en la caverna platónica y que aunque sean solamente sombras ilusorias, son también, en cuanto tales, compañeras de toda la existencia humana. El mismo yo poético se siente incierto como una sombra.
El alma del hombre, se dice en el Fedro, es tirada hacia lo alto y lo verdadero por un caballo, y arrastrada hacia la bajeza de las propias miserias, por otro. Quizá la función de todo arte, a diferencia de la filosofía o de la religión, consiste en contar y representar lo que le sucede al caballo que nos jala hacia abajo, o mejor, a nosotros cuando le soltamos las riendas y lo seguimos, no solo entre desordenadas y fuertes pasiones, sino también en vanos disgustos –incluidas las envidias de las que dan testimonio estos insultos entre poetas–, quizá inevitables dada la debilidad humana. Lo que no quita que definir “burdo” al Quijote, como hizo Nabokov, seguirá siendo siempre una gran metedura de pata.
Miniantología de la mala leche
—Cada vez que leo Orgullo y prejuicio me entran ganas de desenterrarla y golpearle en el cráneo con su propia tibia (Mark Twain sobre Jane Austen).
—Baroja escribía los adjetivos como suelta un burro sus pedos (Josep Pla).
—Octavio Paz es la chochona del PRI (Raúl del Pozo)
—Bernard Shaw no tiene enemigos, pero causa intenso desagrado entre sus amigos (Oscar Wilde).
—George Sand sobre todo, y más que ninguna otra cosa, es estúpida como una vaca (Baudelaire).
—Solzhenitsyn es un mal novelista y un bobo. Esa combinación suele implicar gran popularidad en Estados Unidos (Gore Vidal).
—Ya basta de Keats. Yo les suplico: capémoslo vivo (Lord Byron).
—Me enviaron esa mierda de De aquí a la eternidad. Y con lo mierda que es, me extraña que el hombre que la escribió tenga esa extraordinaria pinta de estreñido (Truman Capote sobre James Jones).
—Hace treinta años que no lo leo. Es un pelmazo. Y me tiene sin cuidado que le hayan dado el Nobel o no (Sánchez Ferlosio sobre Camilo José Cela).
—Su estilo es despreciable, pero eso no es lo peor de él (Coleridge contra Gibbon).
—Su estilo tiene el desenfado desesperado de una orquesta que estuviera aferrándose por un pelo a la vida en un barco que se va a pique (Edmund Wilson contra Evelyn Waugh).
—Cada vez pienso más en él como un jovencito que escribió un libro maravilloso (Decadencia y caída), pero a quien luego le dio un ataque de histeria y se unió a la Iglesia católica (Kingsley Amis contra Evelyn Waugh).
—El jadeante hipopótamo Flaubert (Elias Canetti).
—Hay quien aspira a Donoso y se queda en Skármeta, o quien sueña con Huidobro y tiene que conformarse con Isabel Allende (Andrés Neuman)
—Pobre Faulkner. ¿De veras cree que las grandes emociones surgen de las grandes palabras? (Hemingway).
—Jamás ha utilizado una sola palabra que pudiese mandar al lector en busca de un diccionario (Faulkner sobre Hemingway).
—Todo es tan gris e incómodo en los libros de Beckett que al final parece que sufre constantes malestares de vejiga, como le pasa a la gente mayor cuando duerme. (Nabokov).
—No me gustó la obra, pero fue que la vi en condiciones adversas: el telón estaba arriba (George S. Kaufman).
—Bueno, digamos que fue un premio de tercera categoría (Darío Jaramillo al ser consultado sobre el premio Nobel a Camilo José Cela).
—Su manuscrito es a un tiempo bueno y original; pero la parte que es buena no es original y la parte que es original no es buena (Samuel Johnson).
¿Benedetti? Ughs (Rodrigo Fresán).
domingo 1 de noviembre de 2009
Historia de un pibe silvestre
Dos mujeres de ropa apretada y escasa, charlan, inclinadas junto a las ventanillas del patrullero. En su interior, tres policías saben que no pueden controlar nada. Y, por otra parte, jamás lo intentan. Amanece y todo es silencio, apenas cortado por los cantos de los pájaros que revolotean contra los barrotes de las jaulitas y los gritos desaforados de los gorriones. Una de las chicas lanza una carcajada que desentona brutalmente con la paz de la escena. Después, bamboleando el cuerpo cansado, se despide de los uniformes y del brazo de la otra se van a dormir.
