"Si a uno le dan palos de ciego, la única respuesta eficaz es dar palos de vidente"

Mario Benedetti

“...y muy siglo diez y ocho, y muy antiguo, y muy moderno; audaz, cosmopolita; con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo, y una sed de ilusiones infinita...

Rubén Darío

…Son muchos los escritores que creen que escriben para ellos mismos; mienten diciéndolo. Porque en realidad todos los que publican se dirigen a otros, sinó, no publicarían. A partir de que uno pública, intenta hablar con otros, comunicarse con otros. Y en mi caso, claramente, yo no escribo para mí. Hacer el amor es mejor que masturbarse, dicen, porque se conoce gente.

Eduardo Galeano

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Un muchacho prolijo y ordenado


Juan es un muchacho prolijo y ordenado. Trabaja en el banco. Está de novio con Elsita, una chica seria, muy de su casa, ahorrativa y trabajadora. Los domingos Juan toma un colectivo que lo deja a dos cuadras de lo de Elsita y en la puerta de una panadería en la que compra merengues que lleva para el postre. Elsita y la mamá lo esperan, la señora agradece los dulces
   ¿Por qué se molestó?
   No es molestia Marta
Elsita dice que es tarde, la señora entra y ellos se van juntos a misa. Cuando vuelven, almuerzan con los padres de ella y Juan alaba los ravioles que hace la señora. Están esperando que a Juan lo nombren cajero para casarse y formar una linda familia.
Un  lunes, a fin de mes, a Juan lo llama el tesorero. Cuando sale de la oficina, diez minutos mas tarde, está desnudo y solo, su trabajo terminó
— Hemos decidido prescindir de sus servicios —
La frase martillea su cabeza cuando se despide de sus ex compañeros. Elsita se entera, incrédula y preocupada. Detrás del modular, el padre de Elsita mueve la cabeza. Cuando Juan se va, la madre de Elsita dice, por primera vez
— Te lo dije —
Juan lee clasificados, reparte currículos agrandados con destino de papelera y escala en cajones polvorientos, soporta entrevistas humillantes y no consigue más que perder a Elsita. Tres meses después la bancarrota es total y Juan estira la mano; pierde muchos amigos.
Un primo, que vive en Salta, enciende una lucecita en el fondo del pozo que lo está tragando, puede conseguirle trabajo en un banco de allá. Pero hay un viaje que tiene que pagar y necesita ropa decente. Revisa la lista de amigos y parientes, pero ya les pidió a todos, y uno de los tíos no abrió la puerta la última vez que le tocó timbre. Y estaba, porque se oía música de tango y el tío es el único en la casa que escucha eso. ¿Y la tía Teresa? Es una mujer muy rara. Pero tiene plata. Claro que no la ve desde el velorio del marido. Pero si le habla, si logra que lo entienda, por ahí, lo ayuda. La tía Teresa no quiere saber nada con los bancos, tiene una lata llena de billetes que guarda en el ropero. Por lo menos así se lo contó su mamá; decía que se mareó al ver tantos dólares. Claro que es muy tacaña, pero bueno, a el siempre lo trató bien.
La plata apenas le alcanza para un colectivo y va a tener que caminar mucho, tiene que apurarse para no llegar de noche.
La casa resalta, incongruente, molesta, entre dos edificios. Mas sucia que vieja, con los postigos de persiana cerrados. La doble cancel, opaca, con los zócalos podridos, hace rato que perdió la aldaba de bronce, la reemplaza un timbre de plástico marrón con la perilla rota. Juan golpea varias veces.
   Vieja sorda y la re…
En medio de un concierto de ladridos escucha los chancletazos que preceden a los rezongos, seguidos por el ruido de cerrojos y cerraduras. La puerta se abre; aparece una mujerona de pelo increíblemente sucio. Restos de pintura en las arrugas de la cara abotagada. Tapada con un antiguo batón de percal, desteñido y lleno de manchas, las medias arrolladas sobre las rodillas y chancletas con las punteras agujereadas. Se apoya en un bastón, reparado en el medio con unas vueltas de alambre y la empuñadura envuelta en trapos. Lo mira por un momento. Detrás de ella, tres perros ladran y gruñen. ¡El olor! una mezcla de sudor, orines, lavandina, perfume barato y perros sucios, casi lo hace retroceder.
