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jueves, 8 de junio de 2017

La reencarnación de Bernie

Bernie se murió en el día del periodista, su oficio de toda la vida. Estaba solo con sus lujos en la inmensa casa. Un sirviente, le cerró los ojos ahogando el asco en piedad.
Su alma vagó hacia un castillo de brillante vidrio, con mucho acero y plástico. Lo atendió un ejecutivo, impecablemente vestido, muy rubio, alto, elegante, mueca falsa por sonrisa y ojos celestes
   Mi viejo ¡Que gusto verte! Sos uno de nuestros clientes mas preciados.
   Pero ¿Quién es usted? ¿Me conoce?
   Y te admiro mi querido. Por eso te ayudamos tanto, viviste bien, hiciste buenos negocios, tuviste mujeres jóvenes a tu disposición ¡Te lo dimos todo!
   Señor; yo solo hice lo que me pidieron, no sabía que usted…
   Nada, nada mi querido. Cumpliste, lo tuyo fue impecable y tu fidelidad a prueba de balas y te aseguro che que tendrás tu recompensa ¡Pedime lo que quieras mi viejo!
La palabreja le hizo entrecerrar los ojos, su cabeza trabajaba a destajo calculando cuanto le depararía esta gestión impensada
   Señor, de ser posible, y sin molestarlo demasiado, quisiera renacer
   ¡Ni una palabra más mi querido! Tal como lo pedís; renacerás
   Señor, no lo puedo creer ¡Gracias, gracias! ¿Y cuando volveré allá?
   Rápido, tipo que inmediatamente.
En las afueras de la villa treinta y uno, una niña de trece años dio a luz un precioso bebé. Fue en la casa y la ayudó su papá, que estaba a su lado cuando empezaron los dolores. El hombre no pudo pagar una partera, estaba desocupado desde que desmantelaron el ferrocarril.
La mamá de la nena había muerto un poco antes, fue un apéndice que no pudo esperar el turno que le dieron en el hospital público. Una prepaga le hubiera salvado la vida, pero no pudieron pagarla.
La chiquita acunó a su bebé, feliz por tenerlo, pero muy preocupada por su trabajo en un taller clandestino, le pagaban una miseria por catorce o quince horas al dia, pero con eso esquivaban el hambre. El padre del nene había sido compañero suyo en una escuela en la que no aprendía demasiado, pero le daban de comer. Tenía un hermano, con el que no contaban, el Paco lo estaba destruyendo.
Dos días después, la niña madre, le dio la teta, lo arropó bien y se fue al taller.
El bebé miró a su alrededor y no vio a nadie. Lloró desconsolado, quiso gritar, llamó a su mamá, pero todo fue inútil, lo habían dejado solo

Bernie había renacido en su propio infierno

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Mabel Pampín