Ayyy cuando la
vi, alta, majestuosa, era una vela en la soledad del mar calmo; y hacia ella
fui. Después, cuando la tuve cerca no pude dejar de pensar que en la vela había
mucho viento. Después no me importó; ella era ¡tremenda! Que piernas, que cuerpo
contundente; hombros fuertes, cintura afinada, caderas amplias y ese lunar
sugerente y atrevido, que invitaba a besar el cuello elegante. Después me puse
los anteojos y todo bien, claro que, cuando rodee su cintura, comprobé que
estaba afinada por poderosa faja cierto, pero bien, el lunar tenía pelos un
poco largos, pero, como eran negros… Además quien iba a mirar el lunar con esos
labios, carnosos y húmedos, esos dientes brillantes, muy blancos y tan parejos.
Después fuimos a comer y con el postre; le quedó pegada la dentadura postiza en
el caramelo de la manzana asada que cuando quiso rescatarla, se oprimió el
labio superior y deformó el botox, por lo que le quedó la boca torcida.
Pero no me
importó nada, era ella, estaba más allá de cualquier cosa que la menoscabara,
aunque sea levemente, era la mujer para mí, mi sueño adolecente convertido ¡por
fin! En realidad, un hombro en el que descansar mis angustias en la almohada de
la comprensión, una voz suave y afinada, siempre dispuesta al ¡Te Quiero!
Después, me casé.

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