viernes, 23 de septiembre de 2016

El primer encierro - Para ver un poco el otro lado

Estaba haciendo nada en la celda de la comisaría cuando apareció un policía enarbolando una lista en la que figuraba su nombre. A la mañana del día siguiente, con sus pocas cosas envueltas en una manta, lo subieron a un colectivo totalmente cerrado, con cubículos de acero que solo le permitían permanecer parado, el aire entraba a través de las persianitas de un respiradero por el que trató de ver, sin conseguirlo, un poco de calle.
Los fueron bajando de a uno en el playón de la prisión y de ahí pasaron al cuartito donde dos guardias les daban entrada y les asignaban el pabellón. Esperaron tras la primera reja hasta que apareció un guardia que les ordenó seguirlo.
Cargaron sus bultos y recorrieron un larguísimo pasillo. A través de ventanas enrejadas, veían el campo lleno de sol, donde mal trabajaban algunos internos. Montones de gorriones aprovechaban los vidrios rotos para revolotear a su antojo. Desembocaron en una estancia circular, enorme, a la que accedieron por una jaula que daba a un centro de vigilancia en el que varios guardias miraban, sin ganas, unos televisores que mostraban imágenes, en blanco y negro de los diferentes pasajes. Hugo contó siete rejas, amén de las que permanecían abiertas, antes de desembocar en el último de los pasillos. Cuando por fin llegaron al pabellón el guardia llamó - ¡Limpieza! – Un preso acudió al reclamo y estudió a los recién llegados y llevó a cada uno hasta la celda asignada - Pase pibe, pase - El hombre, más de treinta años, flaco y de cara muy angulosa, esta vestido con ropa deportiva y se cubre con una gorra de lana, antigua y sucia. Utiliza como silla el inodoro que ocupa una de las esquinas, junto a la diminuta pileta, chorreada de verde por el eterno goteo de la canilla - Desarme el loro en la de arriba y venga a matear. Yo soy Laucha, me rompe las bolas, pero así me dicen todos - Mucho gusto, yo soy Hugo, pero el encargado dice que desde ahora soy Pedro porque acá el único Hugo es el ¿Quiere que lo haga yo? - Ese ortiva es un sorete. Dale, piloteá vos - El tuteo marcó la aceptación - Si vas a llorar ponete de espaldas a la puerta; por mí no te calentés, pero que los soretes no te vean, acá sentir algo está muy mal visto.

Los días se fueron sucediendo en una rutina de charlas sin sentido, horas ociosas, largas mateadas, aburrimiento y depresión. De a poco fue descubriendo los mecanismos, increíblemente complejos y sumamente peligrosos, que regulan la vida en la cárcel. Hugo ya estaba en su nuevo mundo. Su reloj se detuvo.

jueves, 22 de septiembre de 2016

La Villa - para conocer un poco el otro lado

La ciudad se estira y casi imperceptiblemente, el paisaje va cambiando. De los edificios pasa al césped y las arboledas que se convierten en veredas rotas, barro, agua estancada, infinidad de bolsas de plástico, rotas por perros famélicos que deambulan en pequeñas jaurías. Una débil neblina de humos de leña, empaña la visión. Las paredes de ladrillos sin revoque o paneles de madera enchapada, recubiertos de polietileno, los techos cambian el rojo de las tejas por una llanura de chapas oxidadas o cartones negros, matizados, aquí y allá, por piedras de cemento para que no levanten vuelo en los días de tormenta. Los racimos de postes, florecidos de medidores, estiran tentáculos hasta cada casilla. La villa tiene islas de basura, charcos, pastizales y costurones de barro que desaparecerían si alguien se tomara la molestia de rellenarlos con los escombros que están tirados por todas partes. Un hombre de edad indefinida arrastra un carrito cargado de cartones, tras él un chico de cara muy sucia. Para para lavarse tiene que juntar agua de una canilla que usan todos. Bañarse acá no es de todos los días. Por eso todos comparten el mismo olor, la misma piel áspera y percudida, hasta los mismos granos. Nadie imagina un tacho calentado como se pueda, cuando se tiene una bañera, calefón, toallas gruesas y estufa. Pero es difícil saber que se necesita todo eso para vivir mejor, hay que conocerlo desde siempre, igual que ellos a los olores, el barro y las moscas.
Llueve y hay corrillos de chicos y no tanto, que charlan guarecidos bajo precarias galerías que chorrean agua ¿Qué hacer cuando no hay nada que hacer? O cuando se vive esperando.
En una esquina, un payaso muy mojado, la cara con la pintura corrida, hace malabares más mal que bien, con tres pelotas que se obstinaban en correr bajo los autos que esperan el cambio de luces. Guarecida bajo una precaria marquesina, una chica sin edad, estira la mano ante los que pasan. Aprieta un manojo de pañoletas tejidas entre las que asomaba una carita. Están por todos lados, son una clase; negros del todo no, oscuritos nomas. Son el miedo proclamado, la excusa válida. De ellos nadie necesita el “Algo habrán hecho” Nadie los ve, como al que se inclina ante la ventanilla del auto, alto, flaco, los ojos negros y saltones orlados de rojo, los dientes cariados y la piel cetrina, la capucha del buzo cubriendo la visera de la gorra; hay una negativa automática, un vidrio subido rápidamente, pero él no exige nada, solo pide una monedita; la que nadie se agacha a buscar cuando rueda un poco lejos.
Mejor no pensarlo, volver al mundo sólido, estable, con chicos abrigados, limpios y protegidos de la lluvia con capas plásticas de colores chillones.


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