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martes, 6 de junio de 2017

Ahora

A las siete de la mañana suena el celular y, antes de levantarme me dice la hora y agrega la temperatura. Un momento después huelo el café que la máquina me prepara cada día a la misma hora. Me baño con el agua que el termo tanque mantiene a mi gusto, a pesar de usarla una sola vez al día. FaceBook me ordena desearles felices cumpleaños a amigos y completos desconocidos que, por un día encontrarán que una multitud los tiene presentes. Sin que lo pida me presenta recuerdos que una máquina decide que son importantes, no se para quien, para mí no.
Me invita a eventos, me tienta a crear otros, me muestra adorables chicas que, parece están locas por mí, y que, sin conocerme, quieren ser más que amigas. Ya no corro de un lado a otro para pagar mis cuentas, ahora aprieto símbolos en la pantalla de mi notebook, Tablet o el Smartphone. Claro que antes cobro, sin colas ni sobres, solo una notificación en mi terminal que me informa que mi sueldo ya está en la caja cuadrada y gris, en un banco cerrado por mamparas que me prohíbe llegar a las cajas y ¡hablar! Con una persona. Mientras tanto una, dos, diez cámaras filman y registran cada uno de mis movimientos. Pero bueno, mientras los papeles que la máquina dice que tengo, alcancen para cubrir los cuadraditos de plástico que uso para obtener cosas, puedo quedarme tranquilo. Tomar un café, sin cafeína, un jugo artificial y sin azúcar o una hamburguesa, de no se sabe qué, pero que tiene gusto a carne y se ve grasosa. Termino mis días mirando mi espectacular Smart tv con sus programas de diez años de antigüedad y películas aún más viejas. Y en la cama, para llamar al sueño, leo en la pantalla del cuadradito negro con el tamaño de letra, el color y el tono que más me gusta y que almacena la misma biblioteca que antes, ocupaba tres paredes. Terminator todavía no llegó a los hogares, pero debe estar al caer

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Mabel Pampín