— Hola tía ¿Cómo andás che?
Trata, infructuosamente, de aparentar simpatía y gusto, pero no le sale
   ¡Ja! ¿Te acordaste de tu tía? ¿O viniste a ver si ya podías empezar la sucesión?
La dentadura baila en la boca arrugada. La voz es rasposa, tan chirriante como la puerta. Juan, conteniendo el asco, le acerca un beso que termina en el aire. Entra evitando los charcos y las tortas de los perros que adornan el pasillo
— Lindos perritos
Esquiva por muy poco la dentellada a los tobillos del más chico
   Cuidado con ese que es traicionero el guacho- Le advierte la vieja
Hay un remedo de charla. Ella pone sobre el fuego una pava de hierro muy negra. Juan trata de llevar la cosa hacia el préstamo que le quiere pedir. Menciona al primo que está en Salta y le cuenta la historia que preparó para la ocasión. Acepta el mate, se contiene para no limpiar la bombilla que ostenta restos de pintura de labios. Después de muchos rodeos llega al punto
   …..y yo pensé que vos, a lo mejor- Se detiene, ya ve la negativa en la cara
   ¡Ja! Con razón te acordaste de tu tía ¡Necesitas plata! Te hubieras ido a la mierda sin un mísero chau. Pero te quedaste de a pié y se te pasó por la cabeza que, arrastrándote un poco, esta vieja pelotuda te iba a dar lo que no te sabes ganar laburando.
   Pero tía ¿Qué decís? Yo te…
   Pará pendejo infeliz, si querés guita; andá a pedir limosna a la catedral. Yo soy vieja, no tarada
La mujer es lapidaria, con cada frase le escupe saliva y desprecio
   Toda tu cría es igual, lo único que les interesa es la guita que me quieren sacar ¡Unos inútiles de mierda son! Tu tío ¡paz descanse! me lo decía siempre: cuidate de esa manga de turros, me decía, en cuanto les des un metro te van a dejar en bolas, me decía
   Pero no tía, vos…
   Dejame de joder nene y metetelo bien en la cabeza ¡De mi no vas a sacar ni cinco centavos partidos por la mitad! ¡Y rajá de una buena vez! ¡Caradura de mierda!
Juan no la escucha, el trabajo, la estabilidad, el respeto de los demás, al alcance de su mano y esa mujer que no entiende.
Juan no grita, ni insulta. No odia cuando se para y la golpea con la pava, tan grande y pesada que no sabe como puede levantarla y revolearla. Se quema el brazo y la mano con el agua caliente. A pesar del dolor sigue el impulso y le acierta justo entre los ojos muy abiertos por el miedo. El perrito de mala fama intenta morderlo, pero una feroz patada lo manda, llorando, al patio. Los otros dos se acercan al cuerpo caído, olfateando y gimiendo. Uno lame la sangre que comienza a manar del gran tajo en la frente.
Juan se queda mirando, muy quieto, sin registrar el dolor, con la pava aún aferrada en la mano lastimada, y el mate en la otra. Reacciona, tira todo sobre la mesa y corre al dormitorio. Abre las puertas del antiguo ropero y revisa los montones de ropa desordenada y sucia. Saca a tirones los cajones y vuelca el contenido sobre la cama. Hace lo mismo con la cómoda. No encuentra nada. Temblando de rabia, sollozando y sorbiéndose los mocos, ve, en el espejo que cubre una de las puertas del ropero, a un tipo desgreñado, la camisa afuera, los ojos enrojecidos, con lágrimas que no contiene. Le cuesta trabajo respirar. Lentamente la cabeza se le llena de dolor. Loco de rabia y frustración, aferra el costado del mueble y lo tira sobre la cama.
Y es ahí cuando ve la mítica caja, que alguna vez contuvo yerba. La levanta temblando, sin atreverse a abrirla. Vuelve a la cocina. Dos de los perros, relamiendo la sangre de la cabeza rota, lo miran sentados junto al cuerpo. El otro, a prudencial distancia, ladra y gruñe.
Vuelca el contenido de la caja sobre el mantel de hule ¡Dólares! Casi todos de cien. Calcula más de diez mil. Cuando termina de contarlos, son quince mil setecientos veinte. Y seguro no es todo.
