viernes 20 de noviembre de 2009
No existiría el blanco sin el palpitar del negro
Primero fue una idea. Meditó mucho. Hizo un balance de sus actuaciones y al final; se decidió. Últimamente la cosa no venía bien. Su función estaba desvalorizada, mucha competencia. Mucho Hollywood. Siglos tratando de consolidar un proyecto que no pudo enfrentar los cambios ¡Si hasta Freddy Kruguer era más reconocido que él! Consultó con Caronte, se lo anticipó a la parca. Con Dios no pasó nada, una eternidad sin hablarse. Cuando se enteraron arriba, hubo corrillos de santos, angelitos culones y arcángeles, el ascensor subía y bajaba, mil veces por dia, desde el primer círculo hasta el pent-house del Edén. Nadie pudo convencerlo. Una tarde, le dio un gran abrazo a Jesús, dos mil años de amistad, se despidió afectuosamente de una llorosa Magdalena. Llenó sus valijas, arengó a sus seguidores, abrió cadenas y grilletes, apagó los fuegos, dio un largo vistazo a sus ígneos señoríos, saludó a los que quedaban con un: “Adiós perdedores” y, acompañado por unos pocos fans, se tomó el bondi. Desde una de las ventanas del paraíso, Dios contemplaba la partida, mientras pensaba - “Uy yo ¡La que se viene!” – Los días que siguieron fueron inquietos, de gran desasosiego. Si, es cierto, los festejos se dieron por todas partes, los del purgatorio bailaban a las puertas del tártaro, recolectando piedritas y recuerdos, y se asomaban arriba tímidamente, como temiendo que los sacaran a patadas. En el mundo de acá abajo, el impacto se demoró un tiempito. Alguna médium se enteró por terceros, algún general se quedó sin cadena de mandos superiores, el gran Maestre de una orden satánica se cuestionó el sacrificio de una gallina. De a poco hubo certezas y entre los fieles seguidores del bien y lo justo, hubo suspiros aliviados y mucha preocupación por el futuro, ya no tendrían parámetros ni inspiración, ni siquiera supuestos enemigos a quiénes enfrentar. Deambulaban atontados entre humaredas de inciensos y aturdían micrófonos con parrafadas absurdas en las que abjuraban de lo que había dejado de ser, haciendo como que era. Nadie pudo precisar un encadenamiento cronológico de sucesos. Algunos señalan como punto de partida; la iluminación del pastorcillo que achacaba al malo su zoofilia “Yo no quiero, pero Él me tienta. O tentaba. O me gusta”. Otros señalan lo que sucedió con un conocido predicador que, sermoneando fervorosamente a su grey, desencadenó un coro de carcajadas cuando dijo “Echaré al maligno de sus cavernas de fuego” No menos relevante fue el papelón de un exorcista que, en medio de su trajín, se quedó de piedra, al ver que su acometido le miraba fijamente, mientras subía y bajaba la mano derecha con los dedos pegados. Una multitud silenciosa, lentamente, casi sin tomar conciencia, asumía su responsabilidad. El lado oscuro, cuidadosamente alojado en el secreto más absoluto; aparecía. A salvo de tentaciones, los enamorados daban rienda suelta a la pasión, prescindiendo de tramitazgos burocráticos cuya única razón de ser era, o mejor, había sido, disimular el triunfo del instinto por sobre las formulas. Venerables damas fatigaban boliches de onda y bailes de “Solos y solas”; sus amantes habían sido recusados a cambio del silicio de innumerables días de rezos y efervescencias, desveladamente sacrificadas por una plaza en el paraíso; que ahora, era destino único. El santo padre no hacía más que rascarse la cabeza, la ausencia de tentaciones había generalizado el estado de gracia y con esto la función del clero se tambaleaba. Se dio el caso; francamente curioso; de que, en resguardo del bien y pidiendo por la salvación eterna, cierto obispo elevaba sus ruegos por la vuelta de Satanás. Si acá la situación se tornó delicada, que decir de las alturas. Cerrado el averno, sus habitantes se