Juan es un muchacho prolijo y ordenado. Trabaja en el
banco. Está de novio con Elsita, una chica seria, muy de su casa, ahorrativa y
trabajadora. Los domingos Juan toma un colectivo que lo deja a dos cuadras de
lo de Elsita y en la puerta de una panadería en la que compra merengues que
lleva para el postre. Elsita y la mamá lo esperan, la señora agradece los
dulces
—
¿Por
qué se molestó?
—
No
es molestia Marta
Elsita dice que es tarde, la señora entra y ellos se
van juntos a misa. Cuando vuelven, almuerzan con los padres de ella y Juan alaba
los ravioles que hace la señora. Están esperando que a Juan lo nombren cajero
para casarse y formar una linda familia.
Un
lunes, a fin de mes, a Juan lo llama el tesorero. Cuando sale de la oficina,
diez minutos mas tarde, está desnudo y solo, su trabajo terminó
— Hemos decidido prescindir de sus servicios —
La frase martillea su cabeza cuando se despide de sus
ex compañeros. Elsita se entera, incrédula y preocupada. Detrás del modular, el
padre de Elsita mueve la cabeza. Cuando Juan se va, la madre de Elsita dice,
por primera vez
— Te lo dije —
Juan lee clasificados, reparte currículos agrandados
con destino de papelera y escala en cajones polvorientos, soporta entrevistas
humillantes y no consigue más que perder a Elsita. Tres meses después la
bancarrota es total y Juan estira la mano; pierde muchos amigos.
Un primo, que vive en Salta, enciende una lucecita en el fondo del pozo
que lo está tragando, puede conseguirle trabajo en un banco de allá. Pero hay un viaje que tiene
que pagar y necesita ropa decente. Revisa la lista de amigos y parientes, pero
ya les pidió a todos, y uno de los tíos no abrió la puerta la última vez que le
tocó timbre. Y estaba, porque se oía música de tango y el tío es el único en la
casa que escucha eso. ¿Y la tía Teresa? Es una mujer muy rara. Pero tiene plata.
Claro que no la ve desde el velorio del marido. Pero si le habla, si logra que
lo entienda, por ahí, lo ayuda. La tía Teresa no quiere saber nada con los
bancos, tiene una lata llena de billetes que guarda en el ropero. Por lo menos
así se lo contó su mamá; decía que se mareó al ver tantos dólares. Claro que es
muy tacaña, pero bueno, a el siempre lo trató bien.
La plata apenas le alcanza para un colectivo y va a
tener que caminar mucho, tiene que apurarse para no llegar de noche.
La casa resalta, incongruente, molesta, entre dos
edificios. Mas sucia que vieja, con los postigos de persiana cerrados. La doble
cancel, opaca, con los zócalos podridos, hace rato que perdió la aldaba de
bronce, la reemplaza un timbre de plástico marrón con la perilla rota. Juan golpea
varias veces.
— Vieja sorda y la re…
En medio de un concierto de ladridos escucha los chancletazos
que preceden a los rezongos, seguidos por el ruido de cerrojos y cerraduras. La
puerta se abre; aparece una mujerona de pelo increíblemente sucio. Restos de
pintura en las arrugas de la cara abotagada. Tapada con un antiguo batón de
percal, desteñido y lleno de manchas, las medias arrolladas sobre las rodillas
y chancletas con las punteras agujereadas. Se apoya en un bastón, reparado en
el medio con unas vueltas de alambre y la empuñadura envuelta en trapos. Lo
mira por un momento. Detrás de ella, tres perros ladran y gruñen. ¡El olor! una
mezcla de sudor, orines, lavandina, perfume barato y perros sucios, casi lo
hace retroceder.
— Hola tía ¿Cómo andás che?
Trata, infructuosamente, de aparentar simpatía y gusto,
pero no le sale
— ¡Ja! ¿Te acordaste de tu tía?
¿O viniste a ver si ya podías empezar la sucesión?