El pibe, oculto detrás de las pilas de cartones, aprovecha la distracción para escurrirse, a cubierto de las miradas de los policías. La noche no fue buena y, si paga el peaje, no le queda un peso.
Al dia siguiente, armado con un cepillo enjabonado y un diminuto secador espera el cambio de luces parta saltar a la calle e imponer sus servicios. En la vereda, dos chicos están atentos, si observa algo de valor en los asientos; bastará una seña para que uno de ellos, arrebate el botín. El Batata y el otro, gritarán y simularán una persecución.
A la tarde, patrulla el microcentro, simula juntar papeles, una excusa para caminar entre los autos estacionados; su objetivo, las puertas sin trabas. Bajo un contenedor ya ocultó un estéreo, dos celulares y un portafolio, olvidos de automovilistas apurados. Todo terminará en el local del Cuervo, que juzgará de un vistazo la calidad de lo rapiñado y fijará un valor ridículo que pagará en el acto. Alguna cosa irá a parar a los policías que vigilan la villa. El solo quiere efectivo.
Cuando ve al patrullero se oculta. Aún es temprano, pero no conviene confiarse, no va a ser la primera vez que lo levantan porque tienen que hacer número, pero hoy no es el dia, pasan y lo ignoran. Sabe que se la tienen jurada y no quiere volver al juzgado; como no tiene padres y el tío vive borracho, tiene por lo menos, treinta días adentro y ya está grande para perder el tiempo en boludeces.
Ya es de noche, en cuclillas, abre la bolsita de plástico y hace un pliegue en el borde, para que no se cierre. Ahora aprieta, el pomo de pegamento. La masa parda y viscosa, se va depositando en el fondo. Cuando el envase queda vacío, cierra la bolsa.
En busca de un lugar seguro, baja a la estación del subte y salta a las vías, bajo el andén, una de las losas permite acceder a una catacumba. Varios chicos están tirados sobre cartones. Algunos comparten bolsitas, otros cuchichean en voz muy baja, mientras encienden pacos. Dos intentan el sexo con una nena muy flaca que ya no se resiste a nada. El pibe se acurruca en un rincón y aspira profundo. El paso de un convoy hace retemblar la cueva y el ventarrón que genera levanta tierra y basura, el ya no se da cuenta.
De vuelta en la villa se detiene junto al patrullero, y alarga un objeto. Un policía toma el tributo y le larga una parrafada que el pibe parece escuchar. Al final les dedica la mueca de una sonrisa y desaparece tan mágicamente como apareció.
El sábado; la plaza se llena de chicos gritones, padres despreocupados, perros y juegos. El pibe estudia a un tipo que bosteza tratando de entretener al nene. Se acerca, la mochila tiene los breteles para arriba, solo tendrá que manotear y correr. Pero el hombre la agarra antes y, con el chico de la mano, se va. Lástima, un tipo con el hijo es fácil, no lo puede correr y no armará quilombo para que no piensen que es un boludo que se dejó robar. Pero bueno, es igual, ya vio a una gorda que dejó la cartera tirada para arreglarle la muñeca a la nena. Salto, manotazo y escape. Algunos lo miran, alguien llama a la policía. La gorda grita y llora. Nada grave. Mientras se aleja revisa su botín – ¡Veinte pesos!- Se guarda los documentos y tira todo lo demás.
La huida termina en la estación. Camina entre la gente pidiendo monedas y es invisible. Una señora le acaricia la cabeza y abre la cartera; el pibe se tensa y, en un solo movimiento, da un zarpazo a la cartera y empuja a la mujer que cae despatarrada y gritando. Huye toreando autos en la avenida. El botín lo sofoca ¡Cuatrocientos pesos! Documentos, un par de tarjetas de crédito, la cedula verde y la patente de un auto, una pulsera, pesada, que seguro es de oro. Los documentos del auto, las tarjetas y los DNI, terminan en un cajón que está casi lleno. El rostro impasible del Cuervo cambia cuando ve la pulsera, argumenta un poco y el pibe se la deja por doscientos pesos que se suman a los veinte que sacó por lo demás. Para evitar al patrullero, llega a la villa por los basurales que la bordean. En la casilla no hay nadie, oculta el botín y se sienta a mirar la tele, por hoy no saldrá más; mañana va a compra merca de la buena.
