Donde quiera que la muerte nos sorprenda será bien recibida, mientras
nuestro grito sea escuchado
Ernesto Guevara; el Che
Tenía un nombre holandés; Lidvick. Yo la llamé Porota, porque todas las
Porotas son como ella; una hermandad que supervive a toda lógica, emparejada en
las mejillas rojas, los mofletes restallantes,
los pechos que asesinan corpiños y la ignorancia hacia los demás en
cuanto personas. Muy lejos del rio de la plata, de cafés repletos de olores
rancios, de amigos entrañables, casi hermanos.
Cuando llegué a Holanda, y pedí asilo, después de un año de huidas,
apresamientos, interrogatorios y horror. Con la cabeza más arruinada que el
cuerpo, sufrí, como una vejación más, permanecer en ese país de agua. Mudo por
incomprensión, solo los mojones de mi memoria me salvaron de la locura, o de
alguna cosa aún más siniestra. El tiempo fue allanando el laberinto
ininteligible; relacioné formas, sonidos, sensaciones, y un día me encontré
farfullando, tosco y balbuceante, pero dejé la soledad. En mi nueva condición,
me lancé a buscar trabajo y así fue que la conocí.
Porota había viajado a la Argentina en un tour “Al fin del mundo” y, desde
ese viaje, trataba de encajar en su estrecha visión de uno más uno, ese
incomprensible despropósito del que uno está enamorado sin reciprocidad ni
asistencia.
En Buenos Aires, conoció a Amílcar, un uruguayo apasionado del carnaval y
las milongas, vuelta a Europa, se escribían cada quince o veinte días. Para
esas cartas, necesitaba un traductor y yo ya sabía tanto del idioma que a Van
Gog lo llamaba Fan Jog.
Amílcar me pareció un buen tipo, un poquito antiguo, carnaval y candombe,
nostalgias de cosas que aún pasaban e ignorancia de las demás. Enseguida le
busqué el lado político, pero no hubo ni seña de compromiso. Mi primera
intromisión consistió en la invención de una velada y cautelosa adhesión a la
izquierda, muy lavada, casi perdida entre la descripción de un domingo insulso
y los chismes del trabajo. Pero, insólitamente; ella lo notó y en la respuesta,
tuve que disimular lo que nunca había sucedido y que Porota comentó entusiasta.
Un par de semanas después llegó carta; habían secuestrado al gerente de una
empresa yanqui y Amílcar lo mencionó, indignado, en su habitual reseña insulsa.
A lo mejor fue por esa indignación que me esmeré y el yoruga no se conformó con
la simple exposición de un suceso casi policial. Elaboré para él un análisis de
la situación política imperante y la férrea represión. Cuando releí lo que le
había hecho decir al tipo, me pareció demasiado, era apenas la tercer carta que
traducía; igual le di el papel a la Porota, no tenía tiempo de hacerla otra vez.
Esa misma noche, ella vino a verme. Tenía el ceño fruncido y la boca apretada.
Apenas si me saludó, antes de alargarme un papel, relleno con su letra redonda
y desprolija, mientras soltaba una catarata de palabras. Cuando por fin pude
tranquilizarla, supe que estaba perturbada por la nueva personalidad del botija.
Para ella, las autoridades de “Esos países” eran unos señores más o menos
panzones, de uniformes rimbombantes y bigotazos negros, que se pasaban la vida
tratando de sobrevivir a otros especímenes iguales a ellos que soñaban con arrebatarles
el poder para defenderlo hasta el triunfo de una nueva revolución, que jamás
sería de otros que no fueran ellos, dejando en el tránsito pilas de cadáveres.
Porota no entendía como ese muchacho, ya grande para sorpresas, admirador de
sus carnes pecosas y tan agradable, ahora se revelaba como “Guerrillero” Casi
avergonzado, re redacté la respuesta y convertí ese compendio de genuina
inquietud en la habitual reseña chata y aburrida.
