"Si a uno le dan palos de ciego, la única respuesta eficaz es dar palos de vidente"

Mario Benedetti

“...y muy siglo diez y ocho, y muy antiguo, y muy moderno; audaz, cosmopolita; con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo, y una sed de ilusiones infinita...

Rubén Darío

…Son muchos los escritores que creen que escriben para ellos mismos; mienten diciéndolo. Porque en realidad todos los que publican se dirigen a otros, sinó, no publicarían. A partir de que uno pública, intenta hablar con otros, comunicarse con otros. Y en mi caso, claramente, yo no escribo para mí. Hacer el amor es mejor que masturbarse, dicen, porque se conoce gente.

Eduardo Galeano

miércoles, 28 de diciembre de 2011

En familia


Llega a la tarde, cuando sale del laburo — Hola che — Es como una alarma, se detiene todo y yo le miro la cara mi vieja — Dejame que yo me ocupe — pienso. Al pedo, porque yo soy chico para esa mole de carne, con la cabeza chiquita y las manos como melones con dedos. Me imagino, si hasta sueño, con meterle en la boca, desdentada y asquerosa de ajo, el pucho que siempre le cuelga del labio y le cierra el ojo — Que te lo quiero cerrar yo, pero de la hinchazón hijo de puta — pienso. Al pedo porque nunca me voy a animar, y si ocurre el milagro, mi vieja, es una fija, me caga a trompadas. Pero nadie sabe que yo sé que, alguna vez, que se yo dónde y cómo, voy a terminar haciéndolo. El odio es una fuerza. No se puede sacar a un costado, es imposible olvidarlo, queda; siempre queda, escondido, latiendo, gritando en silencio. Sacude el hombro en esas noches que nos muestran la luz cuando todavía pensamos en sueños. Yo no me imagino que, alguna vez, ya no va a estar, el odio digo. Pienso que no se va a ir nunca, mientras escuche; — Hola che — y vea la cara de mi vieja. Eso pienso. Y también empecé a pensar que tengo que terminar con esto. Ya soy grande ¡que joder!
Pero el hombre del negocio pensó que no; y no quiso venderme nada, por eso le puse la navaja en la garganta. Ahí fue que se cagó, si, se cagó en las patas y se meó también. La boca le temblaba. Me dijo — Llevate todo pibe, llevate todo — Que boludo el viejo, hacía el bueno y me daba todo lo que antes me vendía y después no quería venderme, porque era chico para comprar, pero crecido como para cortarle esa vena que tenía en el cogote y que se le hinchaba de azul, temblaba y se ponía más azul, como una morcilla casi y yo que tenía una curiosidad por saber que tenía adentro de esa puta vena hinchada, que resultó ser nada más que sangre, que cuando saltó, parecía el bebedero de la plaza. Viejo de mierda igual que el otro, si hasta amigos son. Eran, porque este no va más, se estaba vaciando cuando yo agarré el revólver negro, el pistolón, las balas y salí corriendo. Escondí todo abajo del mueble del comedor, hasta que pasaron los gritos y la cana terminó de hablar con los vecinos. Dos días tuve las cosas abajo del mueble que mi vieja no limpia. Llenas de tierra y pelusa saqué las cosas esa tarde. Estaba solo y suena el timbre; la Tita, está buena la Tita. Tiene novio la Tita, pero ahora me miraba a mí; y al revolver negro. Lloraba la Tita cuando se abrió la blusa, a mí me daba lástima que llore, pero más lástima me daba verla siempre con los ojos de adentro; y ahí estaba, adelante mío, solo con la bombacha y el corpiño y temblando de frio. Me hormigueaban los dedos de verla así a la Tita. Cerré la mano y la explosión me descuajeringó el hombro. Cuando tenga el revólver en la mano me tengo que acordar de no cerrar los dedos de golpe, los tiros hacen mucho ruido y patean fuerte. Pobre la Tita, no le salió tanta sangre como al otro. A lo mejor fue porque le pegué en una teta. Tuve que salir rajando, ya había dos viejas paradas en la puerta. Estaban, paradas; porque cuando me vieron, salieron corriendo a los gritos ¿Y yo que iba a hacer? ¡Corrí para el otro lado! Corrí hasta que los pulmones se me inflaron tanto que no me dejaban entrar el aire. Quería tomar agua, por eso entré ¡no le dije nada al hombre! Se asustó cuando vió el pistolón, pero yo solo quería agua. El viejo levantó los brazos, todo bien con el viejo Pero se metió el que tomaba café en la mesa de la vidriera. Se me vino con una botella de coca. Me la quería dar en la cabeza el guacho, por eso le tiré, y otra vez ¡que patada! Pensé que me arrancaba el brazo, y el pistolón fue a parar abajo de la mesa, junto con el hombre. Y otra vez la puta sangre y otra vez a correr. Un auto venía, a los pedos venía, yo no lo vi, escuché la frenada antes de sentir que volaba. Despacito volaba, veía las caras de la gente. Doña Luisa se tapó la boca con la mano cuando me vió pasar en el aire. De golpe, estaba tirado en el medio de la calle y había un montón de caras arriba mío. Un hombre me hablaba sacudiéndome el hombro. Yo tenía la cabeza en una niebla y abrí los ojos despacito
     ¿Qué haces marmota? ¿Una nueva ahora? Te dormís en la mesa tomando la leche
     Dejalo viejo, hoy se levantó temprano
     Que temprano ni temprano, yo a la edad de el estaba laburando desde las seis
     Si por lo menos no tuviera tanto olor a ajo
     ¿Viste lo que pasó en la armería del Julio?
     Un pendejo fue ¡le cortó el cogote! Lo vieron cuando salía corriendo
     ¡Ya nadie puede vivir tranquilo, un pendejito como este te la puede dar en cualquier momento
     Desde acá veo la punta del revólver, abajo del mueble, lo voy a poner más adentro en cuanto mi viejo se vaya