jueves, 26 de abril de 2018

La historia y el barrio


Yo me di cuenta que Gladys y Juan se gustan. No sé porqué, pero siempre me doy cuenta de esas cosas. Una ceja levantada, una caricia, disimulada en gesto, la sonrisa de ella, esa manera que tiene de morderse el labio. Y podría seguir, pero no hace falta ¡Le gusta Juan y a él le gusta ella! Mis viejos no se imaginan nada y mi tía Rosa, la madre de Gladys, dale hacerle la propaganda a Héctor, que es el hijo de los dueños del mercadito — ¡Tienen plata! — Le dice siempre la tía — ¡Y granos! — Le contesta mi prima.
Pero no había conflictos, porque no se imaginaban nada cuando Juan, de casualidad claro, se encontró con ella a la salida de la misa del gallo, en esa semana santa — ¡Que santa! ¡Trágica fue esa misa de mierda!— Gritaba después mi tía — ¡Por favor! ¡No hables así! ¡Dios te va a castigar! — Le dicen mi mamá y mi abuela, y mi papá escucha callado. Después de todo, Juan es amigo de el — ¡Mas no me puede castigar! — Grita mi tía — ¡Y judío!— Y ahí viene el llanto, pesado, hiposo, con abrazos de mi mamá y consuelo de la abuela, que aprovecha la cosa para mirar a mi papá con rabia, sin que mi mamá le diga nada. La cosa es mas o menos así: Parece ser que, después de la misa, la parejita, sin que mi tía se avivara de nada, se quedó charlando junto al paredón de los vecinos, que, de noche, queda muy oscuro y no se ve nada, porque los árboles tapan los faroles, pero igual los vió la gorda Norma, que vive en la esquina y es mas chusma que no se que y se lo contó a una vecina, y al otro día lo sabía todo el barrio, menos mi tía. Que, con sonrisita cómplice, la embromaba a Gladys — Mmm ¿No andará Héctor llamándote? — Y Gladys, que andaba cantando por toda la casa y se reía de cualquier pavada, saltaba — ¿Ese marmota? ¡Por favor mamá! — Y ahí, mi tía empezó a sufrir.
El sábado siguiente, es el aniversario, con baile incluido, del Club Social y Deportivo “Barrio alegre” Acá cabe una aclaración; ese baile siempre es de riguroso traje para los hombres, y vestidos de fiesta para las mujeres. Pero la juventud moderna, abjura de trajes y corbatas y, a lo sumo, se presentan con saco y la camisa desabrochada. Esta indocilidad genera enfrentamientos serios con los miembros de la comisión, intransigentes en eso de la elegancia. Y no va que, ese sábado, Gladys anuncia muy tranquila — Yo voy a ir con pantalón y una camisa y listo ¡Me embola tanto vestirme! — ¡Que silencio se hizo! Mi tía la mira con cara de no entender nada y mi mamá se pone verde pensando cómo va a hablar la gente del barrio. Pero a Gladys no le importa nada y el sábado, entre los vestidos y los peinados “De peluquería” se aparece — ¡Como para ir a comprar papas! — Dice la madre de Héctor. Pero igual, es la más linda porque todos los muchachos la miran y hay varios que se acercan para decirle “¿Vamos a bailar?” Pero ella solo tiene ojos para Juan que, desde el borde de la pista, le hace una seña, que basta para que; Gladys se levante, los pibes miren con bronca, mi tía se cubra la boca con la mano y las mujeres se inclinen para cuchichear y mirarla de reojo. Esa noche, ellos son la sensación del baile, y a mi tía se le gastan todas las lágrimas, mi abuela ni lo mira a mi papá, que discute con mi mamá, y la madre de Héctor le da vuelta la cara a mi tía.
El domingo empieza al medio día, pero tarde. Nadie quiere ser el primero en enfrentar la situación. Mi tía, sentada en el patio de adelante, espera al primero que se levante para contarle sus penas — Esta chica me va a sacar canas verdes –
Así empieza, y de ahí para adelante; todo. Juan es judío y eso no tiene arreglo. Mi viejo se va corriendo, dice que es porque hay un colectivo alquilado para ir a ver a Huracán que, justo ese día, juega de visitante contra Tigre. Lo del partido es lo único cierto.
Gladys aparece muy alegre, y se pone a charlar con mi abuela, mientras la ayuda a preparar el tuco. Mi tía quiere mantener su postura, pero al final, se va para la cocina; desde el patio no escuchaba nada.