Pasó casi un año y muchas cartas. De mi mano, Amílcar profundizaba su
compromiso y la Porota se interesaba cada vez más por la situación política en
Latinoamérica. Me hizo infinidad de preguntas sobre las circunstancias de mi
exilio y los métodos empleados por la represión. A veces, la charla se extendía
hasta muy tarde y no faltaban algunos amigos que ella aportaba. Yo había convertido
a un burócrata burgués en un militante, y, de esa militancia inventada, había
surgido una mujer que se comprometía
cada vez más en el reclamo por los derechos humanos. Cada uno existiendo solo en función del otro.
Pero muy pronto la realidad arrasó con mis manejos. Porota pasó del interés
al activismo. A favor primero de los exiliados sudamericanos y luego de los
movimientos de liberación de África y Asia. Leía, leía muchísimo y, a medida
que crecía su compromiso, Amílcar perdía consideración. Ya no me traía sus
cartas en cuanto llegaban, a veces traduje tres o más a la vez, lentamente el
yoruga era olvidado, y sus noticias se fueron espaciando hasta desaparecer. Una
tarde encontré en mi buzón una invitación a una conferencia sobre la realidad
sudamericana, cuando vi el nombre del disertante no pude creerlo; Lidvick van
Holkström ¡La Porota!
Lidvick llegó a ser una figura
conocida. Participaba en paneles políticos en la tele y daba conferencias por toda Europa, fue una de las
personalidades que más se esforzó para boicotear el mundial de la dictadura, y
presionó hasta lograr que la selección holandesa no participe de la cena de
cierre.
Yo trabajaba en una empresa de importaciones. Atrás quedó mi nostalgia,
empujada a un rincón por mi nueva situación; sub gerente de la zona sur de
América. Me fui olvidando de mi pasado tormentoso, lejos ya de los días de
militancia, arrinconados en anécdotas adornadas con el manto de las locuras de
juventud. Me armé una existencia gris, confortable y tranquila, que expulsó al
bueno de Amílcar y su vida que nunca existió. Con la democracia, volví a Buenos
Aires, solo de vacaciones. Preparando mi equipaje encontré un sobre con la
dirección de Amílcar y se me ocurrió visitarlo. Quería conocer al tipo al que, con
mis inventos, había encendido un fuego en Lidvick.
La casita, en un barrio tranquilo del oeste del gran Buenos Aires, era
simpática, prolija, con un cuidado
jardincito adelante, justo lo que imaginé, golpee las manos y salió una señora
de pelo muy blanco, le expliqué que venía de Holanda, que me había exiliado
allá y que había conocido a Amílcar a través de una amiga común. La mujer me miró
sonriente y me invitó a entrar. Le conté de las cartas de Lidvick y mi función
de traductor. Me miró con una sonrisa que desmentían sus ojos.
—
Amílcar
nunca existió, era el nombre que figuraba en el documento que le dieron a mi
hijo para poder salir. En Montevideo estaba cercado, entonces se vino a Buenos
Aires. Acá se inventó una historia y una cobertura, que incluyó cartas a gente
del exterior, yo las escribía en su nombre; me acuerdo de las de esa Lidvick,
en Holanda; la conoció acá. Después llegaron ellos y se lo llevaron. Nunca más
apareció.
Me quedé mirándola sin saber que decir. Desde una foto, sobre el antiguo
aparador, Amílcar me miraba, socarrón y divertido.
La señora se disculpó, me dijo que no se había dado cuenta de la hora, los
jueves tenía reunión y estaba atrasada, me ofrecí para alcanzarla y nos pasamos
todo el viaje de recuerdo en recuerdo
—
Hasta
acá nomás, ya están mis compañeras
Antes de bajar del taxi se puso un pañuelo blanco y en la despedida me dijo
—
Por
favor salude a Lidvick de mi parte de mi parte ¿Sabe? Mi hijo la llamaba
Porota, pero no se lo diga
Y se alejó hacia donde varias mujeres formaban una fila que giraba en la
plaza. Agitó la mano y gritó, o por lo menos yo escuché el grito
—
¡Hasta
la victoria siempre compañero!

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