jueves, 23 de noviembre de 2017

DIAS de PENAL

Una mañana, el encargado de pabellón grito su apellido - Vamos ¡Apuresé! - ¿Dónde voy señor? - ¡Usted viene y se acabó! ¡Qué le pasa! ¡Quiere un colacionado! – No señor, ya voy - En la redonda, ya estaban esperando tres internos. Le esposaron las manos a la espalda - ¿Saben dónde vamos? - De comparendo El camión del servicio penitenciario está estacionado en el playón, frente a una puerta lateral. Los internos suben a la caja dividida en minúsculos sarcófagos verticales, desde los que no se puede ver el exterior, la única ventilación es el respiradero enrejado y son las nueve de la mañana de un día pleno de sol. Con las horas el calor sofoca, falta el aire y orinar es un sueño. Uno de los internos llama al guardia, nadie responde - ¡Hermanito no aguanto más! ¡Me voy a mear encima! - Aguante ¿O se cree que está en un hotel? Ya vamos a salir - Pero señor, no doy más, necesito… - Yo necesito que se deje de joder - A las tres de la tarde, las puertas de las cajas se abren y los internos bajan del camión, parpadeando en la luz. Sin mediar explicaciones, los llevan otra vez a los pabellones. El interno que llamó al guardia se queda atrás; tiene que limpiar el camión; se meó encima. - Que hacé Laucha - ¿Ya estás de vuelta? Rápido los atendió el quia - Noo, nos tuvieron en los buzones del camión hasta ahora ¿Hay algo para comer? - En la caja quedó pan y hay una cebolla, hacete un sanguche - ¡Qué hija de…! ¡Cucaracha de mierda! Y eso que la caja del pan está cerrada - Ya le dije a mi novia que me traiga la Cagotrina, están por todos lados - ¡Permiso muchachos! - Pasá Pato - Me llamó mi hermano ¡parece que me voy! - Una imagen de la calle, de la gente, caminar sin darse vuelta constantemente. Mil visiones, música, perfumes. Por un momento lo odian - Hoy tenía que ir al juez, pero esos junagranputa están de paro. Hay una explicación embrollada sobre las razones de su inesperada libertad. Un testigo que no se presentó, la victima que no lo pudo reconocer en rueda de presos, su condición de primario, la buena conducta - ¿Te imaginas hermano? ¡Todavía no lo puedo creer! Cuando salga, me va a estar esperando el Loro. Vamos a ir a un chino, me dijo que viene fácil. Con eso hacemo base y después vemo que sale - ¡Viste bolú! Ayer te querías matar y hoy decís que te vas - La alegría es contagiosa, la libertad, aunque ajena y dudosa, es un vientito que refresca, da aire y trae la esperanza.