Cuando suena el teléfono, es como si la campanilla largara electricidad en vez de ruido, mi tía quiso atender, pero Gladys sale como un cohete, se le ilumina la cara cuando le contestan el hola y después habla en un susurro cortado por risitas. Cuelga y anuncia — Esta tarde voy al cine — Mi tía se acaloró, la cara roja de bronca, mi abuela está contenta; yo la conozco.
Siguen días confusos, todos hablan, mi tía llora; ya nos tiene podridos — ¿Y qué tiene de malo el pibe? — Mi viejo lo defiende, o se defiende el y mi tía se pone loca. Gladys vive en otro mundo que gira alrededor de Juan.
De a poco mi tía acepta un futuro sin el heredero del mercadito que, por cierto, no tarda en ponerse de novio, claro que la otra no está ni la mitad de buena que mi prima, pero es una novia — Una chica de su casa, muy seria y juiciosa — Alaba la madre — Hasta unos días antes del noviazgo, andaba con el Sergio — Afirma mi mamá ¿No habrá quedado de encargue esta? — ¡Pobre Héctor! Mirá si se lo enchufan a él — Anhela mi tía.
Gladys empieza a trabajar en una inmobiliaria. Se apareció con la noticia un Lunes — ¡Mañana empiezo a trabajar! — Todos se quedan mirándola como si fuera una extraterrestre. Mi viejo quiere decir algo, pero Gladys lo mira y él se calla; nadie se da cuenta, yo si — Claro, ahora vas a tener que mantenerlo, ese está todo el día al pedo — Mi prima la mira y es la primera vez que la veo enojada en serio — Mirá mamá, pará de decir boludeces, Juan va a ser mi marido y empezá a respetarlo — Y se va. Mi viejo se ríe — Mirá el carácter que tiene — Pero no se ríe por eso; yo me di cuenta.
El verano se termina enseguida, en Marzo ya hace un frío bárbaro. Mi papá se queda sin laburo. Anda todo el día con la cara larga y el ánimo a la miseria. Sale a la mañana con el Clarín abajo del brazo, el traje nuevo y los zapatos relucientes. Vuelve a medio día, sin ganas de comer y una cara de amargura que ni ganas de ir a jugar me dan. Se queda horas hablando con mi mamá. Un día mi abuela me lleva a La Rural, nos pasamos todo el día caminando y ya estoy podrido de ver vacas, caballos, conejos y máquinas rarísimas que sirven para el campo. Vuelvo a casa muerto de cansancio, tanto que me duermo en el colectivo. Llego a casa pensando solo en acostarme, ni comer quiero. Pero algo pasó que me despierta; mi viejo consiguió trabajo ¡Y con mas sueldo que antes! Las cosas vuelven a estar bien.
Juan ya es como de la familia, mi tía se quedó muda cuando supo que la inmobiliaria es del padre de él y que además, construyen departamentos y que Juan está a punto de ser arquitecto. De golpe, se olvida de sufrir y anda más risueña que Gladys. Para mejor, vuelve mi tío Martín, que estaba trabajando en el sur, y lo conoce a Juan, arruga la nariz cuando le dicen que es judío; pero se le pasa cuando se entera de todo. Un viernes, vuelvo de comprar el pan, cuando la veo a la mujer de Hector hablando con Sergio. Hubiera jurado que ella estaba con los ojos colorados y el hablaba gesticulando. La mujer de Héctor anda con una panza descomunal que ocupan mellizos. Mi tía dice que van a ser sietemesinos aunque pesen cinco kilos — ¡Hay hija! ¡De la que te salvaste! Gracias a Dios que lo encontraste a Juan — Y mi abuela la mira moviendo la cabeza; nunca dice nada, pero yo la entiendo lo mas bien a mi abuela. Esa noche mi papá nos lleva a los tres al cine, dan “La novicia rebelde” es de una familia que se escapa de la policía por política ¡Un bodrio!
