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miércoles 4 de enero de 2012

Amor


Ayyy cuando la vi, alta, majestuosa, era una vela en la soledad del mar calmo; y hacia ella fui. Después, cuando la tuve cerca no pude dejar de pensar que en la vela había mucho viento. Después no me importó; ella era ¡tremenda! Que piernas, que cuerpo contundente; hombros fuertes, cintura afinada, caderas amplias y ese lunar sugerente y atrevido, que invitaba a besar el cuello elegante. Después me puse los anteojos y todo bien, claro que, cuando rodee su cintura, comprobé que estaba afinada por poderosa faja cierto, pero bien, el lunar tenía pelos un poco largos, pero, como eran negros… Además quien iba a mirar el lunar con esos labios, carnosos y húmedos, esos dientes brillantes, muy blancos y tan parejos. Después fuimos a comer y con el postre; le quedó pegada la dentadura postiza en el caramelo de la manzana asada que cuando quiso rescatarla, se oprimió el labio superior y deformó el botox, por lo que le quedó la boca torcida.
Pero no me importó nada, era ella, estaba más allá de cualquier cosa que la menoscabara, aunque sea levemente, era la mujer para mí, mi sueño adolecente convertido ¡por fin! En realidad, un hombro en el que descansar mis angustias en la almohada de la comprensión, una voz suave y afinada, siempre dispuesta al ¡Te Quiero! Después, me casé.