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miércoles 28 de diciembre de 2011

Militancias


              Donde quiera que la muerte nos sorprenda será bien recibida, mientras nuestro grito sea escuchado
                                                                                    Ernesto Guevara; el Che

Tenía un nombre holandés; Lidvick. Yo la llamé Porota, porque todas las Porotas son como ella; una hermandad que supervive a toda lógica, emparejada en las mejillas rojas, los mofletes restallantes,  los pechos que asesinan corpiños y la ignorancia hacia los demás en cuanto personas. Muy lejos del rio de la plata, de cafés repletos de olores rancios, de amigos entrañables, casi hermanos.
Cuando llegué a Holanda, y pedí asilo, después de un año de huidas, apresamientos, interrogatorios y horror. Con la cabeza más arruinada que el cuerpo, sufrí, como una vejación más, permanecer en ese país de agua. Mudo por incomprensión, solo los mojones de mi memoria me salvaron de la locura, o de alguna cosa aún más siniestra. El tiempo fue allanando el laberinto ininteligible; relacioné formas, sonidos, sensaciones, y un día me encontré farfullando, tosco y balbuceante, pero dejé la soledad. En mi nueva condición, me lancé a buscar trabajo y así fue que la conocí.
Porota había viajado a la Argentina en un tour “Al fin del mundo” y, desde ese viaje, trataba de encajar en su estrecha visión de uno más uno, ese incomprensible despropósito del que uno está enamorado sin reciprocidad ni asistencia.
En Buenos Aires, conoció a Amílcar, un uruguayo apasionado del carnaval y las milongas, vuelta a Europa, se escribían cada quince o veinte días. Para esas cartas, necesitaba un traductor y yo ya sabía tanto del idioma que a Van Gog lo llamaba Fan Jog.
Amílcar me pareció un buen tipo, un poquito antiguo, carnaval y candombe, nostalgias de cosas que aún pasaban e ignorancia de las demás. Enseguida le busqué el lado político, pero no hubo ni seña de compromiso. Mi primera intromisión consistió en la invención de una velada y cautelosa adhesión a la izquierda, muy lavada, casi perdida entre la descripción de un domingo insulso y los chismes del trabajo. Pero, insólitamente; ella lo notó y en la respuesta, tuve que disimular lo que nunca había sucedido y que Porota comentó entusiasta. Un par de semanas después llegó carta; habían secuestrado al gerente de una empresa yanqui y Amílcar lo mencionó, indignado, en su habitual reseña insulsa. A lo mejor fue por esa indignación que me esmeré y el yoruga no se conformó con la simple exposición de un suceso casi policial. Elaboré para él un análisis de la situación política imperante y la férrea represión. Cuando releí lo que le había hecho decir al tipo, me pareció demasiado, era apenas la tercer carta que traducía; igual le di el papel a la Porota, no tenía tiempo de hacerla otra vez. Esa misma noche, ella vino a verme. Tenía el ceño fruncido y la boca apretada. Apenas si me saludó, antes de alargarme un papel, relleno con su letra redonda y desprolija, mientras soltaba una catarata de palabras. Cuando por fin pude tranquilizarla, supe que estaba perturbada por la nueva personalidad del botija. Para ella, las autoridades de “Esos países” eran unos señores más o menos panzones, de uniformes rimbombantes y bigotazos negros, que se pasaban la vida tratando de sobrevivir a otros especímenes iguales a ellos que soñaban con arrebatarles el poder para defenderlo hasta el triunfo de una nueva revolución, que jamás sería de otros que no fueran ellos, dejando en el tránsito pilas de cadáveres. Porota no entendía como ese muchacho, ya grande para sorpresas, admirador de sus carnes pecosas y tan agradable, ahora se revelaba como “Guerrillero” Casi avergonzado, re redacté la respuesta y convertí ese compendio de genuina inquietud en la habitual reseña chata y aburrida.