Tirado en la cueva, lo envuelve una niebla pegajosa y dulzona que deforma las figuras y ahueca los sonidos. Su mente registra estallidos de luz. El pibe vomita y murmura incoherencias. Hay chicos más grandes junto a él. Uno le revisa los bolsillos. Llega un subte que frena con un chillido estridente; por un breve instante las sombras se agrandan monstruosamente y la luz de la única vela, se apaga.
La gente que llena la estación, se aparta de la delgada figura que trepa con dificultad al andén; asqueada por el penetrante olor, la mugre que forma costras en la cara de expresión enloquecida y esa mueca que estira los labios y deja al descubierto los dientes amarillos. De una cortada en la frente se desprende un hilo de sangre ya seca. Camina, bamboleándose, hacia la escalera mecánica. Cuando inicia la subida, se apoya en la cinta negra, con los ojos cerrados y luchando por mantener la precaria conciencia. La luz del sol lo deslumbra, tropieza y termina estirado en la vereda. Quiere levantarse, pero los músculos no le obedecen. Hay manos que lo dan vuelta y oye la sirena de una ambulancia antes de desmayarse.
Se despierta de golpe. Con los ojos casi cerrados, mira sin moverse. Trata de ubicarse pero está muy oscuro, alguien se queja y más allá otro ronca. No tiene ropa, solo un camisón. Deben haberlo bañado; se siente muy limpio, con olor a jabón. En algún momento llegará la policía o minoridad para llevarlo a un infierno que conoce muy bien. Lo trajeron muy limado y cuando es así, interviene el juez ¿Vendrá el tío? Difícil, seguro que va a aprovechar para sacárselo de encima. Por suerte está sin documentos. Por la gran ventana, empieza a verse un cielo más claro. Se yergue y mira a su alrededor. Solo tres camas, en la de al lado hay un pibe que recién se despierta y lo saluda con la mano, es un muchacho con la cara muy flaca y la piel amarillenta. El otro es un hombre mayor y el muchacho le cuenta que, cuando está despierto, se queja continuamente.
— Lo operaron del estómago, está jodido
— ¿Y vos?
— El hígado. Me sacaron un pedazo. Ahora estoy bien, pero igual tengo para un mes, por lo menos-
— Con ese color, la cagaste- Piensa el pibe –Este de acá no se va- ¿Y ahora te sentís bien?-
— Y, sí, por lo menos como un toco. Me hacen régimen, pero morfo, quiere decir que voy mejorando
En la voz tiembla una sombra de duda; se quiere convencer cada vez que lo repite; pero el miedo se nota.
— Y a vos ¿qué te pasó?-
— Me fui al carajo. Me pasé y quedé colgado mal, casi ni me acuerdo de nada, me deben haber tirado la ropa a la mierda porque estoy en bolas-
— Acá estamos todos en pelotas ¿Te fijaste en el roperito?
— Estaba todo a la miseria, ni se pudo lavar. Informa la enfermera que entró sin que lo adviertan.
— ¿Y las zapatillas?- Me salieron un huevo y las usé dos días.-
— Acá llegaste descalzo
La mujer les toma la temperatura, la presión, y se va enseguida
— Viene cada dos horas, si le pedís calmantes te los trae enseguida. Es un fenómeno. El de la noche es medio asqueroso-
Entra una pareja de médicos, muy jóvenes, ella es la que habla
— Bueno, parece que estamos muy bien-
La voz es dulce y amable, pero el pibe adivina la formula tras la aseveración.
— ¿Qué tomaste che?-
— Y, merca, que se yo-
— Levantate la bata-
Apoya el estetoscopio en el pecho flaco, lleno de surcos
— ¿Cómo te hiciste esto?
— Me enredé en alambre de púas-
No dice que fue cuando se escapó de la granja a la que lo mandaron cuando cayó por primera vez
— Bueno pichón, te vas a quedar acá, tres días más o menos, ahora te van a poner un suero, te tenés que desintoxicar ¡Te salvaste de milagro!