diseminaron por las adyacencias. Era estremecedor ver al marqués de Sade enfrascado en interminables peroratas con San Francisco que no podía entender porque le habían privado de conocer a tan formidable pensador. Mezclados entre la multitud había inquisidores, comisarios de la bonaerense, milicos de todos los procesos, actores en decadencia y rufianes aun más oscuros, periodistas a sueldo, uno de estos se hizo muy conocido porque, a pesar de sus esfuerzos, siempre estaba solo. Los más resbaladizos se apropiaron de los aposentos que Luzbel había abandonado y, desde esas oscuras profundidades, movían los hilos de una hermandad nefanda que ganaba poder sin apuros. Dios, contemplando las manzanas del paraíso que, se pudrían en los arboles, ya que las serpientes, despojadas de su oficio, habían vuelto a su costumbre de picar a los que se animaban a estirar la mano, pensaba y pensaba, sin encontrar una solución. Jehová reunió a sus consejeros y a los jefes de los demás paraísos y se encerró con ellos; la situación apremiaba y había que pergeñar una salida a la crisis. Seis mañanas discutieron, y nada. Seis tardes, y los ánimos se caldearon. En la sexta noche se gritaron e insultaron, Mahoma estrelló una miniatura de la torre de Babel contra el suelo, y ¡el acabose! Alá y su colega, el dueño de casa se agarraron a las piñas. Cuando pudieron separarlos, Alá se fue dando un portazo, la reunión terminó con una profunda división en la familia y con un Jehová que repetía, a quien quisiera escucharlo, que a ese maleducado tampoco le dirigiría la palabra por toda la eternidad y, aunque El era el dueño de la verdad, nadie le creyó demasiado, los paraísos estaban muy próximos y las huríes eran muy hermosas. Para no cortar el dialogo, nombraron mediador a Confucio, que pudo hacer poco porque su reino era inmenso y la caridad bien entendida empieza por casa. Así las cosas, Dios decidió romper el silencio y, con la excusa de una gira, se llegó hasta la Antártida. Luzbel que descansaba en el helado continente, miró, curioso, el blanco vehículo que se acercaba y casi se cae cuando vio a la celeste figura que descendía ¡Como en los viejos tiempos! Pensó, mientras se confundían en un abrazo. Y ahí decidió volver.
sábado 14 de noviembre de 2009
La mierda del gato
El gran gato se arquea sobre las piedritas blancas. Después, maullando salta sobre la mesa y se lame enérgicamente las patas delanteras.
— Nene; cambiá las piedritas, están todas cagadas
— Si papá - ¡Viejo de mierda!
Se envuelve una mano con una bolsita de plástico, selecciona piedras sucias y las coloca en otra bolsa. Después las reemplaza por otras limpias. El gran gato vigila; dejó la limpieza para mirarlo atentamente.
— Hacelo con ganas che, meté las manos, las piedritas son baratas, si tirás algunas limpias; no importa, si están cerca de las otras tienen olor
— ¡Esta bolsa está rota! Me ensucié las manos
— Bueno es así la cosa. No se puede sacar la mierda sin ensuciarse Bastante me costó enseñarle a no andar por los techos. Ahora te lavas y listo, ni olor tiene esto
— ¡Viejo de mierda!
El grupo de tareas espanta las calles en la madrugada. Hay gritos de miedo y vecinos aterrados que prefieren no saber que saben. Diecisiete años, y la madre desesperada. Resistencia; que termina con un golpe en el pecho que saca el resuello. El blanco está en el suelo. Lo pisan un poco, algún golpe, fuerte, para que vaya pensando. Pero no piensa. Los enfrenta, insulta, patea
— ¡Mirá al gallito! Tranquilizate mierda. Te conviene
Furioso. No ve miedo en ese chico y eso no está bien. Su mundo está edificado sobre esa base. Necesita saber que es firme y necesaria. El interrogador lo mira cuando se saca el abrigo; y se encoje de hombros cuando le dice que él se va a encargar. Empieza con el baldazo de agua. Después ve todo rojo.
