Llega a la tarde,
cuando sale del laburo — Hola che — Es como una alarma, se detiene todo y yo le
miro la cara mi vieja — Dejame que yo me ocupe — pienso. Al
pedo, porque yo soy chico para esa mole de carne, con la cabeza chiquita y las
manos como melones con dedos. Me imagino, si hasta sueño, con meterle en la
boca, desdentada y asquerosa de ajo, el pucho que siempre le cuelga del labio y
le cierra el ojo — Que te lo quiero cerrar yo, pero de la hinchazón hijo de puta —
pienso. Al pedo porque nunca me voy a animar, y si ocurre el milagro, mi vieja,
es una fija, me caga a trompadas. Pero nadie sabe que yo sé que, alguna vez,
que se yo dónde y cómo, voy a terminar haciéndolo. El odio es una fuerza. No se
puede sacar a un costado, es imposible olvidarlo, queda; siempre queda,
escondido, latiendo, gritando en silencio. Sacude el hombro en esas noches que
nos muestran la luz cuando todavía pensamos en sueños. Yo no me imagino que,
alguna vez, ya no va a estar, el odio digo. Pienso que no se va a ir nunca,
mientras escuche; — Hola che — y vea la cara de mi vieja. Eso pienso. Y también
empecé a pensar que tengo que terminar con esto. Ya soy grande ¡que joder!
Pero el hombre del
negocio pensó que no; y no quiso venderme nada, por eso le puse la navaja en la
garganta. Ahí fue que se cagó, si, se cagó en las patas y se meó también. La
boca le temblaba. Me dijo — Llevate todo pibe, llevate todo — Que boludo el viejo,
hacía el bueno y me daba todo lo que antes me vendía y después no quería
venderme, porque era chico para comprar, pero crecido como para cortarle esa
vena que tenía en el cogote y que se le hinchaba de azul, temblaba y se ponía más
azul, como una morcilla casi y yo que tenía una curiosidad por saber que tenía
adentro de esa puta vena hinchada, que resultó ser nada más que sangre, que
cuando saltó, parecía el bebedero de la plaza. Viejo de mierda igual que el
otro, si hasta amigos son. Eran, porque este no va más, se estaba vaciando
cuando yo agarré el revólver negro, el pistolón, las balas y salí corriendo. Escondí
todo abajo del mueble del comedor, hasta que pasaron los gritos y la cana terminó
de hablar con los vecinos. Dos días tuve las cosas abajo del mueble que mi
vieja no limpia. Llenas de tierra y pelusa saqué las cosas esa tarde. Estaba
solo y suena el timbre; la Tita, está buena la Tita. Tiene novio la Tita, pero
ahora me miraba a mí; y al revolver negro. Lloraba la Tita cuando se abrió la
blusa, a mí me daba lástima que llore, pero más lástima me daba verla siempre
con los ojos de adentro; y ahí estaba, adelante mío, solo con la bombacha y el
corpiño y temblando de frio. Me hormigueaban los dedos de verla así a la Tita. Cerré
la mano y la explosión me descuajeringó el hombro. Cuando tenga el revólver en
la mano me tengo que acordar de no cerrar los dedos de golpe, los tiros hacen
mucho ruido y patean fuerte. Pobre la Tita, no le salió tanta sangre como al
otro. A lo mejor fue porque le pegué en una teta. Tuve que salir rajando, ya había
dos viejas paradas en la puerta. Estaban, paradas; porque cuando me vieron,
salieron corriendo a los gritos ¿Y yo que iba a hacer? ¡Corrí para el otro
lado! Corrí hasta que los pulmones se me inflaron tanto que no me dejaban
entrar el aire. Quería tomar agua, por eso entré ¡no le dije nada al hombre! Se
asustó cuando vió el pistolón, pero yo solo quería agua. El viejo levantó los
brazos, todo bien con el viejo Pero se metió el que tomaba café en la mesa de la
vidriera. Se me vino con una botella de coca. Me la quería dar en la cabeza el
guacho, por eso le tiré, y otra vez ¡que patada! Pensé que me arrancaba el
brazo, y el pistolón fue a parar abajo de la mesa, junto con el hombre. Y otra
vez la puta sangre y otra vez a correr. Un auto venía, a los pedos venía, yo no
lo vi, escuché la frenada antes de sentir que volaba. Despacito volaba, veía
las caras de la gente. Doña Luisa se tapó la boca con la mano cuando me vió
pasar en el aire. De golpe, estaba tirado en el medio de la calle y había un
montón de caras arriba mío. Un hombre me hablaba sacudiéndome el hombro. Yo tenía
la cabeza en una niebla y abrí los ojos despacito
— ¿Qué haces marmota? ¿Una
nueva ahora? Te dormís en la mesa tomando la leche
— Dejalo viejo, hoy se
levantó temprano
— Que temprano ni
temprano, yo a la edad de el estaba laburando desde las seis
— Si por lo menos no
tuviera tanto olor a ajo
— ¿Viste lo que pasó en
la armería del Julio?
— Un pendejo fue ¡le
cortó el cogote! Lo vieron cuando salía corriendo
— ¡Ya nadie puede vivir
tranquilo, un pendejito como este te la puede dar en cualquier momento
— Desde acá veo la punta
del revólver, abajo del mueble, lo voy a poner más adentro en cuanto mi viejo
se vaya

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