El pibe no contesta
— ¿Hay algún pariente a quien avisar? ¿Dónde vivís?
La figura parece mucho más flaca. La ropa, muy grande, se mueve sobre el cuerpo con cada paso que da. La mueca le deforma la cara
— ¡Q’acé loco apareciste!-
Contesta con un gruñido y se va para la casilla, solo piensa en dormir
El contraste entre el sol y el interior, solo iluminado por la pantalla del televisor, lo ciega por un momento. El tío está sentado en un banquito, mira un partido y mastica una galleta, un tetrabrik adorna la mesa cubierta con un mantel de plástico desteñido y agujereado. No hay bienvenidas ni preguntas, solo una mirada desinteresada y vacua. El pibe tiende el colchón y se acuesta.
— ¿Me estarán buscando? ¿Habrán avisado a los rati? ¡Qué quilombo se debe haber armado cuando se avivaron que había pirado
La doctora, con las manos en los bolsillos del delantal desabrochado, está muy preocupada
— ¡Qué le voy a decir a Castro!-
El jefe de sala tiene fama de cabrón, y la linda doctora, en su primer año de residencia, puede verse en un problema de los grandes.-
— Doctora, ¿Y si lo denunciamos nosotros? Podemos decir que se fue a la hora en que usted tiene la reunión de evaluación-
La enfermera adivina el interés de la otra y se entusiasma con su idea
— Digo que yo descubrí la fuga al volver de limpiar la herida del amputado; a esa hora no hay nadie-
La médica toma del brazo a la enfermera y la lleva al pasillo, le habla casi en un susurro para que no escuche el pibe
— Pero ¿Y el otro? seguro que el policía que manden le va a preguntar a ese boludo ¡Y nos va a mandar al frente!-
— ¿Y qué va a decir? Que se fue con su ropa, que cuando se las tomó, no había nadie ¡Es lo mismo que decimos nosotras! No se van a preocupar. Después de todo el guacho llegó ayer a la tarde y ellos no mandaron guardia. Nosotros avisamos que el pibe venía pasado. No les conviene revolver mucho-
Dos horas después el problema ya es historia. El policía aceptó la explicación; además, les pidió cambiar la hora, la que señalaron lo dejaba en falta ya que lo enviaron más temprano y se entretuvo en el viaje. El pibe no existió más.
Los cuatro chicos están hablando en la canchita. Un flaco, de brazos larguísimos, hace pocitos en la tierra con la punta de la zapatilla. El pibe escucha en silencio. Solo interrumpe para preguntar
— ¿Los fierros?
— Todo bien, el Turco quiere un Diego y la guita si se pierde algo
— Che ¿Te va?
— Listo. Mañana a las diez estoy en la cortada de la vía
Después, sentado atrás de la casilla, fuma un porro, piensa en lo que harán mañana. Va a ser como pasar un umbral. Guita grande, fierros. Más o menos como jugar en primera. Da una larga pitada y retiene el humo. No se animó a la merca. Pero necesitaba algo.
— ¡Qué bárbaro, ven los fierros y se cagan encima!
El pibe se siente poderoso, inmensamente fuerte
— ¡La guita, la guita, boluda, en la bolsa, ponela en la bolsa! Dale, dale ¡No me mires boluda!
Otro pibe está parado al costado de la caja y cubre a los demás empleados y a los clientes. El tercero, con las piernas abiertas y el revólver aferrado con las dos manos, vigila la puerta.
El pibe arrebata la bolsa con el dinero y retrocede hacia la salida. El arma, apuntando, hace que todos traten de esconder la cabeza.
Cuando salen, aún conservan las armas en las manos, tratan de guardarlas, pero es tarde. Hay una gorda que grita y los señala. La euforia cede ante el miedo y corren hasta el auto, que arranca haciendo chirriar las gomas.
De golpe hay una sirena y, casi enseguida, un patrullero los adelanta; un policía, morocho y bigotudo, apunta con una escopeta. El pibe ve la negra boca del arma y saca la suya; justo cuando el auto dobla casi en dos ruedas. El patrullero no puede duplicar la maniobra y choca de costado con un colectivo. El policía escucha nítidamente una detonación y se agacha tras la débil protección de la puerta.