Mi tía ahora está enojada con el presidente — Al final, sacó al viejo porque decía que era una tortuga y ¿Para qué? Lo único que hace es hablar; ¡Que hace el! ¡Nada hace! Y dice la Tota que ahora, el pueblo de donde es ella, ya no tiene ferrocarril, ahora tiene que viajar en los ómnibus y le sale el doble, dice que los micros están a nombre de la mujer del presidente — Todos piensan más o menos lo mismo, pero nadie dice nada porque hay mucho miedo. Parece que en Chile eligieron un presidente comunista, Allende se llama. Hay mucha discusión entre Juan y mi tío Jorge. Gran susto para toda la familia; Juan llega a la miseria después de una manifestación y el médico le dice que se tiene que quedar en la cama. Gladys está muy triste yo escuché cuando Juan le contaba que, el vigilante que le pegó, le dijo “Judío de mierda” Mis tíos dicen que el chileno, es un comunista de mierda; mi viejo, Juan y mi abuela lo defienden. Todos terminan a los gritos y Gladys se enoja con Juan — Para que discutís — Le dice — Sabés que dicen cualquier cosa ¡Ganas de pelear!—
Yo estoy como loco, la selección anda muy mal y el mundial está ahí nomas. Gladys me hace conocer a Los Beatles. En el comedor hay un tocadiscos Ranser y yo lo escucho a todo volumen — ¡Bajá esa música de mierda! — Gritan todos.
Un día, la radio anuncia que secuestraron al general Aramburu unos tipos que se llaman: los montoneros. Juan dice que son ellos mismos porque Aramburu quiere sacarlo a Onganía. Dos días después, empieza el mundial y la argentina se queda afuera. Aramburu aparece muerto y la familia lo echa a Onganía del velorio. Para mí; que Juan tiene razón.
Nadie se preocupa cuando los militares arman un despelote entre ellos y lo echan al presidente. Para mi está bien, ellos lo habían puesto. Juan dice que el nuevo es un siervo del imperialismo yanqui y que el que mandaba es un tal Lanusse, que también es general. Mi tía dice que Lanusse es muy buen mozo y distinguido, ella y mi vieja, lo ven cuando van a misa, y que él y la mujer, siempre comulgan — Es muy católico, así que tan malo no debe ser — Dice, y Gladys se pone loca. En Córdoba, unos tipos toman un pueblo que se llama “La Calera” y en mi casa se arman unas discusiones que terminaban con todos a los gritos, como siempre. En Diciembre, Gladys y Juan se casan, es la primera vez que, en la familia, la única ceremonia es el civil. En la esquina de casa está la madre de Héctor — ¡Felicidades nena! — Le dice a Gladys — Que pena no vestirse de blanco — Mi tía, se queda dura — ¿Vió? Y eso que, como no tiene panza, le hubiera quedado precioso — La mujerona palidece, boquea, no puede hablar y se va caminando rápido ¡Grande mi vieja! Todos festejan y mi tía, muerta de risa, le habla a la espalda que se aleja — ¡Tomá mate! — El año termina con una gran fiesta de Navidad, que junta a toda la familia, el tío Carlos hace un asado fenomenal y a mí; me regalan la bici. A las doce brindamos, yo le pregunté a mi abuela porqué brindaban los padres de Juan — ¿Y por qué no van a brindar? — me contesta, y no me dice mas nada. Siempre me voy a acordar de esta navidad, como quien se acuerda de la felicidad.
Ese verano lo paso en Mar del Plata, primero con mis viejos; quince días en un hotel del sindicato. Vamos todos los días a la Bristol y me quedo idiota, mirando los biquinis en la pasarela de los barcitos. En Febrero llegan Gladys y Juan y me quedo con ellos. El padre tiene departamentos y Juan los va a vender. Todas las mañanas me voy con Gladys a la playa de Las Toscas, cerca de un castillo falso que es el centro de todas mis fantasías. Cuando la veo a mi prima en biquini, no quiero pensar en lo que pienso ¡Que buena que está!
El tiempo rápido de las vacaciones le deja el lugar al tiempo lento del invierno. Empiezo el colegio dos días después del regreso, tercer grado, turno mañana — ¡Que grande está este chico! — Dice mi abuela, mientras le da a la plancha para convertir en madera a mi guardapolvo — ¡Que se lo tuve que comprar para diez años! — Remarca mi mamá. La televisión no me ayuda a pensar en otra cosa y, después de comer, me voy a la cama sin sueño. Por suerte tengo un libro de aventuras que me trajo mi tío Jorge, y leí un buen rato. Cuando me despierto, la luz entra por la ventana, mamá me hace mimos y mi viejo mira, con el mate en la mano — Dejalo a ese chico, ya es grande para tanto besuqueo — Pero lo dice para hacerse el serio, yo me doy cuenta.
En el camino al colegio, me encuentro con Horacio, Julio y Rubén; amigos desde el jardín de infantes; lo de siempre, igual al año pasado.
