jueves, 5 de enero de 2017

Llega la tormenta

La señora del chalet se seca el sudor acumulado en su cuello. Se da vuelta y mirando al pasillo, apura a un marido que aún no aparece. La vecina barre la vereda. Ella le cuestiona no ir a la playa, barrer con este sol “que raja la tierra” – Yo no entiendo cómo puede aguantar ¿Por qué no se pone una maya y se va a tomar sol? – A los cinco minutos la señora del chalet está cómodamente sentada con el aire a full, camino al balneario donde alquilan una carpa.
Calor, sol, poca lluvia, todos tienen algo que decir alimentados por los diarios y la televisión que repite como un mantra los incendios de bosques, la falta de electricidad y las opiniones de los que ven en el frío la única solución.
Los chicos en el mar, la playa, la arena y los juegos. Los grandes charlan, toman mate, juegan al tejo y, avanzada la tarde, se van a pasear y ¿por qué no? a tomar una cerveza mientras critican el tiempo y claman por un frio que no está a la vista.
Nadie advierte las nubes oscuras que asoman a lo lejos y que van cubriendo el horizonte – Me parece que va a llover – Dice el señor de la carpa dos a su vecino – Y, ya es hora de terminar con este calor – Fíjese las playas de allá, repletas de gente. No es posible, con este calor nadie trabaja – Bañarse en el mar, como si eso fuera para todos – Y el hombre invita a su vecino de la carpa dos a dar un paseo por la orilla, barrida por una suave brisa marina.
Esa noche la televisión habla de golpes de calor, mosquitos peligrosos y da como única solución la ola de lluvia y frio que avanza desde el norte con la correspondiente carga de viento.
A la mañana siguiente hay una fiesta en la playa y desde temprano la gente se agolpa. Juegos, conjuntos de música, concursos y claro, nadie ve que ya el horizonte es una pared oscura surcada por repentinas rayas luminosas. La fiesta que puebla las calles hace que desde los balnearios caros, el éxodo empiece más temprano que de costumbre – Nos volvimos porque después el transito es imposible Marta – Todo lleno – Ya se va a acabar ¿Viste el cielo hoy? -
Todo el horizonte es una masa susurrante, hay un viento que trae olores de tierra y campo y echa la brisa salobre. La lluvia empieza a caer tan de a poco que nadie se da cuenta.

Inundaciones, granizo, vientos que arrancan árboles y techos. El calor ya es historia. La señora del chalet le comenta a su esposo que ahora la vecina no barre la vereda. Los dos están cómodamente sentados, la azafata les alcanza un trago. En dos horas llegarán a Cancún

