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domingo, 30 de abril de 2017

Se despertó de golpe, mareado, sin saber muy bien donde estaba o quien era. Incómodo y oprimido por la ropa que, ahora se dio cuenta, no se había sacado antes de acostarse, los pies pesados por los zapatos sucios que contagiaron a las sábanas. Saltó de la cama y tuvo que aferrarse a un paño abierto de la ventana para no caerse. En el espejo sucio de humedad, sobre la pileta cochambrosa, había un tipo canoso de camisa arrugada y barba puntuda. Apenas si le dedicó una mirada, la justa para arreglarse el pelo de un manotazo. El sol, al final del oscuro pasillo, lo deslumbró. Solo podía pensar en el revoltijo de sábanas sobre el bulto que ocupaba la mitad de la cama. Llegó a la esquina que se llenaba y vaciaba con cada colectivo, se paró junto al poste, pero lo pensó mejor. Parado en medio de los que querían subir, recibió empujones, miradas de bronca y algún pedido de permiso que sonaba a otra cosa. Camino sin saber y entró al bar de la esquina.
Acodado en el mostrador, pidió un cortado y se quedó pensando nada, porque no sabía en qué pensar
- ¿Me pagás un café? – Desconocida, flaca, pelo largo, ojos grandes – Si claro – Habló con Marta dos cafés y después se fueron a un bar más cómodo. No llegaron, se sentaron en el pasto de la plaza. Marta estaba sola, no tenía trabajo y en dos días tenía que dejar la pieza - ¿Y qué vas a hacer? – Ahora, sacarme la hormiga que me está trepando la gamba y charlar con vos, después se verá - Un chico se les vino encima, otro lo perseguía y los dos gritaban y se reían. Lo miraron con la risa congelada que peleaba con el miedo, cuando los sujetó antes del impacto. Soltó a uno y le ordenó correr, el otro pibe tironeó para soltarse – Pará, yo lo frené, tiene ventaja para el raje - después lo soltó. Marta se reía – Sos lindo vos – Vivía en La Boca, una casa vetusta, alquilada por cuartos, la pieza estaba al final de un largo pasillo, jalonado de puertas. En el aire flotaba una indescifrable melodía, mezcla de cumbia, rock y algún tango – Parece una película en blanco y negro – Pensó, mientras apartaba la cortina de cuentas desparejas. Marta fue al baño y volvió desnuda. La miraba sin saber qué hacer y ella, parada ahí con la cara llena de risa, no lo ayudaba a decidir. Estaban fumando cuando golpearon la puerta. Un petizo sin edad, habló enojado. Un acento italiano en el monologo, punteado con algún grito enojado. Es el casero le dijo Marta - Me dio hasta mañana. Así que tenemos tiempo – Después lo empujó, otra vez, a la cama.
El petizo vivía en una de las piezas de adelante. La puerta ostentaba un rótulo “Encargado” lo miró sin saludar y siguió mudo, leyendo La Nación. Le preguntó por la deuda - Tiene hasta las nueve de la noche, se la plata nostá, le tiro tudo a la cashe – Volvió antes del plazo. Compró cerveza y pizza. El olor aceitoso de la mozzarella se le quedó pegado en la nariz. El viejo seguía con el diario. Le dio la plata y siguió hacia la pieza. El viejo gritó – Golpiá ante dentrar, merá que nostá sola – Escuchó risas, que cesaron cuando golpeó – Hola, no sabía que venias – Le contó de la deuda que estaba pagada y del tano que estaba leyendo el diario desde la mañana - Mentiras, el viejo no sabe leer. Se pone con el diario para mandarse la parte, pero es al pedo, ya se dieron cuenta todos que lo único que hace es mirar las figuritas - Después le dijo que estaba ocupada, y cerró la puerta. Se quedó enfrente, sentado en el cordón, masticando la maza fría y pegajosa. Cuando lo vio salir supo que era él. Volvió al conventillo y esta vez empujó la puerta y entró – Che, es mi casa – Le pagué al viejo – Si, ya me lo dijiste ¿no? – Y bueno… - Yo no te pedí nada – Pero ahora estarías en la calle – Y como se te ocurre que tengo que agradecértelo – Y así siguieron. El sin encontrar las palabras y ella sin ayudarlo.
La bronca empezó de a poco, como sin darse cuenta, vino junto con otras cosas; la auto conmiseración, por pagarle el alquiler, la burla del encargado, ella que no le dio más bola – Yo me porté bien – Se repetía - La muy guacha me cagó – Terminaba.
Volvió al conventillo y no la encontró. La vecina le dijo que no había vuelto desde la tarde anterior. Se iba cuando la vio; enmarcada en luz, al final del túnel del pasillo y el pelo parecía una aureola brillante que coronaba la figura en negro. Cuando se acercó, el seguía sin moverse. Cuando siguió rumbo a la puerta, sin siquiera saludarlo, alargó el brazo para detenerla. Marta lo miró. Había tanto hielo en esos ojos que abrió los dedos, bajó la vista y la dejó ir. Pero la siguió y se metió detrás de ella. Marta se quedó quieta, mirándolo fijamente. Después quiso ir hacia la puerta. La sujetó con fuerza.  Otra vez las recriminaciones, otra vez las respuestas que lo excluían, que dejaban todo en un momento que él, por su cuenta y sin permiso, quiso extender - ¡No sos nada ni nadie! - ¡No quiero verte más! - ¡Rajá de acá! - ¡Boludo! – La luz, que entraba por la ventana de la cocina, hacía brillar la hoja de un cuchillo. Lo vio como al descuido. A medida que ella hablaba, la hoja parecía irradiar luz azulada. Cuando lo empujó para que se vaya, se apoyó en la mesa para no caer y sintió el mango en su mano.

Llevó el cuerpo a la cama, tapó las heridas con la almohada y amontonó las sábanas para parar la sangre, que le ensució los zapatos. Después se acostó a su lado. Quiso pensar en todo, pero se quedó dormido.

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