No sé cómo, pero, los domingos pacíficos, con mi viejo escuchando el partido de Huracán y mis tíos durmiendo la siesta, después de los ravioles de mi abuela; pasan a ser tumultuosos y gritones. Mis tío Carlos es, como él dice “Peronista de Perón” siempre habla de las conquistas obreras, el sindicato y la vuelta del líder. Mi tío Jorge dice que los comunistas de mierda, y lo mira a Juan, quieren copar el movimiento. Juan y Gladys no son peronistas, hablan de los trabajadores y de otras cosas que yo no entiendo, pero discuten a los gritos con mis tíos. Mi papá y mi abuela están a favor de ellos, pero quedan tapados por los clamores de los demás. Mi mamá y Rosa, mi tía, se ponen muy nerviosas y trataban de calmar a todos, pero nadie les da bolilla.
En Enero se corre el gran premio de fórmula uno. Todos somos hinchas de Reuteman, que llega tercero. Por unos días la política y el futbol quedan relegados a un segundo puesto y todos hablan a los gritos, pero dicen lo mismo.
Con los chicos, limpiamos un terreno baldío, al lado de la casa de Horacio, armamos arcos con unos palos que nos regalaron en el aserradero, y un “vestuario” con chapas y cartones. Cualquiera tenía en la casa una camiseta blanca, así que, de ese color, fue nuestro equipo. Un sábado a la tarde inauguramos “la canchita” ¡Grandioso! Hasta hinchada teníamos; mi papá y Juan. Gritaban y aplaudían, mi tío Carlos era el referí y terminó ¡Cuando no! Discutiendo un faul con Juan. Ese día fui un crack, metí tres goles y me agarré a piñas con uno de los de ellos. Mi viejo nos separó y me retó, pero poquito ¡Grande mi viejo!
Otra vez los milicos cambian de presidente. Ahora está el que le gusta a mi tía. Por una vez, todos están de acuerdo y en contra del tipo, yo no entendía nada.
El colegio no es nada nuevo. Un poco más complicado, algún compañero que viene de otro lado, una chica de trenzas muy largas que viene de; “El centro” ese territorio misterioso y lejano que guarda sitios divertidos, asombrosos, suculentos; como el “Italparck” Una calle repleta de cines y “Pumper Nick” Se llega después de una hora de tren y antes hay que vestirse “para salir” Por ahí está la Plaza de Mayo, sitio recurrente en todas las discusiones, el Cabildo; una vez fuimos a recorrerlo con todo el colegio, y mas allá; el puerto. Una tarde mi papá me llevó a ver los barcos de guerra, habían venido para un nueve de Julio. Nunca me voy a olvidar de ese día, porque, cuando volvimos a casa, Juan estaba hablando con mi tío — El viejo va a volver Juan y a vos y a los tuyos; los va a sacar a patadas en el culo— Juan sacudía la cabeza y trataba de hacerlo callar con gestos — El viejo va a hacer la suya. Es otro milico — Mi tío lo miró mal, en esa época, yo no sabía que el odio se notaba en los ojos; si lo hubiera sabido me habría dado miedo por Juan. Los ojos de mi tío echaban chispas — Ustedes se creen que todo es poner bombas y hablar de la revolución cubana ¡Son unos vendepatrias! — Juan se levantó y yo pensé que le iba a dar una piña, pero no. Se apoyó con las dos manos sobre la mesa — Sos un facho de mierda, no valés ni la saliva que gasto tratando de explicarte las cosas — Ahí se metieron mi viejo, mi otro tío y la abuela. Mi papá se llevó a Juan y yo me fui atrás de ellos.
Un día mi viejo se aparece con ¡El auto! Un Fiat 600 flamante, con olor a nuevo. Lo estrenamos en un viaje corto; hasta el aeroparque. Nos quedamos viendo subir y bajar los aviones y comemos choripán en un carrito — ¡Y el domingo nos vamos a Ezeiza! — Me parece que mi papá confunde el fitito con un avión; pero no le digo nada, yo también estoy contento
Después es el boxeo, o más precisamente, Monzón, el segundo campeón mundial que tenemos. En realidad, fueron tres, porque, a Firpo, los yanquis le afanaron la pelea. Pero igual fue el campeón moral. El setenta y uno ya está ahí. Al final, este año, que presagié eterno, pasó rapidísimo.