sábado, 10 de diciembre de 2016

En familia

Llega a la tarde, cuando sale del laburo — Hola che — Es como una alarma, se detiene todo y yo le miro la cara a mi vieja — Dejame que yo me ocupe — pienso. Al pedo, porque yo soy chico para esa mole de carne, con la cabeza chiquita y las manos como melones con dedos. Me imagino, si hasta sueño, con meterle en la boca, desdentada y asquerosa de ajo, el pucho que siempre le cuelga del labio y le cierra el ojo — Que te lo quiero cerrar yo, pero de una piña hijo de puta — pienso. Al pedo porque nunca me voy a animar, y si ocurre el milagro, mi vieja, es una fija, me caga a trompadas. Pero nadie sabe que yo sé que, alguna vez, que se yo dónde y cómo, voy a terminar haciéndolo. El odio es una fuerza. No se puede sacar a un costado, es imposible olvidarlo, queda; siempre queda, escondido, latiendo, gritando en silencio. Sacude el hombro en esas noches que nos muestran la luz cuando todavía pensamos dormidos. Yo no me imagino que, alguna vez, ya no va a estar, el odio digo. Pienso que no se va a ir nunca, mientras escuche; — Hola che — y vea la cara de mi vieja. Eso pienso. Y también empecé a pensar que tengo que terminar con esto. Ya soy grande ¡que joder!
Pero el hombre del negocio pensó que no; y no quiso venderme nada, por eso le puse la navaja en la garganta. Ahí fue que se cagó, si, se cagó en las patas y se meó también. La boca le temblaba. Me dijo — Llevate todo pibe, llevate todo — Que boludo el viejo, hacía el bueno y me daba todo lo que antes me vendía y después no quería venderme, porque era chico para comprar, pero crecido como para cortarle esa vena que tenía en el cogote y que se le hinchaba de azul, temblaba y se ponía más azul, como una morcilla casi y yo que tenía una curiosidad por saber que tenía adentro de esa puta vena hinchada, que resultó ser nada más que sangre, que cuando saltó, parecía el bebedero de la plaza. Viejo de mierda igual que el otro, si hasta amigos son. Eran, porque este no va más, se estaba vaciando cuando yo agarré el revólver negro, el pistolón, las balas y salí corriendo. Escondí todo abajo del mueble del comedor, y me fui a dormir, hasta que pasaran los gritos y la cana terminara de hablar con los vecinos. Dos días tuve las cosas abajo del mueble que mi vieja no limpia. Llenas de tierra y pelusa saqué las cosas esa tarde. Estaba solo y suena el timbre; la Tita, está buena la Tita. Tiene novio la Tita, pero ahora me miraba a mí; y al revolver negro. Lloraba la Tita cuando se abrió la blusa, a mí me daba lástima que llore, pero más lástima me daba quedarme siempre con las ganas; y ahí estaba, adelante mío, solo con la bombacha y el corpiño y temblando de frio. Me hormigueaban los dedos de verla así a la Tita. Cerré la mano y la explosión me descuajeringó el hombro. Cuando tenga el revólver en la mano me tengo que acordar de no cerrar los dedos de golpe, los tiros hacen mucho ruido y patean fuerte. Pobre la Tita, no le salió tanta sangre como al otro. A lo mejor fue porque le pegué en una teta. Tuve que salir rajando, ya había dos viejas paradas en la puerta. Estaban, paradas; porque cuando me vieron, salieron corriendo a los gritos ¿Y yo que iba a hacer? ¡Corrí para el otro lado! Corrí hasta que los pulmones se me inflaron tanto que no me dejaban entrar el aire. Quería tomar agua, por eso entré ¡no le dije nada al hombre! Se asustó cuando vió el pistolón, pero yo solo quería agua. El viejo levantó los brazos, todo bien con el viejo Pero se metió el que tomaba café en la mesa de la vidriera. Se me vino con una botella de coca. Me la quería dar en la cabeza el guacho, por eso le tiré, y otra vez ¡que patada! Pensé que me arrancaba el brazo, y el pistolón fue a parar abajo de la mesa, junto con el hombre. Y otra vez la puta sangre y otra vez a correr. Un auto venía, a los pedos venía, yo no lo vi, escuché la frenada antes de sentir que volaba. Despacito volaba, veía las caras de la gente. Doña Luisa se tapó la boca con la mano cuando me vió pasar en el aire. De golpe, estaba tirado en el medio de la calle y había un montón de caras arriba mío. Un hombre me hablaba sacudiéndome el hombro. Yo tenía la cabeza en una niebla y abrí los ojos despacito
     ¿Qué haces marmota? ¿Una nueva ahora? Te dormís en la mesa tomando la leche
     Dejalo viejo, hoy se levantó temprano
     Que temprano ni temprano, yo a la edad de el estaba laburando desde las seis
     Si por lo menos no tuviera tanto olor a ajo
     ¿Viste lo que pasó en la armería del Julio?
     Un pendejo fue ¡le cortó el cogote! Lo vieron cuando salía corriendo
     ¡Ya nadie puede vivir tranquilo, cualquier guacho te la puede dar en cualquier momento
     Desde acá veo la punta del revólver, abajo del mueble, lo voy a poner más adentro en cuanto mi viejo se vaya




El Hugo

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Mabel Pampín

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