— ¿Cambiaste al michi nene? …ja, huelga dice el diario. Hay que enseñarles a estos negros vagos ¡Acá tiene que morir mucha gente! ¿Te alcanzan las piedritas?
— Si papá — ¡Viejo de mierda!
Se crispa sobre el inodoro maloliente; vomita, como si los intestinos quisieran salírsele por la boca. En la sala quedó el cuerpo destrozado del chico
— ¿Primera vez que se mete che?
No había advertido la entrada del jefe
— Tranquilo, está bien. Nos pasó a todos. Pero se le fue la mano che. Este era un perejil. Con un susto alcanzaba. Ahora vamos a tener que trasladarlo. Está muy deteriorado.
— ¡No tiene miedo! ¡Grita y me putea! ¡Ni se asustó! ¡Usted no entiende! ¡Tiene que tener miedo!
Grita, olvida la sumisión; las lágrimas gruesas le mojan la cara. El otro lo mira con una mueca que pasa por sonrisa
— Mire che, entienda como son las cosas. Acá; todos tienen miedo, nadie se aguanta los alambres. Algunos gritan, otros putean, lloran o hablan. Denuncian a la mujer, a la madre o a los hijos para que no les den más. Hay que saber quién es que, para que todo este aparato sirva. Ese chico no sabía nada. Era para diez minutos de máquina y alguna cosa más. ¿Entiende che? Este era para que los que pueden decir algo, sepan lo que les espera y ya vengan con los puntos puestos. Ahora vamos a tener que hacerlo volar y es el nieto de un coronel retirado que va a armar alboroto. Y todo porque usted se enojó che
La mueca desaparece. Los ojos se convierten en dos rendijas heladas.
— Del traslado se va a ocupar usted personalmente. Preséntese pasado mañana en la base; con el pibe. Ahí le van a decir como sigue la historia
Por un momento se mira atentamente una uña. Cuando vuelve a hablar, la voz es una niebla que le llega desde muy atrás en el tiempo. Conoce ese tono despectivo y humillante, viene antes de meter las manos en la mierda
— Haga todo bien che
Y se va. Pero desde la puerta da un último consejo-orden
— Deje que cada cual se ocupe de lo suyo. Limítese a proveer la carne. El asado lo hacen los que saben ¿Si che?
El Falcon vuela por la panamericana. Un cabo nuevo y desconocido es el chofer. El pibe está en el baúl. Desde la entrada de la base se ve la pista vacía. En el puesto de guardia, espera un suboficial. Verifica la documentación, señala un hangar gris, alejado de los demás. El pibe está tan agarrotado por el viaje, que tienen que bajarlo entre los dos. Sentadas en el suelo, en opresivo silencio, solo cortado por algunos conatos de llanto o un quejido irreprimible, lastimados, vestidos con harapos mugrientas llenos de sangre seca, esperan unas treinta personas.
— ¿Este es el de ustedes? ¿Ya está vacunado?-
El que habla es un suboficial enfermero que enarbola una jeringa con la que acaba de inyectar a una chica de ojos desorbitados. Tras él, dos uniformados desvisten a esos muñecos desarticulados, que aún conservan los grilletes. Sobre todos, se proyecta la sombra del avión que espera
— Póngase esto. Es el reglamento-
Un cabo le alarga un chaleco salvavidas de color naranja
Está en el interior del aparato, sentado junto a una de las ventanillas, amarrado al asiento de lona y caños. Llega un oficial de alto rango que, sin mirar a nadie, entra a la cabina. Es el momento de subir el cargamento. La gimiente multitud es arreada a empujones y golpes. Los que no pueden caminar son arrastrados. Todos quedan ubicados en el piso, inmediatamente después de la articulación del portalón trasero. Con un ruido tremendo, los motores se ponen en marcha.