lunes, 20 de noviembre de 2017

RECUERDOS

 
El espejo se tragó la cara abotagada, los ojos cansados y la calva, y le devolvió la imagen de un chico gordito, con la camisa abrochada hasta el último botón y el pelo engominado y la voz aguda; “Todos para uno y uno para todos”  
Julio decía que ellos eran cuatro, como los tres mosqueteros. Alberto argüía que no era lo mismo, de los cuatro, dos eran mujeres - ¡Rajá nene! Nosotras podemos pelear igual que ustedes - Se enojaba Claudia. Celia, que caminaba al lado de Julio, dijo que igual, ellos eran amigos para siempre, como los mosqueteros – Volvían del cine de la parroquia como todos los sábados – Si, pero igual es distinto - ¿Y si hacemos un pacto? - Propuso Julio – Un pacto de amigos para siempre - ¡Está bueno! Lo firmamos y lo dejamos enterrado - ¡Eso! Lo firmamos los cuatro y vamos a ser amigos hasta que nos muramos - Se entusiasmó Alberto - Lo firmamos mañana en casa, mi viejo se va al partido y me quedo solo. El domingo amaneció lluvioso, con rachas de viento frío. Julio había redactado el documento que, con dudosa sintaxis, decía que: “… Julio Sartore, Claudia Caroli, Alberto Luso y Celia Lopez, dicen que van a ser amigos para siempre hasta que se mueran, y que si alguno traiciona a los otros, quedará condenado a muerte” Todos estuvieron de acuerdo y Julio dijo que lo tenían que firmar con sangre, para que valga para siempre. Alberto trajo dos alfileres, Claudia tenía miedo de pincharse. Celia la convenció mientras firmaban Julio y Alberto que, cuando vió sangre, tuvo que agarrarse de la mesa porque se mareó. Después, con gran ceremonia, metieron el papel dentro de un frasco de vidrio, sellaron la tapa con vela derretida, lo envolvieron en una bolsa de plástico y quedó enterrado al pie de la parra, en el fondo de la casa.
La amistad no terminó, el primario sí. El secundario los separó, pero igual siguieron juntos. Claudia empezó a ser muy linda, Celia no tanto. De los juegos pasaron a las salidas y las fiestas. Hubo algunos amigos nuevos, que desaparecieron rápido y los quince de Claudia, tres meses después los cumplió Celia. Ese día Claudia y Julio se pusieron de novios. Alberto salió con alguna compañera de curso. Celia ya no estaba tanto con ellos, los dieciséis la convirtieron en una chica más o menos atractiva, con muchos amigos. Claudia y Julio empezaron la universidad, Celia, un profesorado. Para él fue un trabajo en el banco. Ya  no se veían todos los días, pero la amistad estaba ahí. Una tarde, al final del invierno, Alberto se encontró con Celia y fueron a tomar un café. Prólogo de una serie de salidas que desembocaron en noches de zaguán, forcejeo de corpiño, sofocones ante los vecinos y nada concreto. Veinte años, el servicio militar convirtió, por un tiempo, al cuarteto en trio. Alberto fue destinado al sur por un año.
Cuando se reunieron otra vez, Celia no estaba tan disponible como antes. No hubo zaguán a pesar de todos sus intentos. Igual salieron los cuatro juntos un montón de veces. No siempre la pasaban bien, Claudia y Julio discutían mucho, y a Celia las peleas la ponían muy mal. Quedaba triste, preocupada, distante. Alberto no sabía qué hacer. Después de una gran pelea, Julio y Claudia tiraron una bomba; se iban a vivir  a España ¡En un mes! Antes se casaban. Cuando dieron la noticia, Claudia miraba fijamente a Celia que terminó con los ojos rojos y llorosos. Esa misma noche salieron. Fue de improviso, casi lo lleva ella que, además, accedió a todo y, aunque no hubo demasiado fuego, pasaron la noche juntos. El día que despidieron a Julio y Claudia, ella le anunció el embarazo que los llevó rápidamente al altar. El bebé no llegó a nacer, una infección lo mató y dejo estéril a Celia; que ya no volvió a sonreír, hablaba poco, lloraba demasiado. Se fue achicando, se replegó en sí misma. Cuando lo llamó el médico; ya sabía que todo se le escapaba de las manos. No volvió a casarse.
Pasaron veinte años hasta que recibió el llamado de Julio anunciándole la vuelta y el reencuentro.
Terminó de afeitarse, se vistió. Sacó el auto. Verificó la dirección. Llegó justo a horario.
Fue una noche de anécdotas, risas, y alguna lágrima memoriosa.
Antes de la despedida abrió la caja que había dejado en la mesa del living         
– Recuerdos – Le dijo a Julio cuando quiso saber. 
Solemnemente, fue exponiendo su contenido. La hoja de cuaderno que avalaba la eterna amistad y condenaba las traiciones, amarronada y con manchas de humedad, aún era legible hasta en los borrones de las firmas. El diario de la finada, meticuloso y detallado hasta en los menores detalles, escrito con su letra chiquita y redonda, lo encontró por casualidad, el día que corrió el placar para pintar, hacía ya dos años y mil lecturas incrédulas. Compró el revolver cuando se enteró que volvían.