La dentadura baila en la boca arrugada. La voz es
rasposa, tan chirriante como la puerta. Juan, conteniendo el asco, le acerca un
beso que termina en el aire. Entra evitando los charcos y las tortas de los
perros que adornan el pasillo
— Lindos perritos
Esquiva por muy poco la dentellada a los tobillos del
más chico
— Cuidado con ese que es
traicionero el guacho- Le advierte la vieja
Hay un remedo de charla. Ella pone sobre el fuego una
pava de hierro muy negra. Juan trata de llevar la cosa hacia el préstamo que le
quiere pedir. Menciona al primo que está en Salta y le cuenta la historia que
preparó para la ocasión. Acepta el mate, se contiene para no limpiar la
bombilla que ostenta restos de pintura de labios. Después de muchos rodeos
llega al punto
— …..y yo pensé que vos, a lo
mejor- Se detiene, ya ve la negativa en la cara
— ¡Ja! Con razón te acordaste
de tu tía ¡Necesitas plata! Te hubieras ido a la mierda sin un mísero chau.
Pero te quedaste de a pié y se te pasó por la cabeza que, arrastrándote un poco,
esta vieja pelotuda te iba a dar lo que no te sabes ganar laburando.
— Pero tía ¿Qué decís? Yo te…
— Pará pendejo infeliz, si
querés guita; andá a pedir limosna a la catedral. Yo soy vieja, no tarada
La mujer es lapidaria, con cada frase le escupe saliva
y desprecio
— Toda tu cría es igual, lo
único que les interesa es la guita que me quieren sacar ¡Unos inútiles de
mierda son! Tu tío ¡paz descanse! me lo decía siempre: cuidate de esa manga de
turros, me decía, en cuanto les des un metro te van a dejar en bolas, me decía
— Pero no tía, vos…
— Dejame de joder nene y
metetelo bien en la cabeza ¡De mi no vas a sacar ni cinco centavos partidos por
la mitad! ¡Y rajá de una buena vez! ¡Caradura de mierda!
Juan no la escucha, el trabajo, la estabilidad, el
respeto de los demás, al alcance de su mano y esa mujer que no entiende.
Juan no grita, ni insulta. No odia cuando se para y la
golpea con la pava, tan grande y pesada que no sabe como puede levantarla y
revolearla. Se quema el brazo y la mano con el agua caliente. A pesar del dolor
sigue el impulso y le acierta justo entre los ojos muy abiertos por el miedo.
El perrito de mala fama intenta morderlo, pero una feroz patada lo manda,
llorando, al patio. Los otros dos se acercan al cuerpo caído, olfateando y
gimiendo. Uno lame la sangre que comienza a manar del gran tajo en la frente.
Juan se queda mirando, muy quieto, sin registrar el
dolor, con la pava aún aferrada en la mano lastimada, y el mate en la otra. Reacciona,
tira todo sobre la mesa y corre al dormitorio. Abre las puertas del antiguo
ropero y revisa los montones de ropa desordenada y sucia. Saca a tirones los
cajones y vuelca el contenido sobre la cama. Hace lo mismo con la cómoda. No
encuentra nada. Temblando de rabia, sollozando y sorbiéndose los mocos, ve, en
el espejo que cubre una de las puertas del ropero, a un tipo desgreñado, la
camisa afuera, los ojos enrojecidos, con lágrimas que no contiene. Le cuesta
trabajo respirar. Lentamente la cabeza se le llena de dolor. Loco de rabia y
frustración, aferra el costado del mueble y lo tira sobre la cama.
Y es ahí cuando ve la mítica caja, que alguna vez contuvo
yerba. La levanta temblando, sin atreverse a abrirla. Vuelve a la cocina. Dos de
los perros, relamiendo la sangre de la cabeza rota, lo miran sentados junto al
cuerpo. El otro, a prudencial distancia, ladra y gruñe.
Vuelca el contenido de la caja sobre el mantel de hule ¡Dólares!
Casi todos de cien. Calcula más de diez mil. Cuando termina de contarlos, son
quince mil setecientos veinte. Y seguro no es todo.