El revólver fue a parar debajo del asiento del conductor y el pibe mira azorado la mancha roja que se va extendiendo en la remera. Los demás gritan, pero no los escucha. El coche avanza a los bandazos entre el tránsito. Ya está cerca, otra vez, la sirena. Se meten de contramano y el auto queda cruzado en el medio de la calle. Rápidamente dividen el botín. Desde ahí seguirán cada uno por su lado. El pibe, que se puso una campera para tapar la sangre, camina, más mal que bien. Va hacia la esquina por la que aparecerán los perseguidores.
El móvil de la policía no está para vigilar al chico que se acerca, se supone que persigue a cuatro delincuentes. Baja al subte mordiéndose los labios en cada escalón. Rebusca monedas y pasa el molinillo hacia la seguridad del andén. Ya llega un convoy, sube y se sienta cerca de la puerta. El costado ya no le duele y la sangre se está secando. Se siente muy raro, un poco mareado, con las piernas flojas y escucha todo con eco, como si tuviera la cabeza metida en una lata gigante. Cuando sale a la calle, dos policías que se acercan, lo precipitan dentro de una iglesia
— ¡Qué embole! Siempre las mismas historias. Si los pecados son realmente, los que le cuentan, en el paraíso no va a quedar ningún lugar libre. Y, para peor, las viejas con este olor ¡Lo mío es un sacerdocio!
Se ríe solo de su chiste Casi no escucha las voces susurrantes, frente a la mujer que relata sus pecados dejó la cara y se fue. Mira, preocupado, la mancha de humedad que se extiende un poco más cada día.
— Los putos caños de plomo. Cuánto saldrá cambiarlos
Mentalmente revisa su lista de benefactores. También hay que arreglar la barandilla de la Virgen
— ¿A quién se lo puedo pedir?
La mujer se calla y él comprende que terminó. Rápidamente la absuelve, le da una penitencia y, mecánicamente, la bendice. Inmediatamente, otra señora, idéntica a la anterior, se arrodilla y repite las formulas rituales. Se dispone a escuchar la reseña, pero lo distrae un chico que entra por una de las puertas laterales.
— ¿Qué hace este acá, con el templo vacío?-
Lo vigila atentamente. No sería extraño que quiera robarse las alcancías, pero no, está raro, se tambalea antes de sentarse en la última fila. Y está palidísimo.
— ¿Estará enfermo? ¡Y esta estúpida que no para de decir boludeces!-
El chico se toma la cabeza con las dos manos y apoya los codos en las piernas.
Ahora está realmente, preocupado. La mujer termina de hablar
— ¡Gracias Dios mío!-
Termina todo rápido. Ni siquiera reza el pésame.
— Ni que me estuviera echando- Piensa la señora.-
Detiene a la próxima con un ademán y llega en tres zancadas, hasta el chico. El pibe se mueve, la campera se abre, y ve los borbotones rojos y espesos. No sabe qué hacer. Desde lo más profundo le ruega a Dios por ese chico que, a pesar de todo, sonríe. El pibe percibe que alguien está junto a él.
— Carajo que frío hace
Siente que lo abrazan, alguien habla, pero no entiende nada. Igual no sabría que el cura le está dando la extrema unción. Se da cuenta de la mano sobre la cabeza y el hombro que le sirve de almohada.
El sacerdote, desesperado, grita pidiendo una ambulancia, las pocas mujeres que hay a esa hora, miran de lejos, no se atreven a acercarse a las dos figuras hermanadas por el gran charco de sangre.
Uno de los policías recibe la orden en la radio del patrullero. Llama a dos de sus compañeros y juntos van hacia la casilla que está casi al final del pasillo. A prudente distancia los sigue una fila de chicos y perros, de golpe hay mujeres en cada puerta. Los uniformados se miran nerviosos. La procesión se detiene frente a la casilla del pibe. No necesitan golpear, la puerta está abierta. El tío recibe la noticia mirando el televisor. Apenas si se da vuelta para ver al policía. No quiere ir a la morgue
— Ustedes lo conocen ¿Para qué tengo que verlo? si está muerto, murió y chau-
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