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jueves, 13 de julio de 2017

La víctima

Cuando despierta no puede moverse, brazos y piernas sujetos, la boca clausurada por un pañuelo bien ajustado. Trata de sacudirse, pero es imposible, los sunchos de plástico, ajustados sobre la ropa para no dejar marcas, no se aflojan jamás.
La señora asomada al balcón, se estira sobre la baranda para ver el piso en el que vive el hombre que conoció en la muestra. Un recién llegado al limitado mundo de las artes plásticas. En cuanto arriesgó un comentario sobre una obra cubista, dejó claro que repetía de memoria algún texto rescatado de internet. Modales rebuscados, aceitosos, que resaltaban las pifias en el lenguaje. Seguramente, una fortuna flamante y ganas de hacerse notar gastando con clase.
Vuelve la cabeza cuando advierte que se acerca, se queda sin aliento al ver la navaja de afeitar - No te asustes, no vas a sufrir -
El tipo será un groncho, pero es bastante buen mozo y se viste bien. No está mal para un Enero en Buenos Aires. Hoy le sugerirá comer en un restaurante discreto, en los de moda puede encontrarse con amigos y presentarles a este tipo sería desastroso. Igual queda poco, por suerte la llamó una amiga invitándola a pasar unos días en Punta del este. Desde la muerte de su esposo no puede viajar si no la invitan. Solo le quedó el apellido, las amistades y muchas deudas.
Mira, con terror, la jeringa que, casi mágicamente, apareció en su mano – Es solo un pinchacito en una vena del pie y después un poco de tos, cuando la burbuja de ácido llega al corazón ¿Si? Para todos será un infarto. Es una lástima, pero tengo que hacerlo, un día, fatalmente nos vamos a cruzar y, vos lo dijiste, nunca vas a olvidarte de mí –
La conoció en una muestra. Nueve videos vio en YouTube para poder hablar, por si salía algo y ya pensaba que esta vez no se le daba. Casi cuarenta días y solo alguna que otra señora con pretensiones, nada que justificara los riesgos. Esta mujer apareció justo. Porte, elegancia, ropa fina y joyas, que usa con la soltura que da la costumbre. La siguió disimuladamente y, cuando se detuvo frente a una obra cubista, la abordó. La conversación, bien guiada, le informó que vive de la fortuna de su esposo muerto y trabaja con una de las escribanías más prestigiosas de la ciudad. Tiene un departamento en un edificio lujoso, en Retiro, y está sola. Buena plata, poco riesgo ¡Un hallazgo!
- Te iba a preguntar dónde tenías las cosas de valor, pero no hizo falta, encontré la caja fuerte y la abrí enseguida, casi nada de plata che, pero bueno, hay, había, perdón, algunas joyas valiosas. La mirada desorbitada sigue al émbolo que empuja el aire que, lentamente, va hinchando la vena.
En dos días terminará esta historia. Vigila casas de gente que viaja y las guardas le conceden la fugaz apariencia de una vida que es de otros, pero aparenta prestigio, éxito y eso pone a su alcance señoras ricas, ansiosas de buena compañía. Ya le propusieron una casa en San Isidro. Un mes lejos de la capital. Siempre acuden a él, es de suma confianza, impecable, jamás toca nada, rinde prolijamente los gastos, hasta cuida el detalle de dejar una suma sobrante y, por si fuera poco; cobra lo justo. Claro que sus verdaderos ingresos son bastante más abultados. Los obtiene, no precisamente con buenos modales, de sus “novias” A veces se ve como una araña y hay muchas mosquitas que quedan enganchadas en la tela y se convierten en restos resecos.
Después de la cena, están en el departamento. Alzan las copas, brindan mirándose a los ojos. Sigue estrictamente la rutina que siempre le dio buen resultado.

Mientras desayuna cuenta el dinero. En la caja había solo diez mil pesos, bastante menos de lo que pensó. La joyas valieron la pena, pocas, pero buenas, aunque son peligrosas, alguien puede reconocerlas. Las dos valijas con sus cosas esperan prolijamente alineadas junto a la puerta. El remis ya debe estar por llegar, pero hay tiempo. El alíscafo sale dentro de dos horas. Para esa mañana eligió un conjunto rosa y el collar de perlas que encontró en la caja fuerte. 

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Mabel Pampín