Vivían en Avellaneda, en la
casita con el frente de ladrillos a la vista, los pisos de parquet y un patio
grande, o por lo menos él lo veía grande. Lleno con las plantas que mamá tenía
en las macetas, hechas con latas de dulce de batata que le regalaba el
almacenero, y que el padre pintaba de verde. Cuando cerró la fábrica, se acabó
el trabajo fijo. Se mudaron a un monoblock, sin patio, sin sol. El padre solo
conseguía algunas changas la madre limpiaba en casas ajenas y el andaba en la
calle. En tercer año,
que ya había repetido, como antes el sexto y el primero, se terminó el colegio.
Ya fumaba y era uno más de los pibes que se juntaban en la esquina del almacén.
Los domingos iban a la cancha, siempre había algún perejil que se quedaba sin
reloj ni billetera. Salía de la cancha cuando pasó frente a la farmacia que,
a pesar del domingo, estaba abierta. No
necesitó más que mostrar la navaja y pegar un par de gritos, para que la mujer
le entregara un manojo de billetes. Tarde vió la cámara de seguridad y se quedó
mirándola como un boludo. Sin una palabra a nadie, desapareció. Durmió donde
pudo, tapado con cartones, sucio, lleno de olor, con hambre. Cuando se animó a
volver, se enteró de que no había sido reconocido a pesar de las filmaciones.
En sus días de prófugo, conoció a un pibe que, como él, había tenido que
desaparecer. Unos meses después la dupla realizó más de diez asaltos;
estaciones de servicio, farmacias, supermercados. El modus operandi no variaba
desde el primer éxito, y duró hasta que una señora, celular en mano, dudó de
los chicos que rodeaban al chino del súper y llamó al novecientos once. Seis
meses después, recuperaba su libertad. En la cárcel conoció mucha gente que
andaba en lo mismo, aprendió mucho. Ahora la violencia era algo más que
amenazas y gritos. Hubo varios heridos y un tiroteo del que salió indemne por
casualidad. Buscando distancia se fue a la costa y allí conoció a la mamá del
nene. Al poco tiempo de estar juntos cayó otra vez y ella se mudó a la casa de sus
padres. Cuando nació el pibe, se los dejó a los viejos y ella desapareció. Él
lo conoció tres años después y estuvieron juntos hasta ese día que empezó
nublado y con frio y terminó con un asalto, con tiroteo incluido, y el
delincuente muerto.
El pibe ya fuma, dejó el colegio y se juntó con dos
chicos más grandes, Uno más de esos que nadie ve; hasta que entran a un
negocio y se afanan lo que pueden y si alguno consiguió un fierro le hacen un
agujero a uno que, por ahí, es el mismo guacho que hace un rato le vendió el
tubito y le dio la bolsita. Porque el pegamento limpio, no sale, y el
comerciante está para ganar, porque, para perder el tiempo; se queda en la
casa, viendo tele y pidiendo la pena de muerte para todos esos guachos que no
laburan porque no quieren, y es más cómodo afanar lo suficiente para poder
comprarle, a los que venden, esas porquerías que se meten adentro.











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