Gladys vive preocupada por Juan, yo las escucho hablar a ella, mi mamá y mi tía y dicen que hay mucho lio con los estudiantes, que Juan tiene que callarse — Total; ya está por recibirse ¡Por que se mete en la política! — Gladys le explica que estamos así porque nadie se mete; y yo pienso no; ahora compramos el auto y vamos a Mar del Plata y salimos y hacemos asado y mamá se compra vestidos, o sea que somos ricos ¿Porqué dice Gladys que estamos mal? La abuela tiene esa jubilación, que siempre dice que no le alcanza, pero vive con nosotros ¿Para qué quiere cobrar más? Mi tío Carlos sí que no gana mucho, y siempre habla de huelgas que tienen que hacer, pero es obrero de mameluco y se sabe que ellos no ganan mucho — ¡Jodete por no haber estudiado!— Así le dice mi tía, y yo no entiendo que tiene que ver el estudio, Juan se está por recibir y tiene guita, pero se queja más que él, pero de otras cosas que yo no tampoco entiendo demasiado y, la verdad, no me parecen importantes; como dice mi tía: “A la universidad se va a estudiar, no a perder el tiempo en la política” — ¡Dejá de decir boludeces mamá! — Le grita Gladys. Pero, para mí, esta vez mi tía; tiene razón. Juan y mi tío están peleados y ni se hablan. Cuando se cruzaban en casa, todos se ponen nerviosos. Tienen miedo de que se agarren; a mi me parece que hay que dejarlos; si se tienen bronca, lo mejor es cagarse a trompadas y listo — ¡Vos te callás! — Mamá me reta en cuanto abro la boca — ¡Usted no tiene que meterse en las cosas de los grandes! — Acota mi abuela — ¡Ma si, que se arreglen! — Pienso yo; y me voy a jugar a lo de Horacito. Mi otro tío si habla con Juan; siempre de lo mismo, la lucha obrera, el Cordobazo y un tal Tosco que está eternamente en cana.
Esta navidad no es tan buena; Gladys y Juan la pasan con los padres de él. A Tandil se fueron, mi tío Carlos está en Córdoba por cuestiones del sindicato y a último momento, mi tía Rosa, viaja a Tandil para encontrase con Martín y pasar las fiestas en familia. El veinticinco a la noche, somos cinco. A las doce brindamos, abrimos los paquetes y nos vamos a la cama enseguida. Es mi primera navidad triste; después vendrían peores.
A este verano en Córdoba, lo voy a recordar toda mi vida, pero no por el arroyo de agua limpita en el que nos bañábamos, ni por unas galletas blanditas, llenas de dulce de leche que mi mamá compraba en el pueblo, colaciones se llaman, y a mí me vuelven loco, tampoco por las caminatas en las sierras ni el peludo burrito que me llevó hasta la punta del Unitorco, y no vi los platos voladores. Mi memoria se emperra con el caballo que tira del sulky que alquiló mi papá, y que, cada cinco minutos, levanta la cola, que está justo a mi altura, ya que viajo sentado en el piso del pescante, y deja salir unos gases terribles que me dejan asqueado y casi mareado.
Cuando volvemos mi papá me anota en la flamante pileta del club. El flaco García oficia de bañero y da las clases de natación. Julio y Horacio, también están, Rubén aparece unos días después. El jolgorio dura hasta que empiezan las clases. El cuarto grado se lleva a Rubén a un colegio privado con uniforme y gorra. Al principio, sigue jugando a la pelota con nosotros, pero, de a poquito, se va alejando. Cuando jugamos contra los de la parroquia, tenemos que buscar otro delantero. Perdemos tres a cero ¡Porqué te fuiste Rubén! Yo estoy como voluntario, designado por la maestra, en la Cruz Roja, tendré a mi cargo, una semana al mes, el botiquín. Mi ayudante es una rubiecita gordita y con olor a almidón. Yo hubiera preferido a Horacio, pero tenemos que ser un chico y una chica ¡Una macana!
Martín volvió del sur, pero mi tía no está contenta, yo los oí discutir a los gritos, cuando apareció Gladys, se encerraron en el cuarto y se quedaron hasta la noche dale que te dale. Yo no sé; el no está nunca y, cuando está, en vez de aprovechar, se pelean. Pararon para comer y ahí fue que nos dicen que se separan y que él se vuelve a Cutral-Co ¡Un drama! Gladys tiene los ojos hinchados y colorados, Martín quiso tocarla y ella lo miró como para pegarle. Al otro día mi tía se levanta a la hora de siempre — Ahora estoy sola mamá — Le dijo a mi abuela. Yo estaba tomando la leche, ya salía para el colegio, pero la escuché.
