viernes, 26 de enero de 2018

Militancias II
El Domingo, Elena suelta la bomba - Estoy embarazada de dos meses - También nos dice que va a dejar la política. Está muy desilusionada y quiere dedicarse a su hijo, y al que va a llegar en Abril del año que viene. Después del nacimiento, piensan irse a vivir a España, el padrino de Juan está haciendo varios edificios allá. Para mi tía es una doble alegría, por fin va a poder dormir en paz.
El martes tengo hora libre y salgo antes, cuando llego a casa encuentro a mi mamá llorando, mi abuela está derrumbada en un sillón y mi tía abraza con desesperación a Marcos. Carlos, que se está yendo, me da la noticia — Es por Juan, vinieron de la comisaría y Elena se fue con ellos, yo voy para allá
Desde ese momento pasaron siete horas, ya llegaron los padres de Juan, la madre se abrazó a mi tía y lloraban juntas, el padre cruza y descruza los brazos mientras se balancea como hacen en la sinagoga. Y Carlos que no aparece. Y nadie sabe qué hacer. Cuando suena el timbre nos miramos aterrados. Es Segundo, un vecino chofer de Bienestar Social. Nos cuenta que lo llamaron de la comisaría, tuvo que dejar la ambulancia ahí y pasarla a buscar a las dos horas. Dice que vio a Carlos de pasada, que tenía un ojo muy hinchado y la cara llena de sangre. No pudo ver nada más porque lo sacaron a empujones y un tipo de civil le dijo que los curiosos terminan mal – Y con esta gente hay que tener cuidado – Mamá le agradeció mucho y me mandó a mirar la vereda por si alguien estaba vigilando. Cuando les dije que no había nadie, Segundo se fue corriendo. Me voy a la cama, pero no me puedo dormir, pienso en las armas, los fierros como dice Juan, que están escondidos bajo el piso del comedor.
Yo no puedo creer que sea de Juan el cadáver acribillado que apareció en la ruta nueve. Pero si, es él. La madre de Juan está internada. No quieren velarlo. Y me parece bien, pueden estar esperando a los pibes que van a ir y llevarse alguno. Al final solo estamos los parientes cercanos en la sala cerrada con llave. De Carlos y Elena no sabemos nada  
Es tiempo de muerte fatalmente corriente. Nadie parece tener interés en detener lo que se viene. Y Juan es uno más. Al final, nunca se enteró de mi miedo a “Entrar” y, ahora se me ocurre, ya no tengo con quién hablar. Sabíamos, por Elena, que Juan estaba vigilado, se lo había advertido Jorge, un camarada del partido — Nos dijo que teníamos que irnos del país y por una vez, Juan aceptó - De ahí el viaje a Brasil ¡Pero no les dieron tiempo! Ella decía que Juan ya no militaba, que estaba muy mal con todo lo que pasa y que, cuando supo que lo buscaban, le dijo que ya estaba, que no iba a poder salvarse, le pidió a Elena que se fuera antes, pero ella no quiso saber nada - ¡O nos vamos juntos a España, o al cementerio! Juan quería convencerla - Si no me la dan en la calle, va a ser en Ezeiza — Y ahora Juan está enterrado y ella no está. Tenían pensado viajar en auto y llegar a Brasil desde Uruguay y ahí tomarse un avión para España.
Carlos dice que el general se murió para no ver esto que está pasando. Yo me callo para no pelear, pero él viejo sabía, nos traicionó a todos cuando la puso a la loca esta y al brujo. Juan tenía razón; no valió la pena tanta sangre— Y Elena que no aparece ¡Y embarazada esta! ¡La puta madre!
Cuando vuelvo del colegio encuentro a todos locos ¡Apareció Carlos. Corro a verlo y freno de golpe, no reconozco a ese maniquí desecho, la cara deformada por los golpes, el temblor que le agita el cuerpo, tartamudea para hablar y yo no quiero ver a este Carlos, quiero al otro y por querer eso me siento para la mierda y no quiero preguntarle por Elena, pero me sale y él se pone a llorar, a los gritos llora. Le entiendo poco y con los gritos viene mamá y me dice que salga de la pieza, está enojada porque le pregunté. Después me cuenta que
picanearon a Elena al lado de él y que ella les pedía por favor, que estaba embarazada y ellos se reían. Y mamá no puede hablar más porque el llanto no la deja.
Me despierta el estruendo y me levanto de un salto. Corro al comedor, papá la abraza a mamá. Al principio no veo a Carlos, tirado entre la silla y la mesa. En uno de los bordes del piso, la madera está levantada. En el agujero queda una escopeta, el revolver está al lado del cuerpo, en medio del charco de sangre que cada vez es más grande.


martes, 23 de enero de 2018

MI PAÏS - Ilustración de Mabel Pampín

 Cómo hablar de este despropósito al que uno quiere tanto? Anclado desde siempre en el mismo espacio de tiempo. Con próceres que no fueron. Con pasados siempre felices, prósperos y brillantes. Como los futuros que jamás serán. Con sindicatos combativos, que nunca pelean. Con presidentes que derrochan coraje. Para enfrentar a los que no tienen nada, y pactar en fiestas de fuste, con los que mandan. Con frases rimbombantes, de ecos marciales, llenas de tonos y vacías de todo. Con democracias de mentiras. Con treinta mil muertos, que nos miran azorados sin entender para que. Con hijos que heredaran vergüenzas. Por no haber podido. Por no haber querido. Por no haber sabido. Somos payasos tristes que de tanto mirar las glorias de allá, jamás quisimos ver nuestras miserias. Que ahora ¡por fin! Se asoman. Salen de los barrios sin destino de countries, donde se encierran los burgueses, temerosos de perder lo que nunca tuvieron. Tienen su música, que horroriza, sus poetas, solo de ellos, sus mujeres infieles, promiscuas y leales, sus hijos, sucios y mocosos. Que empiezan a saber que son personas. Las mutaciones son puro dolor. Pero anteceden a la nueva vida. A lo mejor tenemos que hablar de un gran animal prehistórico, que dejó de vivir antes de nacer, y que, a fuerza de respirar, parió la bestia nueva. No sé tampoco si es tiempo de hablar. O si aún se puede.