Pretende hacer un chiste al cabo que está sentado a su lado
— Ninguno tiene el chaleco
Quiere aparentar indiferencia y frialdad. Pero el otro no entiende
— Esta porquería no se salva ni con una balsa ¡Pobres tiburones tener que tragárselos!
El cabo sigue hablando, ya no lo escucha. Mira obstinadamente por la ventanilla el pasto, que se inclina ante el huracán de las hélices. Imagina caminar por el campo que adivina tras el alambrado de la pista. No quiere estar amarrado al vientre de esta bestia que, ahíta de carne joven, la vomitará sobre las olas. Alejarse y olvidar la imagen del chico que parece dormir apoyado en otro muchacho tan desecho como él. Ve al gran gato blanco pasearse, divertido y ronroneando, a su alrededor; antes de crisparse sobre las piedras que quedan cubiertas de mierda. Las nauseas lo devuelven al aparato que se está balanceando en las corrientes de aire. Las manos tiemblan y piensa que es el frío, pero sabe que se miente
Van dos horas de vuelo cuando el copiloto se asoma a la puerta de la cabina.
— Prepararse para arrojar la carga
— Ciérrese bien el abrigo señor. Cuando se abra el portalón el viento va a estar frío-
El cabo deja el asiento y se coloca un arnés que lo sujeta al fuselaje. Dos suboficiales hacen lo mismo y sacan rápidamente los grilletes que sujetan manos y tobillos. Un oficial se ubica junto a un pequeño tablero que comanda la puerta y se vuelve al parlante, esperando la orden.
De golpe, la proa se eleva y la voz del piloto grita:
— Arrojar, arrojar, arrojar —
Se niega la posibilidad de la mirada que fijará el recuerdo. En su cabeza, la mierda es cada vez más negra y pegajosa, sus dedos están cubiertos con esa pasta maloliente.
El portalón se abre con crujidos y un zumbido estremecedor. La corriente de aire, helada, llena la bodega y crea pequeños tornados que hacen revolotear papeles y polvo. No maneja sus reflejos cuando mira la masa de cuerpos martirizados que va cayendo al vacío, casi no hay gritos, alguno maldice. La mayoría está obnubilada por la droga que les inyectaron. El chico da vueltas en el vacío, imagina los ojos fijos en él; así van a estar por el resto de su vida.
Un cambio en el sonido de los motores, el piso que se inclina. Una baja en la presión que tapa los oídos. Vuelven. Un cabo muy joven, habla sin parar y se ríe con cualquier excusa. El que abrió la puerta, se mira las botas y fuma un cigarrillo tras otro. Cada cual tiene su forma de sepultar el horror de su naturaleza. No se permite sentir nada. Apenas dos ojos que lo miran.
— Vieja llamá al nene. El michi hizo. Parece que lo espera a él para que le deje las piedritas limpias, como le gustan
Hay un sacerdote parado a la entrada del hangar cuando el aparato detiene la marcha. El teniente que operó la puerta lo saluda y, tomados del brazo, se alejan hacia los edificios. El oficial superior baja y se va sin saludar a nadie.
Era un pibe cuando le bastaba imaginar que estaba jugando para ignorar la mierda del gato. Quiere hacer lo mismo ahora, pero no cambia nada.-
Vuelve a la ESMA. De vez en cuando el cabo lo mira de costado, el se hace el desentendido.-
— Nene; cambiá las piedritas, están todas cagadas
— Si papá - ¡Viejo de mierda!
Se envuelve una mano con una bolsita de plástico, selecciona piedras sucias y las coloca en otra bolsa. Después las reemplaza por otras limpias. El gran gato vigila; dejó la limpieza para mirarlo atentamente.
— Hacelo con ganas che, meté las manos, las piedritas son baratas, si tirás algunas limpias; no importa, si están cerca de las otras tienen olor
— ¡Esta bolsa está rota! Me ensucié las manos
— Bueno es así la cosa. No se puede sacar la mierda sin ensuciarse Bastante me costó enseñarle a no andar por los techos. Ahora te lavas y listo, ni olor tiene esto
— ¡Viejo de mierda!