Vuelve al dormitorio. En una de las mesas de luz
encuentra trescientos pesos y dos mil más, nuevitos y crujientes, en una vieja
cartera que antes pasó por alto. Deja de revolver, ahora solo piensa como
terminar con esto. Con esta nueva condición que no se atreve a definir. Que es
definitiva.
Recorre todos los ambientes que revisó antes para
asegurarse de que no queda nada suyo. Acomoda lo que desparramó en la búsqueda.
Limpia todo lo que tocó. A último momento se acuerda del mate. Después de
pasarle el trapo, lo pone, asqueado, cerca de una mano flácida. Revisa la pava
y la deja, llena de agua, sobre la hornalla que, en una súbita inspiración,
enciende. Mira por última vez el cuerpo derrumbado, flanqueado por los perros.-
— La están velando ¡Y después
dicen que no la quieren ni los perros!
Se ríe, nervioso, de su propio chiste. Atisba por las
rendijas de los postigos y no ve a nadie. Ya está oscuro y la calle desierta le
da confianza. Cierra con llave la puerta y se obliga a caminar sin rumbo, despacio
y sin mirar atrás. Una cuadra antes de la avenida, detiene un taxi y le pide
que lo lleve al centro. Detiene otro coche que lo deja a dos cuadras de su
casa. Camina asustado. No se atreve a pedirle a Dios que lo ayude.
En el viejo caserón, el corpachón de la mujer se mueve
un poco. Un lamento provoca ladridos y gruñidos sordos. Luego, un suspiro muy
largo, seguido de quietud absoluta. Los perros, reverentes ante la muerte, no
se mueven. Al rato, uno comienza a aullar y los demás lo imitan.
Esa noche, Juan se duerme cuando la claridad empieza a
entrar por la ventana y despierta casi enseguida, sacudido por una pesadilla en
la que la tía, con la cabeza partida por la mitad, lo mira sonriendo.
En un departamento, una mujer se queja al marido porque
los perros de esa vieja sucia no la dejan dormir en paz. Esa noche están
insoportables. Todo queda ahí, en el comentario y la puteada correspondiente.
Juan tiene el estómago agarrotado y los nervios a la
miseria. Las placas rojas no anuncian el drama atroz que espera. Por un
momento, hasta piensa en llamar para dar, el mismo, la noticia y terminar de
una buena vez. Se va tranquilizando con el correr de los días y ese fin de
semana viaja a Salta.
Pasan veinte días; el portero de uno
de los edificios que flanquean la casa vetusta, a pedido de los vecinos, hartos
del olor insoportable, hace la denuncia. Los policías, después de romper la
puerta, se encuentran con tres perros famélicos, una pava achicharrada y un
cadáver que solo puede ser descrito con la jerga oficial: “En avanzado estado
de descomposición” frase que ahorra los humores, los gusanos, la carne
desprendida de los huesos y los pedazos mordisqueados. Por fin, la placa roja
aparece. Pero no alerta sobre un implacable asesino. Solo señala “El macabro
hallazgo”.
Como todo está en perfecto orden, y
el cadáver boca abajo, el golpe en la
frente es achacado a la caída. Hipótesis corroborada cuando uno de los agentes,
por el ojo de buey de una vieja lata de galletitas, ve gran cantidad de
dólares, mas de cien mil, calcula el uniformado. Esta casi a la vista en uno de
los armarios de la cocina. Atrás de la bañera antigua, con patas en forma de
garras, otro policía encuentra treinta mil mas. Claro que estos hallazgos no pasan
a ser del dominio público.
Juan vive en Salta, trabaja en el banco. Está de novio
con Teresita, una chica seria, muy de su casa, ahorrativa y trabajadora. Los
domingos, Juan saca el auto que compró con lo que le quedó del botín. Bordea el
cerro hasta la casa de Teresita, que lo espera en la puerta para ir a misa. Antes
compra dulce de cayote y zapallo que les lleva de postre. Después; comen asado
que hace el papá de ella. Juan siempre pide un aplauso para el asador. Están
esperando el nombramiento de cajero para casarse y formar una linda familia.-

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