Ahora, para mi tía, Juan es el hombre de la casa y el drama del divorcio es el tema de la familia; que Martín igual no estaba nunca, que vive de viaje, que lo que pasó se veía venir y, en voz baja y cuando mi tía y Gladys no están; que seguro hay otra. Juan dice que las cosas son como son y qué mejor no hablar más y, para mí, tiene razón; si al final, Martín nunca estaba, no cambio nada. Ahora, mi tía puede buscarse un novio nuevo, así dice Jorge. Cuando lo dije yo mi vieja me dio un pellizcón.
Ahora las discusiones son por lo que piensa hacer Perón. Carlos y Jorge dicen que quiere volver, mi viejo dice que no, que le dice a los demás que peleen por él, pero se borra hasta que todo esté controlado, porque, la verdad, es que se caga todo. Juan está más o menos de acuerdo. En el cole no nos dicen ni una palabra — Che Horacio, para la maestra todavía no salimos de la plaza de Mayo — Un día escucho a mi viejo hablar de Valle y los fusilamientos y al otro día, se me ocurre preguntarle a la maestra quién había sido y porqué lo mataron y que pasó en unos basurales de José León Suarez — Sos muy chico para hablar de política — Me contesta — Decile a tu papá que no tiene que hablar de esos temas adelante tuyo — Estaba Juan en casa cuando se lo cuento a mi viejo — ¡Decíle a esa…! — Mi papá lo hace callar con un gesto — ¿Por qué no me lo preguntaste a mí? — Al final, por una pregunta boluda, tanto despelote; la maestra, mi viejo, Juan, mi abuela y al final, nadie me explica nada. A la tarde me voy a la biblioteca. Le voy a pedir a don Félix, el viejo que da los libros y que es un cabrón — ¿Hay algo sobre Valle y José León Suarez? — ¿Cuántos años tenés pibe? — Se lo digo y pienso — Ahora me saca cagando —
Pero no, va y me dice que, si hay muchos como yo, el se puede morir tranquilo. No entiendo nada; en las pelis fusilan a medio mundo y nadie dice nada Acá no hay libros sobre Valle pibe, pero tengo una cosa que escribió un tal Walsh, leelo y lo que no entiendas, me preguntás. Me pongo a leer no muy convencido, y al rato, estoy metido en una historia que parece las de la tele. Yo no sé si será cierto, la policía y el ejercito matando gente así, para mí que exageran. Yo pensaba que había alguna historia medio verde, que por eso no me daban ni la hora cuando preguntaba. Cuando miré la hora, le devuelvo las hojas a Don Félix y salgo de raje ¡Es tardísimo! — ¡Se puede saber dónde te habías metido! Mi viejo está que trila. Cuento la historia de Don Félix y Juan se queda mirándome — Tiene razón el tipo pendejo, acordate de este día. Me lo dice muy serio, pero sin enojarse.
Mi tío Carlos dice ¡Siempre lo dice! que a Lanusse lo tienen en un arco y que en cualquier momento patean el penal y que, cuando el viejo vuelva, va a largar a todos los presos políticos. Juan tiene muchos amigos presos — Por comunistas de mierda — Según mi tío Jorge — Por pensar — Dice Juan — Porque los milicos están asustados — Según mi viejo — Por separarse del movimiento organizado — Dice mi tío Carlos — Por andar en política — Afirma mi tía, y dale discutir y discutir; yo, cuando empiezan así, me rajo a la canchita ¡Me tienen podrido! Hoy, en vez de jugar a la pelota, nos quedamos hablando con Horacio, le conté lo que había pasado y nos vamos juntos, a ver que nos puede prestar don Félix. La verdad, pero la verdad; me mando la parte y exagero lo del viejo para que Horacito vea que soy importante.
Gran premio de Fórmula 1 y un piloto argentino que debuta y sale tercero. De golpe todos sabemos todo sobre autos, motores y marcas. Sentado al volante, cuando mi viejo está durmiendo la siesta, sueño que vuelo en las pistas, mientras me muero de calor por el sol de Marzo que recalienta la chapa del fitito estacionado en la puerta de mi casa.
