— Algunos dicen por ahí, que la encontraron en la entrada
de la capilla, o cerca del arroyo Hasta hubo quien dijo que se aparece, toda
vestida de negro, en los velorios
— Solo se la nota por un ligero airecito frío que te da de
golpe “Pasó la Clara” eso dicen los paisanos. Y ahí nomás dejan lo que tienen
en las manos para persignarse. Pero no por miedo, o para espantar alguna yeta.
Muchos en el campo viejo la conocieron y la saludan como pueden. O como les
parece que hay que saludar a una finadita
— Y mas que era, o mejor que fue, la mujer del encargado
que estaba antes ¿No? O que es, yo soy medio bruto, pero se me hace que, si se
aparece, es que está
— ¡Seguro! Y si alguno duda, ahí está el Torito, un petizo
bayo, hijo de la yegüita que ella montaba siempre. Un animal mansito, casi como
un perro, que se pone como loco cuando la sombra pasa cerca.
— ¡Que linda mujer que era! El día que el encargado la
trajo el tren se atrasó y, para cuando llegaron a las casas, ya eran como las
once de la noche. Se sabía que iba a casarse, pero dejó a todos con la boca
abierta cuando, de mañana, la vieron. El Julio y Carvajal se codearon cuando
apareció con el pan. Todavía no clareaba y el frío había hecho un montón de
espejitos en los charcos, al lado del abrevadero chico
— ¿Y no dijo nada? ¿No le dio bola a nadie?
— ¡Ja! Como para que algún mirón se anime a cruzar delante
de los ojos del marido, como carbones eran cuando se enojaba ¡Una rayita apenas
abajo de tremendas cejas, y para colmo, el encargado era mal llevado y
camorrero
— ¿Ahí fue que empezó la inquina con el Carvajal?
— Ya se la tenía jurada por lo de las lecheras que dejó
sueltas en el potrero de embarque ¡Y encima no va que la mujer se le queda
pegada a la vista! Todos nos dimos cuenta. El Carvajal ni se molestó en
disimular. Le sacó hasta el pañuelito con los ojos. Y después lo miró al marido
¡Qué loco era Carvajal! Capaz de jugarse la mensualidá en una mano y tan campante
si perdía como si ganaba
— ¿Y nadie maliciaba nada?
— ¡Ni de ahí! Nadie sabía
— Se lo tenían muy guardado
— Después de esa primera mañana, todos esperábamos el
momento en que la Clara salía de la casa chica Si Carvajal andaba cerca, era
como si se nublara y, de la nada, aparecía el marido ¡Siempre estaba a la
pesca!
— Y a la final pescó ¡Pobre tipo! Que mal que le salió el celoso
— ¡Y que se iba a imaginar! Ella había pedido que le
ensillen la yegua y el Carvajal se ofreció enseguida. Hablaron un rato largo
antes de que ella se fuera para el pueblo ¡Y como le sonreía cuando la despidió moviendo la mano!
— Pero ¿Se fueron juntos?
— Nooo, para nada. El salió al rato para el lado de la
aguada. Pero, después de semejante despedida, todos se pusieron a exagerar; que
se encontraban todos los días. Que ella lo salía a buscar cuando el andaba
arreando. Yo escuché algunos chismes. Nadie sabía nada, pero ¡Como hablar es
gratis! El encargado estaba loco de celos ¡Ni se movía de al lado de la
tranquera esperando que vuelva la mujer! Como a la hora llegó el Carvajal. Al
tranco venía, se lo veía cansado, pero estaba contento Cantaba una milonga
cuando se acercó hasta donde esperaba el encargado
— ¿Venia solo?
— Por eso no pudo decirle nada. La Clara llegó al ratito,
acalorada, despeinada ¡Se reía sola! Y claro, el marido se puso loco con razón,
lo escuchamos gritarla hasta bien tarde. Cuando trajo el pan, al otro día,
tenía unas ojeras como anteojos y un moretón en el carrillo
— ¿Y el encargado?
— ¡Estaba que quemaba¡
— ¿Usté estaba cuando se enfrentaron?
— ¡Todos estábamos! El marido lo encaró a Carvajal y le
advirtió que si lo veía otra vez cerca de la Clara lo iba a moler a golpes
— ¿Y él?
— ¡Ni bola! Lo miró con la sonrisa torcida y le preguntó:
¿Por qué no se anima ahora?
— ¿Y ahí se metió el capataz?
— Los separó y se llevó al encargado. Al que no vio nadie
fue al Julio cuando se fue para la casa chica
— ¿Nadie se avivó de nada?
— Y no, nunca ¿Quién se iba a imaginar? Eran amigos,
trabajaban juntos, jodian, se hacían chistes. Como todos ¿Vio?
— ¡La muerte estaba en el lavadero de las casas! Y alguno
la descubrió. La finadita estaba en un charco de sangre. La cabeza casi cortada.
Y los ojos abiertos. ¡Qué cagada hermano! ¡Todos a los gritos!
— Me contó el Huguito que el Julio se vino caminando como
si nada mientras limpiaba el cuchillo con un trapo.
— Ahí nos avivamos, en pleno quilombo. Si, mientras todos
nos tirábamos de los pelos, ellos estaban aparte, hablando como si nada. Yo vi
cuando Carvajal le puso las manos en los hombros al Julio; y después lo abrazó
¡Eso lo vi yo! Y cuando llegó la policía, el Julio los encaró muy tranquilo
— ¡Se habrán quedado duros!
— ¡Y qué le parece! La mató de celos; creyó que Carvajal lo
había cambiado por ella
— ¡¿Y a lo mejor?!
— Nadie supo porque ella volvió tan feliz esa tarde, que
fue la última
— ¿Y Carvajal?
— La policía se lo llevó junto con el Julio ¡Más que nada
para que no lo agarre el encargado! Dicen que en cuanto salió del destacamento
se tomó el micro de las diez para Bahía y nunca más se supo Ni pidió la cuenta;
desapareció. Esa noche la
muerte anduvo riéndose por la matera. Nubes negras taparon la luna, y eso que
cuando apareció, brillaba solita en el cielo Una tormenta machaza de agua y
fuego se desató sobre el campo. Y en medio de la tempestad, entre los truenos
que hacían retemblar la tierra y los relámpagos que metían miedo, la yegua de
la finadita, se soltó y salió al galope Y ahí nomás, un rayo la cortó como un
cuchillo de fuego. Desde entonces el encargado anduvo hecho una sombra, daba lástima verlo. Al final le
prepararon la cuenta Dicen que ahora vive en la Capital ¡Borracho perdido!
— Se habló mucho de cómo había sido
— Si, pero al final se inventó mas
— Hasta el patrón, se preocupó por todo lo que decían. Bajó
desde la capital y andaba preguntando a todo el mundo ¿no?
— Para completar la cosa, llegó la inundación. Treinta días
seguidos de agua, con gotas como baldes. Los potreros eran puras lagunas y las
vacas se ahogaban. Tanta desgracia trajo otros cuentos y todo pasó a ser
historia. Hasta la noche de todos los muertos. La mujer del encargado nuevo
estaba preparando la masa para los panes cuando sintió que alguien estaba en la
cocina, se dio vuelta y ahí la vio. ¡Una sombra oscura y fría parada al lado de
la puerta! La pobre mujer se quedó muda de miedo y, cuando le volvió la voz,
empezó a los gritos, todos salimos corriendo a ver que pasaba
— Desde esa noche, Clara anda por el establecimiento Ya no
asusta a nadie, la gente se acostumbró
— Dicen que lo busca al Carvajal
— ¡Andá a saber!

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