Pasó casi un año y muchas cartas. De mi mano, Amílcar profundizaba su compromiso y la Porota se interesaba cada vez más por la situación política en Latinoamérica. Me hizo infinidad de preguntas sobre las circunstancias de mi exilio y los métodos empleados por la represión. A veces, la charla se extendía hasta muy tarde y no faltaban algunos amigos que ella aportaba. Yo había convertido a un burócrata burgués en un militante, y, de esa militancia inventada, había surgido una mujer  que se comprometía cada vez más en el reclamo por los derechos humanos.  Cada uno existiendo solo en función del otro.
Pero muy pronto la realidad arrasó con mis manejos. Porota pasó del interés al activismo. A favor primero de los exiliados sudamericanos y luego de los movimientos de liberación de África y Asia. Leía, leía muchísimo y, a medida que crecía su compromiso, Amílcar perdía consideración. Ya no me traía sus cartas en cuanto llegaban, a veces traduje tres o más a la vez, lentamente el yoruga era olvidado, y sus noticias se fueron espaciando hasta desaparecer. Una tarde encontré en mi buzón una invitación a una conferencia sobre la realidad sudamericana, cuando vi el nombre del disertante no pude creerlo; Lidvick van Holkström ¡La Porota!
Lidvick  llegó a ser una figura conocida. Participaba en paneles políticos en la tele y daba conferencias  por toda Europa, fue una de las personalidades que más se esforzó para boicotear el mundial de la dictadura, y presionó hasta lograr que la selección holandesa no participe de la cena de cierre.
Yo trabajaba en una empresa de importaciones. Atrás quedó mi nostalgia, empujada a un rincón por mi nueva situación; sub gerente de la zona sur de América. Me fui olvidando de mi pasado tormentoso, lejos ya de los días de militancia, arrinconados en anécdotas adornadas con el manto de las locuras de juventud. Me armé una existencia gris, confortable y tranquila, que expulsó al bueno de Amílcar y su vida que nunca existió. Con la democracia, volví a Buenos Aires, solo de vacaciones. Preparando mi equipaje encontré un sobre con la dirección de Amílcar y se me ocurrió visitarlo. Quería conocer al tipo al que, con mis inventos, había encendido un fuego en Lidvick.
La casita, en un barrio tranquilo del oeste del gran Buenos Aires, era simpática, prolija,  con un cuidado jardincito adelante, justo lo que imaginé, golpee las manos y salió una señora de pelo muy blanco, le expliqué que venía de Holanda, que me había exiliado allá y que había conocido a Amílcar a través de una amiga común. La mujer me miró sonriente y me invitó a entrar. Le conté de las cartas de Lidvick y mi función de traductor. Me miró con una sonrisa que desmentían sus ojos.
   Amílcar nunca existió, era el nombre que figuraba en el documento que le dieron a mi hijo para poder salir. En Montevideo estaba cercado, entonces se vino a Buenos Aires. Acá se inventó una historia y una cobertura, que incluyó cartas a gente del exterior, yo las escribía en su nombre; me acuerdo de las de esa Lidvick, en Holanda; la conoció acá. Después llegaron ellos y se lo llevaron. Nunca más apareció.
Me quedé mirándola sin saber que decir. Desde una foto, sobre el antiguo aparador, Amílcar me miraba, socarrón y divertido.
La señora se disculpó, me dijo que no se había dado cuenta de la hora, los jueves tenía reunión y estaba atrasada, me ofrecí para alcanzarla y nos pasamos todo el viaje de recuerdo en recuerdo
   Hasta acá nomás, ya están mis compañeras
Antes de bajar del taxi se puso un pañuelo blanco y en la despedida me dijo
   Por favor salude a Lidvick de mi parte de mi parte ¿Sabe? Mi hijo la llamaba Porota, pero no se lo diga  
Y se alejó hacia donde varias mujeres formaban una fila que giraba en la plaza. Agitó la mano y gritó, o por lo menos yo escuché el grito
   ¡Hasta la victoria siempre compañero!