El grupo de tareas espanta las calles en la madrugada. Hay gritos de miedo y vecinos aterrados que prefieren no saber que saben. Diecisiete años, y la madre desesperada. Resistencia; que termina con un golpe en el pecho que saca el resuello. El blanco está en el suelo. Lo pisan un poco, algún golpe, fuerte, para que vaya pensando. Pero no piensa. Los enfrenta, insulta, patea
— ¡Mirá al gallito! Tranquilizate mierda. Te conviene
Furioso. No ve miedo en ese chico y eso no está bien. Su mundo está edificado sobre esa base. Necesita saber que es firme y necesaria. El interrogador lo mira cuando se saca el abrigo; y se encoje de hombros cuando le dice que él se va a encargar. Empieza con el baldazo de agua. Después ve todo rojo.
— ¿Cambiaste al michi nene? …ja, huelga dice el diario. Hay que enseñarles a estos negros vagos ¡Acá tiene que morir mucha gente! ¿Te alcanzan las piedritas?
— Si papá — ¡Viejo de mierda!
Se crispa sobre el inodoro maloliente; vomita, como si los intestinos quisieran salírsele por la boca. En la sala quedó el cuerpo destrozado del chico
— ¿Primera vez que se mete che?
No había advertido la entrada del jefe
— Tranquilo, está bien. Nos pasó a todos. Pero se le fue la mano che. Este era un perejil. Con un susto alcanzaba. Ahora vamos a tener que trasladarlo. Está muy deteriorado.
— ¡No tiene miedo! ¡Grita y me putea! ¡Ni se asustó! ¡Usted no entiende! ¡Tiene que tener miedo!
Grita, olvida la sumisión; las lágrimas gruesas le mojan la cara. El otro lo mira con una mueca que pasa por sonrisa
— Mire che, entienda como son las cosas. Acá; todos tienen miedo, nadie se aguanta los alambres. Algunos gritan, otros putean, lloran o hablan. Denuncian a la mujer, a la madre o a los hijos para que no les den más. Hay que saber quién es que, para que todo este aparato sirva. Ese chico no sabía nada. Era para diez minutos de máquina y alguna cosa más. ¿Entiende che? Este era para que los que pueden decir algo, sepan lo que les espera y ya vengan con los puntos puestos. Ahora vamos a tener que hacerlo volar y es el nieto de un coronel retirado que va a armar alboroto. Y todo porque usted se enojó che
La mueca desaparece. Los ojos se convierten en dos rendijas heladas.
— Del traslado se va a ocupar usted personalmente. Preséntese pasado mañana en la base; con el pibe. Ahí le van a decir como sigue la historia
Por un momento se mira atentamente una uña. Cuando vuelve a hablar, la voz es una niebla que le llega desde muy atrás en el tiempo. Conoce ese tono despectivo y humillante, viene antes de meter las manos en la mierda
— Haga todo bien che
Y se va. Pero desde la puerta da un último consejo-orden
— Deje que cada cual se ocupe de lo suyo. Limítese a proveer la carne. El asado lo hacen los que saben ¿Si che?
El Falcon vuela por la panamericana. Un cabo nuevo y desconocido es el chofer. El pibe está en el baúl. Desde la entrada de la base se ve la pista vacía. En el puesto de guardia, espera un suboficial. Verifica la documentación, señala un hangar gris, alejado de los demás. El pibe está tan agarrotado por el viaje, que tienen que bajarlo entre los dos. Sentadas en el suelo, en opresivo silencio, solo cortado por algunos conatos de llanto o un quejido irreprimible, lastimados, vestidos con harapos mugrientas llenos de sangre seca, esperan unas treinta personas.