Estamos con Horacito jugando a la pelota en el patio, cuando mi tío Carlos entra a mi casa gritando — ¡La devuelven a Evita! ¡La van a traer desde donde la tenían! — Al rato llega Jorge con la misma novedad. Gran revuelo y ¡Cuando no! Fenomenal discusión; mi abuela: porqué no la dejan descansar en paz; Jorge; ella es la bandera de la victoria, Carlos; Por fin los grasitas van a poder rezarle, mi mamá; ¿Será de veras su cadáver? Jorge; Es un chupete para que sigan durmiendo. Mi papá no dice nada. Al final, Evita no vino, el cuerpo lo recibió Perón en España y ahí se quedó. Como siempre; gritos, discusiones, peleas y no pasó nada.
Domingo, ravioles y sol, con frío y aire limpio. Una semana pidiéndole a mi viejo que me lleve a la cancha y este es un día que ni a propósito, así que comemos los dos bien temprano y nos vamos a la cancha. Papá está muy callado, me parece que los ravioles le cayeron mal, claro, comimos a los resantos pedos. El partido transcurre sin pena ni gloria y concluye con un miserable empate. Yo ya estoy pensando en hacerme hincha de Boca o River o Ferro. Cualquiera que me salve de las cargadas de los lunes ante el miserable juego del equipo de mi papá. El me lleva de la mano sin hablar, entre Huracán y los ravioles, me parece que le arruinaron la tarde.
Gladys nos trajo una bomba ¡Embarazada! De tres meses. Mi tía está muy loca, ella no decía nada, pero se moría por tener un nieto. Por esta vez, el pibe logra el milagro; estamos todos juntos y felices.
Rosario Central, campeón nacional e Independiente del metropolitano, para llegar, los dos le ganan a San Lorenzo y Horacito se tiene que comer las cargadas de todos, por una vez zafa de la tormenta Huracán, cada vez pienso mas en Boca o Independiente, esto de ser de Huracán es una condena.
En la inmensidad de un país, yo vivo en un puntito que se llama Beccar, un nombre intermedio en la lista de estaciones de Retiro a Tigre. También existe la capital y sus maravillas, Córdoba y las montañas y el mar y las olas de Mar del Plata. El resto eran mapas y lecciones de geografía, con nombres aprendidos de memoria. El colegio no me exige demasiado, odio las matemáticas ¿Quién no? Y lo demás son cuadernos llenos y subrayados, prolijos y sin hojas arrancadas. La bandera, dos veces la icé, el poliladron de los recreos, la que se sienta en el segundo banco, mi novia desde el año anterior, con ella hablo a la salida dos, a lo sumo tres, veces por semana y siempre termino alejándome a la carrera. Cuando llega el cumple de la gordita de la Cruz Roja, anuncia solemnemente, que la fiesta va a ser con baile. Fuimos llegando, muy nerviosos, y nos sentamos en fila contra la pared, las chicas se reían y hablaban en susurros, que interrumpían para mirarnos. De pronto Credence resuena en el tocadiscos y nos removimos nerviosos cuando las chicas empezaron a bailar entre ellas, nadie quiere ser el primero en atreverse. Cuando parecía que todo estaba perdido; milagro, el hermano de la gordita pregunta quién quiere jugar al metegol y todos salimos en tromba. El cumpleaños pasó entre chicas que charlaban entre ellas y varones que pasaban de partido en partido ¡Un éxito la fiesta!
No sé cuando se empezó a hablar de los guerrilleros. Para mi eran los franceses que peleaban contra los alemanes en las películas de guerra, pero estos están acá. Por Don Félix me entero que también están en el Uruguay y allá se llaman “Tupamaros” — Es el pueblo que se enfrenta a la opresión — ¡Cómo el Zorro y el sargento García! Pero esto no es una serie de TV, hay bombas y muertes, tiroteos y “Gatillo fácil” Yo me hago líos; por un lado están los franceses que, según Juan, quisieron cambiar todo porque todo era falso, o más o menos así. Después venían los Vietcongs, que, en las películas, perdían siempre ¿Pero que ganaron igual? Porque la tele pasó noticieros y ahí se rajaban de allá en helicóptero. En Cuba sí que ganaron, Fidel Castro aparece todavía con barba y era amigo del “Che” Guevara que está en un montón de remeras y en las banderas que Juan guarda en la casa y saca para ir a las manifestaciones — No piensa que va a tener un chico — dice mi tía. Pero Juan igual sigue guardando las banderas. Hoy estaba en casa cuando apareció con un long play de un español, Serrat. Dicen que es muy bueno, a mi no me gusta y para mi tío Jorge es otro comunista de mierda. Tío Carlos vive de huelga — ¡Hay un lio! — Así dice mi abuela todas las mañanas. Yo estoy en otra cosa; Reuteman sale subcampeón de fórmula 1. Di Palma gana todo y Monzón vuelve a fajarlo a Benvenutti. Ante esto ¿A quién puede importarle que Cámpora reemplace a Paladino como delegado de Perón? En las discusiones familiares hay un nuevo tema; los soldados de Perón, para mi tío Carlos, comunistas de mierda, para Jorge. Juan no dice nada, igual que mi viejo; que está cada vez más callado, como ido, dice mi mamá, tristón, para mi abuela y mi tía, raro, para todos.
