¿Y qué le hago
yo? Me humilla con nuestros amigos, siempre a los gritos, disconforme, se
enoja; diga lo que diga. No puedo levantar la vista del suelo, me hace escenas
de celos en cualquier lado, le importa un pito que haya gente, que nos miren y
se rían de mí. Lo único que puedo hacer es cocinar. Y ojo si a la comida le
falta sal, o se me tuesta de más la masa de la pizza ¡Pecado mortal! Hasta es
capaz de golpearme con lo que tenga a mano ¡Que me vengan a hablar a mí de
violencia familiar! Mil denuncias puedo hacer, pero claro; están los chicos, la
familia, el que dirá la gorda chismosa del tercero “C” Aunque esa ya habla cada
vez que le doy la espalda. Ayer volví del mercado con cinco bolsas, tan pesadas
que las manos se me estiraron hasta las rodillas y esa bruja estaba ¡Como
siempre! chismeando con el portero y los dos se quedaron mirándome cuando no
supe cómo hacer para apretar el botón del ascensor.
Ni en mi
trabajo me deja en paz, me llama cada cinco minutos, me controla, me toma el
tiempo. Se fija en cómo me visto, si me pongo perfume, si estreno algúna cosa. Y
eso que si es al revés, y tiene que llegar tarde, como todos los viernes, o
hacer horas extras hasta la madrugada, yo no le digo una palabra.
Pero bueno, el
cura dijo “Hasta que la muerte los separe” y yo soy muy católico

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