— ¿Este es el de ustedes? ¿Ya está vacunado?-
El que habla es un suboficial enfermero que enarbola una jeringa con la que acaba de inyectar a una chica de ojos desorbitados. Tras él, dos uniformados desvisten a esos muñecos desarticulados, que aún conservan los grilletes. Sobre todos, se proyecta la sombra del avión que espera
— Póngase esto. Es el reglamento-
Un cabo le alarga un chaleco salvavidas de color naranja
Está en el interior del aparato, sentado junto a una de las ventanillas, amarrado al asiento de lona y caños. Llega un oficial de alto rango que, sin mirar a nadie, entra a la cabina. Es el momento de subir el cargamento. La gimiente multitud es arreada a empujones y golpes. Los que no pueden caminar son arrastrados. Todos quedan ubicados en el piso, inmediatamente después de la articulación del portalón trasero. Con un ruido tremendo, los motores se ponen en marcha.
Pretende hacer un chiste al cabo que está sentado a su lado
— Ninguno tiene el chaleco
Quiere aparentar indiferencia y frialdad. Pero el otro no entiende
— Esta porquería no se salva ni con una balsa ¡Pobres tiburones tener que tragárselos!
El cabo sigue hablando, ya no lo escucha. Mira obstinadamente por la ventanilla el pasto, que se inclina ante el huracán de las hélices. Imagina caminar por el campo que adivina tras el alambrado de la pista. No quiere estar amarrado al vientre de esta bestia que, ahíta de carne joven, la vomitará sobre las olas. Alejarse y olvidar la imagen del chico que parece dormir apoyado en otro muchacho tan desecho como él. Ve al gran gato blanco pasearse, divertido y ronroneando, a su alrededor; antes de crisparse sobre las piedras que quedan cubiertas de mierda. Las nauseas lo devuelven al aparato que se está balanceando en las corrientes de aire. Las manos tiemblan y piensa que es el frío, pero sabe que se miente
Van dos horas de vuelo cuando el copiloto se asoma a la puerta de la cabina.
— Prepararse para arrojar la carga
— Ciérrese bien el abrigo señor. Cuando se abra el portalón el viento va a estar frío-
El cabo deja el asiento y se coloca un arnés que lo sujeta al fuselaje. Dos suboficiales hacen lo mismo y sacan rápidamente los grilletes que sujetan manos y tobillos. Un oficial se ubica junto a un pequeño tablero que comanda la puerta y se vuelve al parlante, esperando la orden.
De golpe, la proa se eleva y la voz del piloto grita:
— Arrojar, arrojar, arrojar —
Se niega la posibilidad de la mirada que fijará el recuerdo. En su cabeza, la mierda es cada vez más negra y pegajosa, sus dedos están cubiertos con esa pasta maloliente.
El portalón se abre con crujidos y un zumbido estremecedor. La corriente de aire, helada, llena la bodega y crea pequeños tornados que hacen revolotear papeles y polvo. No maneja sus reflejos cuando mira la masa de cuerpos martirizados que va cayendo al vacío, casi no hay gritos, alguno maldice. La mayoría está obnubilada por la droga que les inyectaron. El chico da vueltas en el vacío, imagina los ojos fijos en él; así van a estar por el resto de su vida.
Un cambio en el sonido de los motores, el piso que se inclina. Una baja en la presión que tapa los oídos. Vuelven. Un cabo muy joven, habla sin parar y se ríe con cualquier excusa. El que abrió la puerta, se mira las botas y fuma un cigarrillo tras otro. Cada cual tiene su forma de sepultar el horror de su naturaleza. No se permite sentir nada. Apenas dos ojos que lo miran.
— Vieja llamá al nene. El michi hizo. Parece que lo espera a él para que le deje las piedritas limpias, como le gustan
Hay un sacerdote parado a la entrada del hangar cuando el aparato detiene la marcha. El teniente que operó la puerta lo saluda y, tomados del brazo, se alejan hacia los edificios. El oficial superior baja y se va sin saludar a nadie.
Era un pibe cuando le bastaba imaginar que estaba jugando para ignorar la mierda del gato. Quiere hacer lo mismo ahora, pero no cambia nada.-
Vuelve a la ESMA. De vez en cuando el cabo lo mira de costado, el se hace el desentendido.-
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