Para mí; Córdoba había sido el caballo que se tiraba pedos, la cascadita de Tanti, las sierras y los arroyitos pedregosos. Por lo que dicen mis tíos y Juan, eso es lo de menos, lo importante de allá es la ¿Efervescencia? Política; obreros, de mameluco, como mi tío, que no se aguantan ni una, salen a la calle, hacen despelote y se declaran en huelga. Sé que hay un tipo, Tosco, que parece que es el que se la sabe bien. Juan dice que allá, los estudiantes están movilizados y Jorge, mi otro tío, ve comunistas por todos lados. Todos hablan de “La situación política” y yo me quedo en babia, así que le pido a Don Félix algo que me lo explique. El viejo se rascó la pelada, miró un rato las estanterías y después va y me da el diario, el Clarín, para colmo, que lo trae a casa, todos los días, menos el domingo, mi papá — Tu cara es más transparente que un vidrio — Así dice mi abuela y debe ser cierto, porque, cuando ve que no entiendo lo del Clarín, el viejo dice que lo va a leer conmigo y yo que me enojo, porque ya tengo casi diez, leo hace rato cuentos y él lo sabe, porque él me dio lo de Walsh, y ahora, cuando le pido algo serio, para saber de política; me da el Clarín. Orgulloso e ignorante, abrí el diario por la mitad — Los rusos llegaron a Marte, pero… — No me dejó terminar — No se trata de leer, el diario no te va a entretener, para eso están los libros de aventuras, o las revistas. Con el diario ves todo lo que pasa, como una película y, a veces, podés anticipar el final Rebuscó en los estantes y me alargó un librito — Blaustein dice que la poesía es un gato con cinco patas, un olmo que da peras — El librito era de un tal Gabriel Celaya. Horacito, que se había agregado después de lo de Walsh, me mira lleno de risa ¿La realidad con versos? Cuando lo cuente me van a decir que son boludeces y seguro que el tío Jorge va a empezar a decir que Don Felix es comunista. Pero eso va a quedar para después, cuando salimos de la biblioteca nos vamos a la canchita. La realidad tendrá que esperar hasta después de la pelota.
Cuando vuelvo a mi casa, desde la esquina, veo a mi viejo que sale de la casa del doctor Gofran. Corro y lo alcanzo enseguida porque camina despacito. Me saluda muy serio y casi no habla en las tres cuadras que hacemos juntos. Le cuento de Don Felix, le muestro el libro; pero nada parece interesarle, apenas si me contesta; algún sí o no y a veces, se ve que ni me escucha. En casa, se encierra con mi mamá en el cuarto. Yo me voy a tomar la leche, pero no estoy tranquilo. Al rato sale mi vieja con los ojos hinchados; se pone a cuchichear con mi abuela que la mira con una mano en la boca — ¡¿Se puede saber qué pasa?! — Mi grito hace que las dos mujeres me miren. Los ojos de mi mamá tienen toda la tristeza del mundo y la abuela mira las tostadas, pero no las ve, porque se están quemando — ¿Qué pasa mamá? ¿Porqué papá está así? — Al final me lo dicen, una enfermedad muy mala, una operación que no se sabe cómo va a terminar. Resulta que tengo que ser valiente, pero no sé porque, el que se va a operar es mi papá y le va a doler un montón antes de poder volver a ver a Huracán. A la noche hay reunión familiar, sin mi viejo que no se quiso levantar, ni yo, que me tengo que quedar solo en la pieza, y calladito para no molestar a mi papá. Aburrido, me pongo a leer el librito de Don Felix, mucho no entiendo, y no me gusta demasiado, pero sigo leyendo: “Cuando se miran de frente/los vertiginosos ojos claros de la muerte/se dicen las verdades:/las bárbaras, terribles, amorosas crueldades” Don Felix tenía razón; ahora sé que mi papá se me muere.


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