Vuelve al dormitorio. En una de las mesas de luz encuentra trescientos pesos y dos mil más, nuevitos y crujientes, en una vieja cartera que antes pasó por alto. Deja de revolver, ahora solo piensa como terminar con esto. Con esta nueva condición que no se atreve a definir. Que es definitiva.
Recorre todos los ambientes que revisó antes para asegurarse de que no queda nada suyo. Acomoda lo que desparramó en la búsqueda. Limpia todo lo que tocó. A último momento se acuerda del mate. Después de pasarle el trapo, lo pone, asqueado, cerca de una mano flácida. Revisa la pava y la deja, llena de agua, sobre la hornalla que, en una súbita inspiración, enciende. Mira por última vez el cuerpo derrumbado, flanqueado por los perros.-
   La están velando ¡Y después dicen que no la quieren ni los perros!
Se ríe, nervioso, de su propio chiste. Atisba por las rendijas de los postigos y no ve a nadie. Ya está oscuro y la calle desierta le da confianza. Cierra con llave la puerta y se obliga a caminar sin rumbo, despacio y sin mirar atrás. Una cuadra antes de la avenida, detiene un taxi y le pide que lo lleve al centro. Detiene otro coche que lo deja a dos cuadras de su casa. Camina asustado. No se atreve a pedirle a Dios que lo ayude.
En el viejo caserón, el corpachón de la mujer se mueve un poco. Un lamento provoca ladridos y gruñidos sordos. Luego, un suspiro muy largo, seguido de quietud absoluta. Los perros, reverentes ante la muerte, no se mueven. Al rato, uno comienza a aullar y los demás lo imitan.
Esa noche, Juan se duerme cuando la claridad empieza a entrar por la ventana y despierta casi enseguida, sacudido por una pesadilla en la que la tía, con la cabeza partida por la mitad, lo mira sonriendo.
En un departamento, una mujer se queja al marido porque los perros de esa vieja sucia no la dejan dormir en paz. Esa noche están insoportables. Todo queda ahí, en el comentario y la puteada correspondiente.
Juan tiene el estómago agarrotado y los nervios a la miseria. Las placas rojas no anuncian el drama atroz que espera. Por un momento, hasta piensa en llamar para dar, el mismo, la noticia y terminar de una buena vez. Se va tranquilizando con el correr de los días y ese fin de semana viaja a Salta.
Pasan veinte días; el portero de uno de los edificios que flanquean la casa vetusta, a pedido de los vecinos, hartos del olor insoportable, hace la denuncia. Los policías, después de romper la puerta, se encuentran con tres perros famélicos, una pava achicharrada y un cadáver que solo puede ser descrito con la jerga oficial: “En avanzado estado de descomposición” frase que ahorra los humores, los gusanos, la carne desprendida de los huesos y los pedazos mordisqueados. Por fin, la placa roja aparece. Pero no alerta sobre un implacable asesino. Solo señala “El macabro hallazgo”.
Como todo está en perfecto orden, y el cadáver boca abajo, el golpe en  la frente es achacado a la caída. Hipótesis corroborada cuando uno de los agentes, por el ojo de buey de una vieja lata de galletitas, ve gran cantidad de dólares, mas de cien mil, calcula el uniformado. Esta casi a la vista en uno de los armarios de la cocina. Atrás de la bañera antigua, con patas en forma de garras, otro policía encuentra treinta mil mas. Claro que estos hallazgos no pasan a ser del dominio público.
Juan vive en Salta, trabaja en el banco. Está de novio con Teresita, una chica seria, muy de su casa, ahorrativa y trabajadora. Los domingos, Juan saca el auto que compró con lo que le quedó del botín. Bordea el cerro hasta la casa de Teresita, que lo espera en la puerta para ir a misa. Antes compra dulce de cayote y zapallo que les lleva de postre. Después; comen asado que hace el papá de ella. Juan siempre pide un aplauso para el asador. Están esperando el nombramiento de cajero para casarse y formar una linda familia.-